Una de las cosas que más me ha causado impotencia como madre ha sido ver a mis hijos sentir angustia, temor o ansiedad.
Hace años, viviendo en México, mis hijos y yo estábamos en un pequeño establecimiento cuando a unos pocos pasos se desató un enfrentamiento entre militares y miembros del crimen organizado. Sin entrar en detalles, te diré que ese evento nos marcó profundamente, en especial a mi hijo de tres años. Cada vez que escuchábamos cualquier sonido parecido a lo que testificamos en esa tarde atroz, surgían preguntas referentes a su seguridad.
Si bien ese ejemplo es algo extremo, demuestra que nuestros hijos también están expuestos a circunstancias que provocan temor o ansiedad. Tienen pensamientos como «Siento que algo malo me va a pasar», «Tengo miedo de que mis padres se divorcien», «Me preocupa no tener amigas en la escuela nueva» o incluso cosas más triviales, como el estrés de las asignaturas y los exámenes escolares, pueden acaparar las mentes de nuestros hijos. Sus corazones se atribulan.
¿Cómo, entonces, les ayudamos a navegar por el temor y la ansiedad? Es mi convicción que la mejor manera de hacerlo es ministrándoles con el evangelio. Solo así aprenderán a descansar en la verdad de que el Dios que estuvo dispuesto a sacrificar a Su único Hijo para ofrecerles perdón y reconciliación es el mismo Padre amoroso que vela por ellos y tiene el control total de sus vidas.
A continuación te comparto cinco principios prácticos que a la luz del evangelio me han ayudado a lidiar con estas emociones en mis hijos.
Principio #1: Muéstrales empatía y reconoce sus sentimientos
Como educadora sé bien que los menores rara vez mienten cuando se trata de expresar sentimientos difíciles de articular. Poner palabras a la intranquilidad es complicado, y más cuando temen ser juzgados por lo que sienten. Ser padres no abre la puerta a la confianza mutua entre nosotros y ellos de manera automática. Necesitamos crear un ambiente seguro donde nuestros hijos sepan que pueden hablar con nosotros de cualquier cosa.
Un abrazo cálido, una palabra de ánimo y la callada presencia de alguien que nos ama son evidencias del amor de Cristo en nuestras vidas
Una de las formas de fomentar este vínculo de confianza es mostrando empatía. En este caso, la empatía se muestra al reconocer la validez de los sentimientos de ansiedad o desasosiego que puedan sentir, sin importar su fuente. Por ejemplo, si tu pequeño demuestra terror ante un personaje en la televisión, apaga la pantalla y habla con él al respecto. Ignorar o minimizar lo que siente no solo puede agravar la situación, sino que también puede construir una barrera entre ambos sobre lo que pueden o no compartir.
Principio #2: Enséñales a descansar en el carácter de Dios
Cuando el profeta Elías huyó de Jezabel atemorizado por su vida, el texto nos dice que el ángel del Señor mismo tocó a Elías, quien se encontraba acostado y desanimado, y le dijo un par de veces que se levantara y comiera porque el camino era largo (1 R 19:5-8). Ese gentil gesto de tocarlo y proveerle alimento, cuando más desalentado se encontraba, le mostró la compasión del Señor.
El carácter compasivo de Dios nace de Su amor. Una manera tangible de que nuestros hijos experimenten el amor sobrenaturalmente fiel y activamente presente de Dios es a través de nosotros, pues el amor que hay en nosotros proviene de Dios. Así que, cuando les mostramos un carácter compasivo y solícito, reflejamos el amor de Dios.
Cuando tu chica adolescente esté luchando con episodios de ansiedad, mantente a su lado. Muéstrale amor estando ahí, tal como el ángel del Señor lo hizo con Elías, y dile que tu amor es un reflejo—aunque imperfecto— del amor personal de Jesucristo, el cual te permite amarla porque Él te amó primero.
Un abrazo cálido, una palabra de ánimo y la callada presencia de alguien que nos ama son evidencias del amor de Cristo en nuestras vidas. Nuestros hijos deben saber eso.
