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Estudiar la Biblia no siempre fue un deleite para mí. Solo leerla ya era una tarea pesada, especialmente cuando llegaba —con mucho esfuerzo— a Levítico. Luego de eso siempre renunciaba a mi plan de lectura.

Creía en el Señor, me deleitaba los domingos en el servicio dominical e incluso disfrutaba de los estudios bíblicos donde se me explicaba algo de la Palabra. Pero no entendía de qué se trataba la Biblia, cómo se estudiaba o qué debía hacer con pasajes tan extraños como el de Isaías caminando desnudo y descalzo, o el de Ezequiel cocinando su pan usando excremento de vaca como combustible (¡y eso que primero se le mandó a que lo hiciera con excremento humano!).

Así que me decantaba por los Salmos, y los leía de acuerdo con mi estado de ánimo, como una lectura ligera (¡aunque vaya que de ligeros no tienen nada!). Solo buscaba algo que me «ayudara» en mi relación con Dios. Pero un día, en una clase sobre la historia de la redención, eso cambió.

La Biblia como Palabra que da vida

Mi corazón ardió cuando pude ver cómo toda la Escritura estaba conectada y que toda ella apuntaba a Cristo, como ardió el corazón de los discípulos camino a Emaús (Lc 24:13-35). A partir de entonces, he descubierto —o finalmente mis ojos ven— que la Escritura es mucho más de lo que normalmente asumimos y que puede producir en nosotros mucho más de lo que imaginamos.

De eso se trata este artículo: quiero compartirte cinco razones por las cuales estudiar la Biblia es revitalizante. Quiero animarte a verla más allá de un documento histórico o de una serie de relatos con enseñanzas morales. Anhelo que, al leer estas razones, te animes a acercarte a ella de una manera nueva y refrescante.

1. La Biblia es la voz de Dios.

¿Alguna vez quisiste oír la voz de Dios directamente? Yo sí, especialmente en aquellas ocasiones en las que no sabía qué hacer. Pues bien, la Palabra es eso: la voz de Dios.

Pablo le explica a Timoteo que toda la Escritura es inspirada por Dios (2 Ti 3:16-17). La palabra «inspirada» (gr. theopneustos) se puede traducir literalmente como «exhalada por Dios». Esto quiere decir que la Biblia salió de la boca de Dios, como lo hizo en Génesis 1 —donde Dios habló y las cosas existieron— o en Génesis 2:7 —donde Dios sopló aliento de vida en Adán. El mismo aliento divino produjo la Escritura.

La próxima vez que abras las Escrituras, recuerda esto: es Dios mismo hablándote

Además, Pedro dijo que «ninguna profecía fue dada jamás por un acto de la voluntad humana, sino que hombres inspirados por el Espíritu Santo hablaron de parte de Dios» (2 P 1:21, énfasis añadido). La palabra «inspirados» (gr. pheromenoi) indica el ser conducidos o llevados por el Espíritu Santo. Así que podemos afirmar que los autores bíblicos escribieron con su personalidad, vocabulario y estilo propios, pero el Espíritu Santo los guio de tal forma que el resultado es la Palabra de Dios y no solo palabra de Moisés, Pablo o Pedro.

Por eso te animo a que, la próxima vez que abras las Escrituras, recuerdes esto: es Dios mismo hablándote. Dios te está hablando para enseñarte, reprenderte, corregirte e instruirte en justicia, con el fin de capacitarte para toda buena obra (2 Ti 3:16).

2. Estudiarla es un medio de comunión real con Dios.

Estudiar las Escrituras es mucho más que un mero ejercicio intelectual. He descubierto que se trata más bien de un trayecto de doble vía: estudias las Escrituras para escuchar lo que Dios tiene que decirte y, al mismo tiempo, respondes con asombro, oración y obediencia.

Este ejercicio nos permite crecer en nuestro amor por Dios. Escuchar Su voz a través de la Biblia nos permite apreciar Su gracia, Sus atributos y Su trato con Su pueblo. Esta dinámica es como un combustible que aviva la llama de amor en nuestros corazones hacia el Señor y que nos hace anhelar más de Él.

El Señor Jesús nos muestra cómo funciona esta relación: permanecemos en Él porque Sus palabras permanecen en nosotros (Jn 15:1-8). Pero ¿cómo podemos hacer para que Sus palabras estén en nuestras mentes y corazones continuamente? Acercándonos a las Escrituras, meditando en ellas, orando a través de ellas y memorizándolas. El resultado es que no solo tenemos una relación genuina con el Señor, sino que además nuestros deseos son moldeados a Su voluntad y damos mucho fruto.

3. Revela quién es Dios, tanto como quién soy yo.

Como he dicho hasta aquí, la Biblia es la voz de Dios con la que se revela a Sí mismo, con el fin de que tengamos comunión con Él. En ella conocemos quién es Dios, cuáles son Sus atributos y Sus mandatos.

Pero la Palabra no solo muestra la verdad sobre Dios, sino que también nos muestra quiénes somos nosotros. Las Escrituras son un espejo en el que podemos observarnos y reconocer lo que esconden nuestros corazones. Cuando leemos, por ejemplo, las fallas de cada uno de los personajes bíblicos o los mandatos que hay en el Nuevo Testamento, e inspeccionamos lo que hay en nuestro interior, podemos reconocer en nosotros pecados similares.

Necesitamos estudiar la Biblia para descubrir los tesoros del evangelio en ella y que toda nuestra manera de vivir sea moldeada a través de su mensaje

Como lo dice el autor de Hebreos: «Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de dos filos. Penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las coyunturas y los tuétanos, y es poderosa para discernir los pensamientos y las intenciones del corazón» (He 4:12).

Estas dos verdades en conjunto manifiestan la magnitud de Su gracia. Él, siendo tres veces santo, perfecto, inmutable y justo, nos ama con pasión y perdona por completo a través de la obra de Cristo, de modo que ahora estamos seguros en Él (ver Col 3:1-3; 1 P 2:9-10; Ro 8:15-17).

4. Me equipa para discernir el error y la falsa enseñanza.

En el Nuevo Testamento encontramos varias advertencias sobre los falsos maestros, quienes buscan engañar a las personas con doctrinas falsas y fábulas. Así que se nos llama a ejercitar nuestros sentidos en el discernimiento del bien y del mal, a través del estudio de la Palabra (He 5:11-14).

Hay un pasaje en especial que me cautiva, pues habla de cómo estos engañadores llegan fácilmente a las mujeres quienes, por descuidar el estudio serio de las Escrituras, se dejan llevar por sus pecados y no llegan al conocimiento de la verdad, siendo cautivas de estas falsas enseñanzas (2 Ti 3:6-7). De allí concluyo que no debemos conformarnos con las prédicas de los domingos o con leer un salmo diariamente, sino que necesitamos seguir el ejemplo de los bereanos, quienes escudriñaban cada día las Escrituras para comprobar la enseñanza del mismo apóstol Pablo (Hch 17:11).

5. Me muestra el evangelio una y otra vez.

Necesito escuchar las buenas nuevas del evangelio cada día porque soy propensa a olvidarlas. Hay días en los que puedo llegar a vivir como si el amor de Dios dependiera de mi desempeño, donde el peso de la culpa por alguno de mis pecados me hace sentir descalificada, por lo que necesito recordar nuevamente que la cruz ya bastó. Pero también hay días en los que no sé cómo encarar diferentes situaciones y, de nuevo, el evangelio me informa cómo afrontarlas con sabiduría.

La buena noticia es que la Biblia está llena del evangelio de principio a fin (ver Lc 24:13-32). Desde Génesis hasta Malaquías —en sombras que apuntan a la obra de Cristo— y desde Mateo hasta Apocalipsis —en el cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento en la cruz y en las promesas del porvenir—, toda la Escritura apunta a Cristo. Necesitamos estudiar la Biblia para descubrir esos tesoros del evangelio en ella y que toda nuestra manera de vivir sea moldeada a través de su mensaje.

Así que estudiar la Palabra y descubrir cómo ella nos muestra el evangelio, en cualquier situación en la que nos encontremos, produce en nuestros corazones asombro y emoción. Pero también produce la devoción y la obediencia que todo cristiano anhela. Así que te animo a encontrarte con la Palabra de Dios de una manera transformadora, por causa del evangelio que te vivifica.

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