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Seguramente te ha pasado esa situación incómoda en la que alguien te pide explicar la doctrina de la Trinidad en términos sencillos y te das cuenta de que no es nada fácil.

Estás convencido de que es una doctrina bíblica, has aprendido de ella en la iglesia y en Internet, sabes que es central para nuestra fe… pero sientes que no la puedes explicar a otros porque hay algunos detalles que no estás seguro de comprender totalmente.

Como resultado, recurrimos a analogías limitadas y hasta caemos en explicaciones que rozan con la herejía y traen más confusión que otra cosa (como la analogía de los estados del agua, entre otras).

En el lenguaje cristiano es común que nos confundamos sin advertirlo cuando nos referimos al Dios trino a quien adoramos. Tendemos a cometer tres tipos de errores:

  1. Marcar diferencias excesivas entre las personas divinas.
  2. Borrar las distinciones entre las personas divinas.
  3. Hacer diferencias en poder u autoridad entre las personas divinas.

Para evitar estos errores debemos buscar ser lo más precisos posibles en nuestro lenguaje cuando nos referimos a Dios. Esta búsqueda de la precisión requerirá un esfuerzo diario y continuo a lo largo de nuestra vida, no solo respecto al misterio de la Trinidad, sino también en relación con otras doctrinas centrales del cristianismo.

Hoy tenemos a Dios haciendo Su tabernáculo con y en nosotros, lo que nos da acceso a Dios en una relación personal

Respecto a la doctrina de la Trinidad, un concepto que puede ser complejo pero que a la vez necesita precisión es la definición de «persona divina». ¿A qué nos referimos con persona divina? ¿Cómo entendemos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo? ¿Y, sobre todo, por qué es importante ser precisos en nuestro lenguaje?

¿Qué es una persona divina?

Una «persona divina» es el modo de subsistencia de la única naturaleza divina, es decir, Dios. Es lo que distingue al Padre, del Hijo, del Espíritu Santo. Es crucial entender que la distinción entre las personas divinas no implica una diferencia ontológica ni de subordinación, pues ninguna tiene más autoridad que la otra.

¿Qué significa «modo de subsistencia»? No es más que la afirmación de que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se distinguen únicamente en la manera en que se apropian de la esencia divina. La expresión «modo de subsistencia» es preferida por muchos teólogos porque preserva el entendimiento bíblico de una sola esencia, una sola voluntad divina, un solo centro de conciencia. Además, es una expresión con buen apoyo en la historia de la iglesia y se puede trazar hasta el Concilio de Calcedonia (451 d. C.).

La persona del Padre

El Padre es el único que engendra y no es engendrado (Sal 2:7). Es Aquel de quien procede todo desde la eternidad, quien origina la vida.

La Escritura enseña que «el Padre tiene vida en Él mismo» (Jn 5:26a). Como el teólogo Samuel Pérez Millos comenta sobre esta cita: «El Padre es principio sin principio. Quiere decir que las otras dos personas proceden de la Primera, mientras que esta no procede de ninguna otra». Este entendimiento ya estaba revelado también en el Antiguo Testamento (Gn 2:7; Sal 36:9).

Así, el Padre es Padre porque engendra eternamente al Hijo, y el Hijo es tal porque procede del Padre. «La personificación de la Primera persona es el resultado de la relación generadora de la Segunda persona, el Hijo», añade Pérez Millos. Es decir, el modo de subsistencia de la persona divina (el Padre) es aquel que engendra, de quien todo procede. Es la forma de apropiación de la esencia divina y lo único que distingue al Padre del Hijo y del Espíritu Santo.

Entender quién es Dios es fundamental para fortalecer nuestra fe y amar a Dios con todo nuestro ser

Así comprendemos que las personas divinas no tienen ninguna distinción ontológica, en Su ser y esencia, es decir, son iguales en poder, dignidad y atributos. Lo que distingue a la persona del Padre es Su subsistencia no engendrada.

