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¿Cuándo fue la última vez que pudiste disfrutar la belleza de un paisaje? ¿La última vez que te estremeciste ante el poder de la naturaleza? Si no sueles estar en contacto con la creación, deberías ser más intencional al respecto porque ella nos dirige al Creador.

La naturaleza es asombrosa, pero es fácil perder el asombro cuando vivimos en un mundo saturado de avances tecnológicos. Nuestros ojos están cautivados por las pantallas y todo lo que nos muestran. Resulta curioso que una acepción del diccionario para «pantalla» sea: «persona o cosa que distrae la atención para encubrir u ocultar algo o alguien». Las pantallas que nos rodean ocultan más cosas de las que nos muestran.

Tampoco es que debamos desvalorizar la tecnología, pues son herramientas que vienen de Dios y podemos utilizarlas con un corazón agradecido. Pero con respecto a recordarnos sobre la grandeza y majestad de Dios, lo natural supera con creces a lo artificial.

Si no estamos disfrutando de la naturaleza lo suficiente, conviene que quitemos los ojos de las pantallas que nos distraen y salgamos afuera. La creación tiene un mensaje para nosotros y haremos bien en atender.

La creación promueve nuestra alabanza

El salmista nos dice que existe un mensaje que resuena en toda la creación (Sal 19). Es un mensaje sin palabras, aunque no por eso menos entendible. El apóstol Pablo coincide en que tal mensaje es evidente y puede entenderse «con toda claridad» (Ro 1:20).

¿Cuál es el mensaje? La gloria y sabiduría de Dios, dice David (Sal 19:1), y Su eterno poder y divinidad, agrega Pablo (Ro 1:20). «Los cielos proclaman la gloria de Dios».

Agustín de Hipona decía que la naturaleza es el primer libro escrito por Dios. Él «escribió» este mundo, por así decirlo, cuando en el principio habló y fue hecho. El mundo era una hoja en blanco que Dios llamó a existencia por el poder de Su palabra. En la naturaleza aún resuena el eco de Su voz.

La naturaleza nos lleva a considerar la majestad del Creador y conmueve nuestro corazones en alabanza

Esto no significa que podamos comunicarnos con Dios a través de la creación, como si pudiésemos conectar con la divinidad a través de las rocas, el sol o la brisa. Más bien, quiere decir que nuestros corazones y mentes son estimulados por la creación para engrandecer al Creador. Este «libro natural» desplegado ante nuestros ojos provoca el tipo de asombro que conduce a la alabanza.

Que Dios sea el Creador es un motivo de adoración recurrente en los salmos: «Vengan, adoremos y postrémonos; doblemos la rodilla ante el SEÑOR nuestro Hacedor» (Sal 95:6). Al contemplar la naturaleza, ningún ser humano tiene excusa para no dar gloria al Creador, ¡mucho menos Su pueblo!

Alcen los ojos y miren a los cielos:
¿Quién ha creado todo esto?
El que ordena la multitud de estrellas una por una,
y llama a cada una por su nombre.
¡Es tan grande su poder, y tan poderosa su fuerza,
que no falta ninguna de ellas! (Is 40:26 NVI). 

Dar un paseo o tomarse unos días en un entorno natural puede ser de mucha edificación si lo hacemos conscientes de esta verdad: Dios manifiesta Su gloria en la creación. La naturaleza nos lleva a considerar la majestad del Creador y conmueve nuestro corazones en alabanza.

La creación cultiva nuestra humildad

En la creación no solo reconocemos la grandeza de Dios, sino también nuestra propia pequeñez. David observaba la gloria desplegada en los cielos, esa obra de arte pintada por la mano de Dios, y entonces su corazón se estremecía: «¿qué es el hombre para que te acuerdes de él?» (Sal 8:1-4). 

Nada mejor que el poder de la naturaleza para recordarnos que somos seres vulnerables y dependientes. El rugido de una tormenta que nos hace temblar hasta los huesos, la imponente grandeza de las montañas o la inmensidad de mar nos recuerdan que somos polvo. Contemplar la naturaleza cultiva humildad, mientras contrarresta el orgullo en nuestro corazón.

La naturaleza cultiva en nosotros una humildad que permite apreciar mejor el poder y la gracia de Dios

«¡Sin embargo» —continúa David— «lo has hecho un poco menor que los ángeles y lo coronas de gloria y majestad!» (Sal 8:5). Y eso es lo que Dios hizo con nosotros en Cristo, nos hizo hijos y coherederos con Él (Ro 8:17).

El Creador derramó abundante gracia en criaturas rebeldes. Jesús, por quien fueron creadas todas las cosas (Col 1:13-17), el Verbo divino que da vida a todo lo que existe (Jn 1:1-4), se hizo hombre y entregó Su propia vida para librar a Su pueblo de las tinieblas. Nuestros corazones deben estremecerse ante tal favor inmerecido.

Disfruta de la creación

La naturaleza cultiva en nosotros una humildad que permite apreciar mejor el poder y la gracia de Dios. Aunque nada somos, nos ha llenado de gloria y bendiciones en Cristo. Pero la cruz fue solo el principio. El mismo poder y gracia se hacen presentes cada día y la creación nos sirve de recordatorio:

Levantaré mis ojos a los montes;
¿De dónde vendrá mi ayuda?
Mi ayuda viene del Señor,
Que hizo los cielos y la tierra (Sal 121:1-2).

Dirige tus ojos a la naturaleza más a menudo. Las montañas, el mar, el cielo y hasta un simple árbol junto a un río traen a nuestra memoria el poder y la gracia de nuestro Dios.

Hacemos bien en separar tiempo para disfrutar de la creación con el propósito de meditar en Dios. Tal vez una hora al día, o un día a la semana, o una semana al año. Todo tiempo invertido será valioso para cultivar humildad y adoración a Dios en nuestros corazones.

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