Eclesiastés 3:11 persigue a la mente humana que finge ser secular:
[Dios] ha hecho todo apropiado a su tiempo. También ha puesto la eternidad en sus corazones, sin embargo, el hombre no descubre la obra que Dios ha hecho desde el principio hasta el fin.
A primera vista, las respuestas seculares —es decir, aquellas que se niegan a reconocer cualquier fundamento religioso o espiritual para la vida humana y nuestro mundo— pueden atraer a quienes anhelan suprimir la verdad que Dios ha puesto de manifiesto en Su creación (Ro 1:18-20). Pero pronto el brillo se desvanece. La vida secular no resulta satisfactoria (ni emocional ni intelectualmente). Los «creyentes» seculares pueden disfrutar de la emoción inicial de sentirse libres de la supervisión divina y de las consecuencias del pecado. Pero las ilusiones de los rebeldes cósmicos resultan vacías tarde o temprano. Como siempre ha sido.
Dios nos creó, y nos hizo para Sí mismo. El Alfarero tiene designios. En nuestro pecado, queremos alejarnos de Él. Sin embargo, en la misma arcilla de nuestra humanidad, fuimos creados para Él y no podemos eludir ni ir más allá de Sus propósitos, sin importar cuánto nos presione el pecado para que huyamos.
Aunque los cristianos de esta generación puedan sentir con mayor intensidad las presiones seculares, la fe cristiana siempre ha requerido la mirada de fe hacia lo invisible. Algunas fuerzas parecen nuevas; las realidades fundamentales de la vida cristiana permanecen inalterables. Desde hace mucho tiempo hemos sido un pueblo con un tipo de visión, mentalidad y gozo diferentes a los de la sociedad que nos rodea.
1. Una visión diferente
En primer lugar, tenemos una visión diferente a la de nuestra época incrédula. Vivimos por fe. Los creyentes de todo el mundo pueden discutir o interpretar de diversas maneras varios pasajes, pero todas las corrientes de la iglesia y todas las comunidades de cristianos confiesan, con Pablo: «no [ponemos] nuestra vista en las cosas que se ven, sino en las que no se ven» (2 Co 4:18).
¿De dónde proviene esa fe? «La fe viene del oír, y el oír, por la palabra de Cristo» (Ro 10:17). ¡Y cuán contrarias a lo secular son esas cosas invisibles! Frente a una época centrada en lo visible, nuestra fe invisible —que surge en el interior de la persona, en lo que no se ve— proviene de escuchar la Palabra audible, aunque invisible: las buenas nuevas acerca de Cristo. Y eso es gracias a un Ayudador invisible al que llamamos el Espíritu Santo (Gá 3:5).
La vida de fe siempre ha corrido en contra de esta corriente: mirando más allá de lo que podemos ver con nuestros ojos físicos, hacia recompensas aún no vistas
Por supuesto, vivimos en este mundo y miramos las cosas visibles todo el día. Nos bombardean con imágenes y las sensaciones que las acompañan y, ahora más que nunca, con píxeles brillantes. Pero en Cristo, no miramos a las cosas visibles para entender la realidad en última instancia. Más bien, miramos a lo que no se ve. Por la fe, vemos lo invisible.
¿Acaso esta fe en lo que no se ve no ha sido el legado de nuestros héroes? La fe de Noé recibió la palabra de Dios «acerca de cosas que aún no se veían» y lo impulsó a construir el arca para salvar a su familia (He 11:7). Abraham, por fe, dejó su hogar, «sin saber adónde iba», esforzándose por fe para ver lo que aún no podía ver (He 11:8). La fe de Moisés lo llevó a salir de Egipto, «porque se mantuvo firme como viendo al Invisible» (He 11:27). El mismo Cristo (quien es tanto el centro de nuestra fe como nuestro ejemplo supremo) soportó la cruz «por el gozo puesto delante de Él», es decir, no un gozo cercano que pudiera ver y alcanzar, sino un gozo que aún no se veía en la distancia y que lo llevaría a pasar por los horrores visibles y palpables de la crucifixión, y hasta la diestra de Su Padre (He 12:2).
Aunque los obstáculos para este tipo de vista sean especialmente pronunciados en nuestra época de suposiciones seculares e imágenes pixeladas, la vida de fe siempre ha corrido en contra de esta corriente: mirando más allá de lo que podemos ver con nuestros ojos físicos, hacia recompensas aún no vistas que ya saboreamos incluso en el presente. «La fe es [el anticipo] de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve» (He 11:1). Desde lejos, la fe se acerca al Dios invisible, no solo creyendo que Él existe, sino «que recompensa a los que lo buscan» (He 11:6). La fe escucha y abraza Su Palabra audible, aunque invisible, y vive a la luz de ella.
