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Esta idea se ha repetido tantas veces en los últimos cincuenta años que ahora se considera de sentido común: el gran problema al que nos enfrentamos es que no nos amamos lo suficiente a nosotros mismos. Debemos aprender a respetarnos, a amarnos y a aceptarnos. Eres suficiente en un mundo que te dice que eres imperfecto o estás necesitado de alguna manera.

Hay un elemento de verdad en este consejo, especialmente para aquellos que dan por sentado que el camino religioso requiere autodesprecio, o ese tipo de odio hacia uno mismo que disminuye nuestro sentido de la dignidad como personas creadas a imagen de Dios. Pero luego tenemos estas inquietantes palabras del propio Jesús:

Si alguien viene a Mí, y no aborrece a su padre y madre, a su mujer e hijos, a sus hermanos y hermanas, y aun hasta su propia vida, no puede ser Mi discípulo (Lc 14:26, énfasis añadido).

Puesto que Jesús también nos dijo que amáramos a nuestro prójimo como a nosotros mismos (lo que implica que el amor propio es natural, incluso bueno), Su exigencia aquí no puede significar un odio incondicional hacia la propia vida. Sin embargo, en nuestro contexto actual, nos apresuramos a dar explicaciones en lugar de reflexionar sobre esta sorprendente afirmación.

Agustín y el temor que hemos perdido

Agustín, en un famoso sermón «sobre las diez cuerdas del arpa», predicado en Chusa alrededor del año 420 d. C., se atrevió a interpretar a Jesús de una manera que se resiste a nuestro instinto de suavizar el golpe. Él presentó una interpretación impactante de las palabras de Jesús en el Sermón del Monte sobre «[ponerte] de acuerdo pronto con tu adversario» (Mt 5:25-26). La Palabra de Dios es nuestro adversario «porque nos ordena cosas que van en contra de nuestra naturaleza y que [nosotros] no hacemos».

El temor sano del Señor debe permanecer, incluso si aspiramos a seguir los mandamientos de Dios por amor y no por temor al juicio

Agustín se remitió al Salmo 86:15 (RV1960), señalando lo habitual que era destacar que el Señor es «misericordioso y clemente, / Lento para la ira, y grande en misericordia». Pero el texto continúa diciendo «y verdad». El Señor es grande en verdad. Si el texto se hubiera detenido antes de esa línea, dijo Agustín a sus oyentes:

Ya te estarías entregando a tus pecados con una sensación de seguridad y libertad. