El Éxodo es una de las historias más emblemáticas de la Biblia, y con razón. Sin duda, esto tiene que ver, en parte, con la forma en que los autores bíblicos posteriores retoman las imágenes y los temas del éxodo para sus propios fines teológicos. Como tal, el éxodo se entiende como «la salida». Israel se encuentra atrapado en la esclavitud opresiva en Egipto, y el Señor los saca de allí como sobre las alas de un águila.
Pero el propósito del Señor para lo que conocemos como «el éxodo» tiene tanto que ver con entrar como con salir. Desde el principio mismo de la narración, el Señor le dice a Moisés: «Así que he descendido para librarlos de mano de los egipcios, y para sacarlos de aquella tierra a una tierra buena y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel» (Éx 3:8).
Luego, después de ese gran acto de redención, el Señor reafirma Sus propósitos de gracia para con Israel, diciendo: «Mi presencia irá contigo, y Yo te daré descanso» (33:14). Por lo tanto, la intención del Señor no es solo sacar a Israel de Egipto, sino también llevarlo al lugar de descanso que «mana leche y miel» (3:17; Dt 26:8-9; ver Sal 105:43-44).
Esto plantea un par de preguntas. ¿Por qué es tan importante para Israel llegar a la tierra prometida y por qué se la describe con tal abundancia ecológica? En esencia, ¿cuál es la función teológica de la tierra prometida? Para responder a estas preguntas, deberíamos observar cómo se describe en los libros de Moisés y Josué la tierra a la que Israel tiene que ir. Descubriremos que la tierra de Canaán sirve como una nueva manifestación tipológica del huerto del Edén. Los propósitos del Creador para el Edén se llevan a cabo parcialmente en la tierra prometida como una forma de señalar la futura renovación plena de toda la tierra.
El Edén como la “tierra” original
Comencemos por analizar algunos detalles del Edén. En el huerto, Adán y Eva disfrutaban de la vida en la presencia del Señor dentro de un entorno natural perfecto. En ese lugar, eran bendecidos y serían fructíferos al multiplicarse, llenar la tierra y someterla (Gn 1:28). El objetivo final es que la humanidad experimentara descanso junto con el Creador (ver 2:1-3; 3:8).
La imagen de Israel en la tierra se dibuja con las mismas pinceladas que Adán y Eva en el huerto
Pero, como no hicieron caso a la voz del Señor (3:17), fueron expulsados del huerto: «Expulsó, pues, al hombre; y al oriente del huerto del Edén puso querubines, y una espada encendida que giraba en todas direcciones para guardar el camino del árbol de la vida» (v. 24). Por consiguiente, la humanidad es expulsada de ese lugar de bendición y descanso en la presencia de Dios y, en su lugar, vive en un mundo de «espinos y cardos» (v. 18). Pero hay esperanza, pues a Eva se le promete una simiente, de la cual uno aplastará al enemigo de la humanidad (v. 15). Tal promesa, en ese contexto, solo puede significar un plan para reabrir el Edén, junto con su bendición y descanso en la presencia de Dios.
La tierra como un nuevo Edén
Pasemos ahora a reflexionar sobre el papel teológico de la tierra prometida. A menudo la vemos descrita en términos de los atributos del Edén, de lo que se perdió cuando Adán y Eva fueron expulsados del huerto, y del camino de regreso a él.
Moisés describe la tierra prometida con palabras y conceptos que evocan el Edén. En esa tierra, Israel es bendecido (Gn 12:1-3; Dt 28:2-6) en un entorno arbóreo prístino (Gn 26:12; Éx 3:8; Lv 20:24; 26:4; Nm 13:27; Dt 6:3; Jos 5:6; Lv 26:4), donde multiplican su descendencia (Gn 15:13-18; 26:3-5; 28:13-14; Éx 23:26), obedecen la voz de Dios (Gn 26:3-5; Dt 28:1-2) y descansan en la presencia de Dios (Éx 33:14; Dt 12:10) lejos de sus enemigos (Gn 22:17-18; Lv 26:6-7).
