Las perritas de nuestra familia tienen respuestas distintas cuando están asustadas. Una corre a lugares específicos de la casa donde se siente segura. No importa cuánto la llamemos o intentemos que venga con nosotros, no sale de «su lugar seguro» hasta que siente que la amenaza ha pasado. La otra no se esconde, sino que corre hacia mi esposo o hacia mí. No importa lo que estemos haciendo, se sube encima nuestro o se mete entre nuestras piernas, porque ahí se siente segura.
Al igual que ellas, todos corremos hacia algún lugar cuando tenemos miedo o cuando atravesamos circunstancias dolorosas.
Lugares de refugio inseguros
Todos tenemos «lugares de refugio» a los que acudimos para que nos den seguridad en medio del dolor.
¿A dónde corres tú cuando algo te duele?
¿A quién buscas cuando sientes miedo, frustración o soledad?
¿En qué te refugias cuando no sabes qué hacer con lo que estás viviendo?
A veces corremos a la comida, a las salidas, al entretenimiento, a la ansiedad, al aislamiento, a la manipulación, a la pornografía, o incluso nos enfocamos en nuestras capacidades o incapacidades. Muchas veces no corremos físicamente a ningún lugar, pero sí emocional y espiritualmente: a la distracción, al control, a la autosuficiencia o al aislamiento.
El problema es que estos lugares no son refugios verdaderos. Son cuevas de ladrones que terminan drenándonos y, en lugar de darnos seguridad, nos dejan aún más expuestos.
Necesitamos un refugio verdaderamente seguro al cual correr en medio del dolor.
Dos corazones, un mismo refugio
En el Evangelio de Marcos encontramos dos historias que se presentan como una especie de «sándwich». Comienza con la historia de Jairo y su hija a punto de morir, en el medio nos cuenta la historia de una mujer con flujo de sangre, y finalmente regresa a la historia de la hija de Jairo (Mr 5:21-43). ¿Puedes ver el sándwich?
Jesús quiere que corramos a Él en medio del dolor porque Su corazón es compasivo y cercano
No hay duda de que este pasaje tiene mucho que enseñarnos, pero para este artículo quiero enfocarme en un aspecto que vemos reflejado en ambas historias: qué hicieron estas personas cuando el dolor llegó a sus vidas.
Por un lado, está Jairo, un oficial de una sinagoga, cuya hija estaba al borde de la muerte. Imagina el corazón de este padre que sabía que su niña podía morir en cualquier momento: la incertidumbre, la desesperación, la angustia que debía estar experimentando. Entonces, en medio de su dolor, este padre hizo lo siguiente:
Y vino uno de los oficiales de la sinagoga, llamado Jairo, y al ver a Jesús, se postró a Sus pies, y le rogaba con insistencia: «Mi hijita está al borde de la muerte; te ruego que vengas y pongas las manos sobre ella para que sane y viva» (Mr 5:22-23).
Pero Jairo no era el único con un corazón desgarrado en esta historia. Marcos también nos presenta a la mujer con flujo de sangre: una persona que, por su condición de impureza según las leyes judías, estaba completamente marginada de la sociedad y de la vida religiosa, marcada por la vergüenza. Además, se había quedado sin recursos después de intentar por años encontrar sanidad sin ningún resultado (v. 26). Doce años de sufrimiento, de aislamiento y de frustración.
En medio de su dolor y sus temores, esta mujer hizo algo muy especial:
Cuando ella oyó hablar de Jesús, se llegó a Él por detrás entre la multitud y tocó Su manto. Porque decía: «Si tan solo toco Sus ropas, sanaré» (vv. 27-28).
En ambas historias, ambas personas corrieron hacia Jesús en medio de su angustia. Jairo dejó a un lado su posición y se postró delante del único que podía hacer algo por su hija. La mujer con flujo de sangre dejó a un lado su vergüenza y se acercó al único que podía transformar su vida para siempre.
Dos historias distintas. Dos dolores distintos. Pero un mismo refugio.
Un refugio verdaderamente seguro
En medio del dolor y de nuestros temores, Jesús nos invita a correr hacia Él, no a nuestros propios «mecanismos de seguridad». Él sabe que solo Él es poderoso para guardarnos y que solo Él puede obrar no solo en nuestras circunstancias, sino también en lo más profundo de nuestro corazón.
Jesús quiere que corramos a Él porque Su corazón es compasivo y cercano.
Correr a Jesús no significa que el dolor desaparece de inmediato, pero sí significa que no lo atravesamos solos
Cuando Jairo le rogó, Jesús simplemente «fue con él» (Mr 5:24). Sin cuestionamientos, sin barreras, sin condiciones. Y aunque Él no tenía que ir físicamente para sanar a su hija, decidió acompañarlo en su dolor, porque tenía un propósito mayor.
Algo similar ocurrió con la mujer con flujo. Ella fue sanada en el instante en que tocó Su manto, pero Jesús no quiso que quedara como un milagro anónimo:
Enseguida Jesús, dándose cuenta de que había salido poder de Él, volviéndose entre la gente, dijo: «¿Quién ha tocado Mi ropa?» […] Entonces la mujer, temerosa y temblando, dándose cuenta de lo que le había sucedido, vino y se postró delante de Él y le dijo toda la verdad. «Hija, tu fe te ha sanado», le dijo Jesús; «vete en paz y queda sana de tu aflicción» (vv. 30-34).
Él quiso verla. Quiso hablarle. Quiso encontrarse con ella. Quiso darle no solo sanidad, sino también dignidad, identidad y restauración.
Hacia el verdadero refugio
El Jesús de Jairo y de la mujer con flujo de sangre es el mismo que hoy, en medio de nuestro dolor y nuestros temores, nos invita a dejar nuestros falsos refugios y correr hacia Él.
Tal vez hoy no necesitas respuestas inmediatas.
Tal vez no necesitas entender todo lo que está pasando.
Tal vez lo que más necesitas no es controlar, distraerte o huir.
Tal vez lo que necesitas es cambiar de refugio.
Correr a Jesús no significa que el dolor desaparece de inmediato, pero sí significa que no lo atravesamos solos. Significa que somos vistos, recibidos y sostenidos. Significa que el Dios de los cielos nos conoce, nos ama y obra en nuestras vidas de la mejor manera, siempre.