La persona del Hijo

La Escritura afirma con toda claridad que el Hijo es Dios en la misma potestad, poder y capacidad que el Padre (Jn 10:30; 8:50-52; 1 Co 1:18-29). Sin embargo, encontramos al mismo tiempo que el Hijo no es el Padre (Mt 3:16-17). ¿Qué lo diferencia? Su modo de subsistencia, la forma en este existe eternamente, por lo que es una persona divina distinta del Padre y, al mismo tiempo, de la misma esencia. Por eso podemos afirmar que existe un único Dios (Dt 6:4).

El Hijo subsiste engendrado eternamente por el Padre, es la Palabra expresada que procede del Padre. Como afirma el salmista:

Ciertamente anunciaré el decreto del SEÑOR
Que me dijo: «Mi Hijo eres Tú,
Yo te he engendrado hoy.
Pídeme, y te daré las naciones como herencia Tuya,
Y como posesión Tuya los confines de la tierra.
Tú los quebrantarás con vara de hierro;
Los desmenuzarás como vaso de alfarero» (Sal 2:7-9).

Este salmo, leído en su contexto, no deja claro quién es este Hijo. Los judíos lo conectaban con una identidad mesiánica. Sin embargo, tenemos ciertos esbozos de una identidad divina en este salmo. Como explican C. F. Keil y F. J. Delitzsch en su Comentario de los Salmos:

El mismo Ungido es quien ahora habla, y expresa quién es Él, y lo que es capaz de hacer, por virtud del decreto divino. No hay ninguna palabra de transición, ni ninguna fórmula de introducción que denote este cambio repentino, desde el discurso de Yahvé al discurso de Su Cristo. Yahvé le ha declarado «Tú eres Mi Hijo», y esto en el día muy concreto en que Él ha sido concebido o ha nacido desde el mismo Dios, conforme a esta relación filial.

Es decir, el salmista escribe que este sujeto, que a la luz del Antiguo Testamento aún no es claro quién es, tiene una procedencia divina (cp. 1 P 1:10-12), si bien es cierto que en el contexto del Antiguo Testamento esto se podría decir de los reyes del linaje davídico, pues eran vistos como asignados por Dios (por ejemplo, Salomón al ser escogido como rey; 1 Cr 28:6). Sin embargo, era un título simbólico y no significaba una procedencia de Yahvé, pues no hay nadie como Dios ni nadie se compara a Él (Is 42, 45; Dt 6:4). Entonces, podemos deducir que en muchos pasajes del Antiguo Testamento —como el Salmo 2—, la expresión «Hijo de Dios» es más que el título honorífico para los reyes y apunta a una identidad diferente.

En el Nuevo Testamento, el autor de Hebreos cita este salmo y nos revela la identidad mesiánica del «Hijo», de la línea davídica, como esperaban los judíos, pero que ningún rey previo llegó a cumplir. Como explican G. K. Beale y D. A Carson en su Comentario del uso del Antiguo Testamento en el Nuevo Testamento:

El autor, al usar el [Salmo 2], tiene una teología de exaltación en el centro de su pensamiento. Su principal punto en [Hebreos] 1:5 es mostrar que Jesús es el Hijo de Dios por Su exaltación a la diestra del Padre, Su reinado sobre toda la creación demostrando Su relación única con el Padre.

El Hijo es engendrado eternamente y reina a la diestra del Padre por Su naturaleza divina, pues el único que reina es Dios. El Hijo es la Palabra, el Verbo, el Logos, por medio de quien todo fue creado (Jn 1:1-3; Col 1:16-17). Su rol en la creación hace una distinción entre la persona del Padre y del Hijo y, al mismo tiempo, sostiene la unidad de Dios (Dt 6:4), porque solo Dios tiene poder para crear (Job 38; Gn 1).

Por tanto, la persona divina del Hijo posee la esencia divina por procedencia del Padre y eso es lo que lo diferencia de Él. El Hijo es distinto al Padre en Su modo de procedencia, Su modo de subsistencia y solo en este sentido.