Principio #3: Dirígelos a la esperanza del evangelio
De las cosas que más causan ansiedad en las personas es la incertidumbre. Por ejemplo, cuando un ser querido recibe un diagnóstico de cáncer, inevitablemente nos surgirán pensamientos sobre lo que vendrá. Nuestros hijos experimentan lo mismo. Muchas veces en nuestro afán de mantenernos optimistas y tratar de consolarlos, les prometemos cosas que están completamente fuera de nuestro control. Lejos de afirmar que su abuelo estará bien, ¿por qué no hablar de la vida que Cristo ya compró en la cruz del Calvario?
No es nuestra fuerza o capacidad, no es ni siquiera nuestra súplica, es Cristo el único capaz de obrar en nosotros y en nuestros hijos
Cuando Jesús nos absolvió de toda culpa, también nos brindó un futuro garantizado. Ese Cordero inmolado que murió en nuestro lugar es el mismo Pastor que nos promete que nadie nos podrá arrebatar de Su mano (Jn 10:28-29). A diferencia de nosotros, Él sí tiene el poder de prometernos un futuro donde permaneceremos en Él. Ante esa realidad, el futuro inmediato es intrascendente en comparación; porque sin importar lo que pase, Sus ovejas estaremos seguras en las manos del gran Pastor. Y no hay mejor lugar que ese.
Así que, si tu niño confiesa temer por la vida de su abuelo enfermo, puedes decirle algo como esto: «No puedo prometerte que el abuelo sanará, pero sí sé que por su fe en Cristo, Dios le ha prometido estar para siempre con Él, y Él es fiel a Sus promesas». Y si el ser amado no ha creído aún, hablamos al respecto y oramos juntos por su salvación.
Principio # 4: Practica con ellos la oración y la gratitud
Estas palabras de Pablo a los filipenses han sido clave en mi propia lucha con la ansiedad:
Por nada estén afanosos; antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer sus peticiones delante de Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús (Fil 4:6-7).
Dios nos recuerda que, como Él es el único que tiene el control, la autoridad y el poder de actuar sobre lo que nos aflige, necesitamos traer nuestras súplicas delante de Él. Además, también nos recuerda que la súplica sin acción de gracias está incompleta. Porque Dios ya nos ha colmado de abundante gracia y bendición y debemos recordarlo.
Volviendo al ejemplo anterior, cuando la ansiedad nuble el corazón de nuestros hijos al preocuparse por un ser amado, practiquemos la oración de súplica. Roguemos no solo por su salud, sino también para que Dios nos ayude a descansar en el acto supremo de amor: Su redención y lo que eso implica. Y hagamos el ejercicio de agradecer por la vida de esa persona, incluyendo nuestro agradecimiento por la fidelidad de Dios demostrada en y a través de la vida de este ser querido y lo que representa para nuestra familia.
Principio #5: Apóyate en otros cristianos
Mi deseo al compartir estos principios es evidenciar que el evangelio transforma nuestras vidas. Pero cuando no tengamos las herramientas adecuadas para guiar a nuestros hijos a navegar por esas emociones fuertes, podemos acudir humildemente y proactivamente a otros hermanos más maduros en la fe.
Esto significa acudir a tus pastores u otros miembros de tu congregación, pero también puedes considerar acudir a cristianos maduros de otras iglesias o consejeros bíblicos con una preparación sólida. Confiemos en que Dios los ha dotado con los dones necesarios para que, con el favor del Espíritu Santo, nos ayuden a redirigir a nuestros hijos a un estado de salud mental y emocional saludable.
El sentimiento de impotencia al no poder proteger a nuestros hijos de la ansiedad se desvanece cuando descansamos en la verdad de que la gracia de Cristo es suficiente (2 Co 12:8-10). No es nuestra fuerza o capacidad, no es ni siquiera nuestra súplica, es Cristo el único capaz de obrar en nosotros y en nuestros hijos. Es Su don de gracia e inefable amor el que transforma nuestras mentes para reenfocar nuestros pensamientos en Él.