2. Una mentalidad diferente
En segundo lugar, tenemos una mentalidad diferente a la de nuestro mundo. La fe en el Dios invisible libera nuestras mentes de la prisión del «marco inmanente», esa pequeña porción de la realidad que podemos ver, oír, tocar, saborear y sentir. La fe cristiana nos libera de la mentalidad terrenal con la que nacemos como seres humanos naturales. A medida que el Espíritu Santo, que mora en nosotros, nos ayuda a ver a través, detrás y más allá de los fenómenos de nuestro mundo, también nos convierte en personas con una mentalidad cada vez más espiritual.
Incluso en una época de mentalidad terrenal opresiva que se cobra tantas víctimas, vivimos en la gloriosa libertad de Colosenses 3:2, fijando nuestra mente en las cosas de arriba, no en las de la tierra. En Cristo, nos hemos considerado muertos, y nuestra verdadera vida ahora está escondida con Él en Dios (Col 3:1). ¿Cómo podrían nuestras almas resucitar con Cristo si no «[buscamos] las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios» (Col 3:1)? Vivimos en este mundo. Es normal que las cosas terrenales se crucen en nuestra mente y la ocupen todos los días. Pero en Cristo, aprendemos a fijar y reorientar nuestra mente hacia otro lugar, hacia arriba, a las cosas de arriba, donde está Él. A partir de esa reorientación constante, damos muerte a lo terrenal que hay en nosotros, al viejo yo y a sus prácticas (Col 3:5-9), y nos revestimos del nuevo yo en Cristo y de su fruto (Col 3:10-17).
Nuestra felicidad es el tipo de gozo que nos sostiene en el sufrimiento, tal como lo hizo con Jesús
Si nos dejamos llevar, el mundo hará lo suyo con nuestras mentes y su forma de pensar. Quizá sigamos leyendo la Biblia, asistiendo a la iglesia e incluso predicando desde el púlpito; puede que sigamos citando versículos y exponiendo doctrinas cristianas. Pero ¿desde qué mentalidad y con qué fin? ¿Acaso los términos y fines de nuestro mundo han infectado nuestra forma de pensar y se han apoderado de ella? Al fingir que no hay Dios ni cosas que no se ven, nuestro mundo no puede evitar llenar el vacío con política, deportes, decadencia y trivialidades. Si nuestros propios corazones han sido capturados por esta mentalidad, nuestros sueños y nuestro mayor gozo se parecerán mucho a los del mundo, y muy poco al tipo diferente de gozo que se ofrece en Cristo.
3. Un tipo diferente de gozo
Finalmente, tenemos un tipo de gozo diferente al del mundo: un gozo que brota de nuestra visión y mentalidad diferentes. Al ver al Dios invisible (visión) y al observar nuestro mundo a través de Sus ojos (mentalidad), nuestro gozo se eleva mucho más allá del gozo arraigado simplemente en este mundo que podemos ver.
Sin duda, el mundo ha experimentado y habla de un tipo de «felicidad»: una que es fugaz, impredecible, impulsiva y superficial. Esa es una felicidad que deshonra a Dios, disminuye a Cristo, ignora las Escrituras y conduce a la condenación, no a la dicha definitiva y eterna. Pero en Cristo, nuestra felicidad es diferente: es duradera, profunda y satisface el alma. Está arraigada en Dios y se expande a través del amor al prójimo y al hacerles el bien. Nuestra felicidad es el tipo de gozo que nos sostiene en el sufrimiento, tal como lo hizo con Jesús (He 12:2), y que al final nos lleva a la gran recompensa que es Dios mismo en Cristo.
Sorprendentemente, en este tipo diferente de gozo, no nos alejamos de Aquel quien creó y sostiene nuestro mundo, y quien decidirá nuestra eternidad; al contrario, en Jesús nuestro gozo está en armonía con los propósitos mismos de Dios. «El fin y la meta de todas las cosas», dice John Piper, «es la gloria de Dios reflejada en el gozo de Su pueblo en Dios». Isaías habló de este tipo diferente de gozo siete siglos antes de Cristo cuando dijo que el pueblo de Cristo «con alegría saldrán, / con paz serán conducidos. […] Y esto será para gloria del SEÑOR» (Is 55:12-13).




