×

¿Quieres argumentar a favor de la existencia de Dios?

Probablemente estés familiarizado con los argumentos clásicos para creer en Dios. Está el argumento cosmológico, a menudo asociado con Tomás de Aquino, que dice que todo lo que existe tiene una causa y, por lo tanto, debe haber una causa primera (Dios). O el argumento teleológico, que señala la complejidad y el orden del universo como evidencia de un diseñador inteligente. Luego está el argumento moral, popularizado por C. S. Lewis, que señala la existencia de valores y deberes morales objetivos, que requieren un legislador moral.

El argumento de Bach

Pero me he encontrado con otro argumento en el que vale la pena reflexionar. El filósofo Peter Kreeft lo plantea de este modo:

  • La música de Johann Sebastian Bach existe.
  • Por tanto, debe existir un Dios.

Él agrega: «O lo ves o no lo ves».

¿Tú lo ves? Permíteme ayudarte.

La belleza como evidencia a favor de Dios

El corazón de este argumento para la existencia de Dios está en la atracción a la belleza que se experimenta como algo trascendente, autoritativo y que otorga validación propia.

Cuando nos encontramos con la belleza (ejemplificada aquí en la música de Bach), quedamos cautivados. Tan pronto como ves la belleza, te sientes movido a amarla y conocerla. No hay que demostrar la belleza, solo reconocerla, experimentarla y entregarse a ella. Kreeft asegura que nuestra «experiencia sensorial no exige razones para creerla, y normalmente pensamos que se debe creer hasta que se demuestre lo contrario».

Otros argumentos filosóficos a favor de Dios ponen la carga de la evidencia en el creyente. Ofrecemos razones para creer en Dios. Pero este, el atractivo de la estética, pone la carga de la evidencia en el no creyente. ¿Cuáles son las razones por las que no deberíamos creer en la belleza real? ¿Por qué deberíamos negar nuestro instinto de que la belleza es real y que la belleza real trasciende la subjetividad?

La belleza y la música

Uno de los mejores ejemplos de la belleza se encuentra en la música. Por supuesto que se puede dividir la música en sus componentes de melodía, armonía y ritmo, pero un análisis científico no puede capturar la esencia de la música ni por qué esta nos conmueve, del mismo modo que un amor profundo y duradero por otra persona no se puede reducir a químicos en el cerebro.

La música no es solo algo físico y material. Hay algo más allá de las notas en la partitura. En las grandes obras de arte, tocamos los bordes de lo trascendente porque las mejores de nuestras creaciones humanas, consciente o inconscientemente, quieren alcanzar lo que es verdadero, bueno y bello.

Las riquezas de las experiencias estéticas son la belleza infinita y trascendente de Dios

La música, al igual que otras formas de arte, se asemeja a la belleza que vemos en la naturaleza. Estas experiencias estéticas son como grietas en las veredas del secularismo, a través de las cuales brota el pasto y aparece ocasionalmente alguna flor. Son agujeritos en el techo de inmanencia, que devastan la afirmación de que no existe nada más allá del mundo material. Son susurros en el viento que envían un escalofrío que sube por la columna vertebral y nos dicen que no estamos solos. Hay algo más allá.

En su libro Drawn by Beauty [Atraído por la belleza], Matt Capps escribe:

Las vastas riquezas de estas experiencias estéticas son demasiado grandiosas como para descuidarlas o ignorarlas, puesto que son la belleza infinita y trascendente de Dios que se abre paso de una manera general para que el orden de Su creación la disfrute; es un regalo de gracia.

Capps también relata una entrevista con Jeremy Begbie, quien se refirió a las Variaciones Goldberg de Bach como un ejemplo de cómo una simple progresión de acordes desarrollada en 30 variaciones permite escuchar más y más con cada nivel. La genialidad de la pieza de Bach radica en que, después de aproximadamente una hora, tras todas las «variaciones», se vuelve a tocar el comienzo del aria. Sin embargo, no podemos escuchar el final «fuera del recuerdo de las cosas extraordinarias que Bach nos ha mostrado» a través de su totalidad. «En otras palabras, ahora no oímos el aria simplemente como una réplica de lo que hemos escuchado antes, sino que la oímos como algo variado, repleto de diversidad. Ha acumulado una gran riqueza, una enorme variedad de estados de ánimo y colores. Bach nos hace oír más de lo que oímos, por así decirlo».

La música y la eternidad

La música resuena en nosotros. No debería sorprendernos, por tanto, que se empleara un coro celestial en el alba de la creación, cuando Dios sentó los cimientos de la tierra y puso en movimiento las estrellas (Job 38:7). En otras palabras, la creación del mundo fue instrumentada, así como cuando un compositor añade música a una película.

Lewis imaginó la creación de Narnia a través de una Voz que cantaba, cuyo sonido se elevaba «hasta que todo el aire temblaba con él. Y justo cuando alcanzó el sonido más poderoso y glorioso que había producido hasta entonces, salió el sol». ¿De quién era esa voz? «Era un león. Enorme, peludo y brillante, se erguía frente al sol naciente. Su boca estaba abierta en un canto».

Del mismo modo, J. R. R. Tolkien describió la creación del mundo en El Silmarillion como una obra musical, con criaturas angelicales que creaban el tema del gran Creador, un sonido que surgía «de interminables melodías entrelazadas en armonía que traspasaban el oído hacia las profundidades y las alturas, y los lugares de morada de Iluvatar se llenaban hasta rebosar, y la música y el eco de la música salían al Vacío, y ya no era vacío». Más adelante, Tolkien describe la intrusión del mal como una discordia que el Creador supera de alguna manera y arrasa en la sinfonía general.

La fe en Dios ofrece algo más, una ventaja, cuando se escucha música

The Singer [El cantante], de Calvin Miller, una narración alegórica de la historia del evangelio a través de analogías con canciones y música, comienza con la creación y la canción de la Palabra, resalta el drama de la oposición del Odiador del Mundo, antes de culminar con la muerte del Cantante y Su posterior triunfo, lo que lleva a la difusión de la canción por todo el mundo.

Gavin Ortlund escribe:

Si un Dios trino creó el mundo como una obra de arte, no por necesidad, sino por amor y libertad, entonces la música puede entenderse, junto con todo lo bello del mundo, como un débil reflejo de la gloria pre-temporal de Dios. Es un pequeño eco de lo que sucedía antes del tiempo y el espacio. Lo que el ritmo y la armonía están tratando de hacer, aunque sea de manera imperfecta, es trazar algo de ese amor y gozo que ha estado pulsando eternamente entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Una señal, si no es evidencia

Ortlund no llega tan lejos como Kreeft al afirmar que la belleza que encontramos en la música puede ofrecerse como prueba de la existencia de Dios. Pero sí cree que la fe en Dios ofrece algo más, una ventaja, cuando se escucha música. «Si crees en Dios», asegura, «tienes un marco más satisfactorio para el corazón y la mente con el cual disfrutar de la música, y que es más auténtico para la experiencia real de ese disfrute».

El anhelo inconsolable que sentimos cuando encontramos la verdadera belleza, cuando la sinfonía se eleva hacia la resolución de una melodía, es la ventana a otro mundo, que nos susurra, nos canta: «Hay algo más».

Si no entiendes lo que Kreeft quiere decir cuando afirma que Bach prueba la existencia de Dios, el argumento te parecerá absurdo y supersticioso. Pero una vez que sientes toda la fuerza de lo que se afirma, es difícil de superar.

Recibe cada día los artículos, podcasts, y vídeos más recientes.
CARGAR MÁS
Cargando