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El Salmo 119 es uno de los capítulos más famosos de las Escrituras, principalmente porque es muy largo. Los cristianos lo consideran fascinante, edificante y hermoso. Pero uno de los retos al estudiar y comprender el Salmo 119 es que parece que no va a ningún lado.

Tiene estructura; está organizado en veintidós estrofas que corresponden a las letras del alfabeto hebreo. Sin embargo, no parece seguir un hilo conductor coherente. Carece de algo parecido a las tramas que encontramos en narraciones históricas como Samuel y Reyes, o de los argumentos lógicos que encontramos en epístolas como Hebreos y Romanos. Muchos lectores se han resignado a interpretar cada versículo del Salmo 119 como si fuera una frase independiente, sin conexión con lo que viene antes y después.

Aunque hacerlo así puede seguir siendo edificante, sugiero que hay un hilo conductor coherente en el Salmo 119. Si los lectores tienen en cuenta el movimiento general, estudiarán el salmo con nuevos ojos, crecerán en su apreciación por él y lo encontrarán más enriquecedor.

La representación ideal de la obediencia y la bendición

El Salmo 119 tiene una gran apertura, como era de esperarse.

En las estrofas Álef y Bet, el salmista describe cómo la ley de Dios exige obediencia perfecta y devoción integral. La persona bienaventurada tiene un «camino perfecto» (v. 1), «no comete iniquidad» (v. 3) y obedece desde el «corazón» (vv. 2, 7, 10, 11).

La ley no solo revela el juicio de Dios contra el pecado del salmista, sino también Su esperanza de salvación

El salmista se presenta a sí mismo como un devoto de la ley de Dios en estas estrofas iniciales. Los lectores cristianos también piensan en el Señor Jesús, el único israelita que cumplió toda justicia (Mt 3:15) y estuvo libre de pecado (He 4:15).

Esta grandiosa introducción presenta una imagen ideal de la obediencia y la bendición. Pero el salmista nos advierte rápidamente que algo anda muy mal.

La vida de peregrino y el sufrimiento

En la tercera estrofa (Guímel), el salmista se llama a sí mismo «peregrino» (v. 19). Se suponía que los israelitas justos no debían ser peregrinos, así que esto debería llamarnos la atención. Abraham era un peregrino, como señala con frecuencia el Génesis, pues no tenía un hogar verdadero y se desplazaba de un lugar a otro. Pero Dios condujo a Israel a la tierra prometida bajo el liderazgo de Josué y entregó a las tribus y familias sus propiedades permanentes, que debían traspasar de generación en generación.

Nuestro salmista, entonces, debería estar establecido, no ser un peregrino. Es cierto que Dios, en la ley mosaica, amenazó con exiliar al pueblo de su tierra si se rebelaban contra Él. Pero nuestro salmista se presentó a sí mismo como un hombre que observa la ley en las estrofas iniciales, entonces, ¿por qué sufriría tal castigo? Algo desconcertante está sucediendo, así que sigamos leyendo.

A lo largo del resto de Guímel y luego de Dálet, el salmista describe su terrible sufrimiento como peregrino. Los príncipes lo persiguen (v. 23) y su alma está «postrada en el polvo» (v. 25). Sin embargo, en Dálet también comienza a expresar confianza en la liberación del Señor, y esta confianza crece a lo largo de las siguientes cuatro estrofas (He, Vav, Zain, Het), aun cuando menciona repetidamente cuán grande es su aflicción. Reitera que es un peregrino (v. 54).

Pero el salmista todavía no ha explicado por qué él, un hombre justo, aparentemente ha sido exiliado de la tierra prometida.

Hacia el arrepentimiento y la esperanza

El salmista finalmente da esa explicación en las siguientes dos estrofas (Tet y Yod): anteriormente se rebeló contra Dios, y Dios lo castigó, pero ahora se había arrepentido y había llegado a valorar la ley de Dios. Incluso era de aliento para otros israelitas que fueron testigos de su arrepentimiento.

Este es un avance teológico en el salmo, pero el salmista no nos deja disfrutarlo por mucho tiempo, ya que la siguiente estrofa (Caf) es el punto más oscuro del salmo. El salmista nos recuerda que, aunque ha vuelto a estar en paz con Dios, sigue languideciendo como un peregrino.

Sin embargo, el final de esta estrofa marca la mitad del salmo, y da un giro de 180 grados. Las dos primeras estrofas de la segunda mitad (Lámed y Mem), que continúan en Nun, son las más positivas. La ley de Dios es inquebrantable, verdadera y profunda. Inculca sabiduría e iluminación.

Quizá el salmista enfatiza estas verdades aquí porque llega a darse cuenta, a través de su experiencia del pecado y el arrepentimiento, de que la ley (en este caso, los libros desde Génesis hasta Deuteronomio) no solo revela el juicio de Dios contra su pecado, sino también Su esperanza de salvación.

El hermoso final del salmo nos invita a los cristianos a seguir leyendo la Biblia y maravillarnos de cómo Dios respondió a la última petición del salmista

El salmista ahora se siente seguro y confiado ante Dios, pero sigue siendo un peregrino que sufre. Las estrofas siguientes reflexionan sobre lo que eso significa para su vida espiritual. Sámec y Ayin piden a Dios que juzgue a sus enemigos, lo cual es necesario para su plena liberación. Pe y Tsade describen cómo los peregrinos que sufren deberían experimentar varios sentimientos: anhelo, tristeza y celo. En Cof, el salmista reflexiona sobre la oración; luego, en Resh, ora.

La penúltima estrofa (Sin) tal vez muestra al salmista en su máxima madurez espiritual: un hombre injustamente perseguido, pero lleno de alegría, alabanza y esperanza. Luego, la estrofa final (Tau) culmina en un final majestuoso a través de la alabanza repetida a Dios.

Un grito de fe apropiado

Nos gustaría que el salmo terminara con esa nota, pero en cambio el salmista concluye lamentando que se ha «descarriado como oveja perdida» y pidiéndole a Dios que lo busque (v. 176). Inicialmente, parece anticlimático, pero es un grito de fe apropiado. En varias ocasiones, el Antiguo Testamento se refiere a los exiliados israelitas que necesitan restauración como ovejas que necesitan desesperadamente que Dios mismo sea su Pastor (p. ej.: Sal 80; Is 40:9-11; Ez 34). Esta es la condición del salmista y, por lo tanto, ahí es donde termina.

El hermoso final del salmo nos invita a nosotros, los cristianos del nuevo pacto, a seguir leyendo nuestras Biblias y maravillarnos de cómo Dios respondió a la última petición del salmista. Dios envió a Cristo como el «buen Pastor» (Jn 10:14), el «gran Pastor de las ovejas» (He 13:20).

Él ha reunido en Su redil no solo a las ovejas perdidas de Israel, sino también a una cosecha de gentiles (Jn 10:16). Por eso, el apóstol Pedro les dice a los creyentes del nuevo pacto: «Pues ustedes andaban descarriados como ovejas, pero ahora han vuelto al Pastor y Guardián de sus almas» (1 P 2:25).

El Salmo 119 no consiste en 176 declaraciones independientes. Nos lleva a través de la experiencia del salmista con el pecado y el sufrimiento, la fe y el arrepentimiento, y la ansiosa expectativa de la venida del buen Pastor. Hacemos bien en leerlo de esa manera.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por María del Carmen Atiaga.
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