La imagen de Israel en la tierra se pinta, por lo tanto, con las mismas pinceladas que Adán y Eva en el huerto. El objetivo es presentar a Israel como un nuevo Adán en un nuevo Edén. Jacob incluso dice: «¡Cuán imponente es este lugar! Esto no es más que la casa de Dios, y esta es la puerta del cielo» (Gn 28:17). La tierra, por lo tanto, es el lugar designado por el Creador en el que morará con la humanidad como lo hizo originalmente en el Edén (Lv 26:11-12; Dt 23:14). A su vez, los propósitos que Dios tenía para la creación original se cumplirán simbólicamente en esa tierra.
El libro de Josué también opera dentro de esta teología. La promesa del reposo aparece al inicio y al final de las conquistas de Josué, enmarcando toda la narrativa (Jos 1:13; 21:44). El objetivo de todo el proyecto es crear, dentro de ese marco, una similitud teológica con el huerto: un lugar de reposo. Esto solo puede lograrse cuando los enemigos de Israel y de Dios sean derrotados (Jos 21:44; 22:4-8; 23:1). Todo esto recuerda las condiciones del Edén (Gn 2:1-3) y cómo la humanidad puede regresar a él (3:15).
La entrada de Israel a la tierra mira hacia el Edén para presagiar la renovación plena y definitiva de toda la tierra
Un episodio específico del libro de Josué reúne gran parte de esto. En Josué 5:12-15, el encuentro de Israel con el «capitán del ejército del SEÑOR» recuerda poderosamente la expulsión de Adán y Eva del Edén en Génesis 3:24. En ambos relatos hay (1) una figura celestial (2) que sostiene una espada y (3) que custodia el «camino» (4) en el lado oriental (5) de una tierra santa (6) llena de frutos. La diferencia es que Adán y Eva se dirigen hacia afuera, mientras que Josué está guiando al pueblo de Dios hacia adentro. Este incidente constituye una inversión emblemática de la expulsión de Adán y Eva del Edén y refuerza la idea teológica de que la tierra prometida es una nueva manifestación tipológica del huerto, ese lugar sagrado al que la humanidad debe regresar para cumplir con los mandatos divinos tanto propios como de la creación.
¿Cuál es el propósito de la tierra prometida?
Sin embargo, la historia no termina en la tierra prometida. Al mirar hacia atrás, al diseño original de la creación, esta interpretación teológica de la tierra también dirige nuestra mirada hacia el futuro de la creación. La entrada de Israel en la tierra mira hacia atrás, al Edén, para presagiar la renovación plena y definitiva de toda la tierra. El objetivo de Dios en la creación de morar con Su pueblo nunca se descarta; el drama bíblico siempre mantiene viva esa esperanza en sus páginas y en nuestros corazones.
Las descripciones de la tierra, similares al Edén, que aparecen a lo largo del Antiguo Testamento logran esta meta (p. ej., Is 51:3; Jl 2:3; Ez 36:35), puesto que la tierra es una figura tipológica del cielo mismo (He 4:4-8). Por lo tanto, se exhorta a los cristianos —y ellos deben exhortarse unos a otros— a ver más allá de los engaños del pecado y perseverar con corazones creyentes hasta el fin (3:12-14). Solo así recibiremos el «reposo» definitivo y eterno de Dios (4:9-11) que la tierra prometida había sugerido (v. 8).
La redención no es simplemente una cuestión de salir del infierno (aunque no es menos que eso), y ciertamente no es un escape de la creación. Más bien, la salvación plena implica entrar: entrar en una creación renovada llamada «un cielo nuevo y una tierra nueva» (Ap 21:1). El apóstol Juan escribe acerca de ese lugar: «El tabernáculo de Dios está entre los hombres, y Él habitará entre ellos y ellos serán Su pueblo, y Dios mismo estará entre ellos» (v. 3). Y, alegría de alegrías, en ese lugar se nos concederá «comer del árbol de la vida» (2:7), por los siglos de los siglos.



