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Una comida deliciosa, reír con amigos, ver una buena película, leer un libro, hacer ejercicio, ir a la playa, viajar o compartir alrededor de un juego de mesa son solo algunas de las muchas cosas en las que encontramos placer. Dios, en Su infinita sabiduría, nos creó con la capacidad de disfrutar y experimentar placer en distintos gustos e intereses. Esto no es algo malo; al contrario, es parte de la manera en la que fuimos creados.

A veces pensamos que cristianismo y disfrute son palabras opuestas. Pensamos que si hay algo que disfrutamos y nos causa placer, entonces no puede ser bueno y debemos huir de ello. Pero la Biblia nos apunta a una realidad muy distinta:

No hay nada mejor para el hombre que comer y beber y decirse que su trabajo es bueno. Yo he visto que también esto es de la mano de Dios. Porque ¿quién comerá y quién se alegrará sin Él? (Ec 2:24-25).

Dios nos invita al disfrute. Nos invita a alegrarnos en aquellos buenos regalos que Él mismo nos da y a disfrutarlos de una manera que honre Su nombre (Col 3:17). El problema es que, por causa de nuestro pecado, no siempre experimentamos el deleite de la manera correcta.

Cuando el placer deja de ser un regalo

Una de las formas para identificar un disfrute que está desenfocado de Dios y que no lo honra es notar cuando ese placer es desmedido, es decir, va más allá del espacio que le pertenece en nuestras vidas. Por ejemplo:

  • Corremos a la comida para calmar nuestra ansiedad.
  • Necesitamos ir de una actividad tras otra.
  • No podemos estar solos.
  • Compramos de manera compulsiva.
  • No paramos de ver televisión o el teléfono.

Cuando vemos esta realidad en nuestras vidas y en las de otros, podemos concluir que el problema es experimentar placer con estas cosas. Pero, repito, es importante notar que el problema no es el placer en sí mismo, sino cuando ese placer ha pasado a ocupar un lugar en nuestras vidas que no le corresponde.

Para que podamos glorificar a Dios con aquellas cosas que disfrutamos, nuestros placeres deben funcionar bajo el señorío de Cristo, completamente sometidos a Su autoridad en nuestras vidas.

Para que podamos glorificar a Dios con aquellas cosas que disfrutamos, nuestros placeres necesitan funcionar bajo el señorío de Cristo

Los problemas comienzan cuando colocamos alguno de esos placeres o deseos en el trono de nuestro corazón y deja de ser un regalo para convertirse en una demanda gobernante. Todo aquello que nos gobierne, que no sea Jesús, por bueno que sea en sí mismo, terminará siendo un mal amo para nuestra vida.

Así que también podemos reconocer que un placer nos está gobernando cuando buscamos en él nuestro refugio, le entregamos la mayor parte de nuestro tiempo, atamos a él nuestro descanso o incluso terminamos afectando a otros con tal de obtenerlo o protegerlo. La realidad es que detrás de cada placer que nos gobierna hay un mismo propósito: servirnos a nosotros mismos y satisfacer nuestros propios deseos.

Libres para disfrutar, no para ser esclavos

La Palabra nos enseña: «Para libertad fue que Cristo nos hizo libres. Por tanto, permanezcan firmes, y no se sometan otra vez al yugo de esclavitud» (Gá 5:1).

Jesús ganó nuestra completa libertad por medio de Su obra perfecta en la cruz. ¡Somos libres! ¡El pecado ya no tiene que dominarnos! Sin embargo, muchas veces experimentamos cómo ciertos placeres quieren someternos, de modo que actuamos como si fuéramos esclavos de ellos.

Aunque la lucha contra los placeres desordenados es una realidad para todas las personas, hay una diferencia fundamental para los cristianos: no somos esclavos de estas luchas porque el pecado no define nuestra identidad. En Cristo, la libertad forma parte de quiénes somos.

Dios nos dio la capacidad de disfrutar en Él, pero nada de lo creado fue diseñado para ocupar Su lugar

En cambio, cuando cedemos a los impulsos de nuestros placeres es porque, como dice Gálatas, nos sometemos nuevamente al yugo de la esclavitud. Somos nosotros quienes entregamos, aunque sea por un momento, el gobierno de nuestro corazón a aquello que nunca fue diseñado para gobernarnos.

Dios nos dio la capacidad de disfrutar en Él, pero nada de lo creado fue diseñado para ocupar Su lugar. Todo lo que Él hizo existe para la gloria de Su nombre y para el bien de los Suyos, no para convertirse en nuestro amo.

Así que te animo a evaluar tu vida. ¿Hay placeres que te están gobernando? Una vez que los identifiques, te animo a arrepentirte, confesarlos, buscar ayuda y vivir en la libertad que Jesús ha ganado para ti.

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