El teólogo Steven Duby lo explica así: «El Padre no genera o aspira una deidad, en cambio en Su generación y aspiración la comunica» (Jesus and the God of Classical Theism). Es decir que cuando nos referimos a que el Padre comunica la esencia divina no está creando, porque se trata de la misma esencia. No hay tres esencias divinas del mismo tipo, lo que resultaría en tres dioses similares, sino que tenemos a un único Dios.

La persona del Espíritu Santo

El Espíritu Santo es la Tercera persona divina. Como se observa en el Nuevo Testamento, es identificado claramente como Dios (Hch 5:3-4; 1 Co 2:10-16) y, por lo tanto, tiene los mismos atributos y cualidades. Es la Tercera persona divina porque, según el texto bíblico, procede del Padre y del Hijo:

Pero el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en Mi nombre, Él les enseñará todas las cosas, y les recordará todo lo que les he dicho (Jn 14:26).

Cuando venga el Consolador, a quien Yo enviaré del Padre, es decir, el Espíritu de verdad que procede del Padre, Él dará testimonio de Mí (Jn 15:26).

El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo porque es enviado en nombre del Hijo y el Hijo lo envía del Padre. Esta es la diferencia en relación, procedencia y modo de subsistencia del Espíritu Santo. Es el mismo Dios, de Su misma esencia, solo distinto en Su modo de subsistencia y, por lo tanto, una persona divina distinguible.

Podemos comprender a Dios verdaderamente, en la medida que se ha querido revelar en la Escritura y en la persona del Hijo Jesucristo

Es importante comprender esto porque tendemos a olvidar que el Espíritu Santo que mora en nosotros es tan Dios como el Padre y el Hijo. Por lo tanto, todo cristiano tiene una ventaja con respecto a los grandes «héroes de la fe» del Antiguo Testamento, quienes dependían de manifestaciones esporádicas del Espíritu Santo (1 S 11:6) o de acciones visibles de Dios (Éx 13:17-22) que, aunque suenan asombrosas y son obras de gracia inmerecida de parte de Dios, no se comparan con tener a Dios morando en nosotros.

Por ello, el mismo Jesucristo dijo: «Pero Yo les digo la verdad: les conviene que Yo me vaya; porque si no me voy, el Consolador no vendrá a ustedes; pero si me voy, se lo enviaré» (Jn 16:7). Hoy tenemos a Dios haciendo Su tabernáculo con y en nosotros, lo que nos da acceso a Dios en una relación personal que el pueblo de Israel no tuvo de forma constante.

Conocer para adorar

La doctrina de la Trinidad —que es clave para comprender al Dios que adoramos— es compleja y en ocasiones los teólogos buscan ir más allá de lo que revela el texto bíblico. Esto es algo que debemos evitar. Como afirmó Agustín de Hipona: «Decimos tres “personas” no para decir algo, sino para no quedarnos en silencio».

Asimismo, entender quién es Dios es fundamental para fortalecer nuestra fe y amar a Dios con todo nuestro ser (Dt 6:5-9; Mt 22:37-39), meditar en la verdad revelada de Dios (Sal 1:2) y apreciar la realidad de la obra de Dios en nosotros, nuestra salvación.

Conocer al Dios a quien adoramos es central para todo cristiano. Al mismo tiempo, es una tarea que demandará toda nuestra vida y, aún así, nunca lo haremos completamente porque somos criaturas finitas y limitadas delante del Dios eterno, omnipotente, insondable. Sin embargo, podemos comprender a Dios verdaderamente, en la medida que se ha querido revelar en la Escritura y en la persona del Hijo Jesucristo, y es nuestra responsabilidad conocerlo (Jn 17:3) bajo la guía de Su Espíritu (Jn 16:14) para poder amarlo correctamente (Dt 6:4-8).

Cuando estés hablando con alguien más sobre la Trinidad, te invito a hacerlo con asombro y consciente de esta realidad.

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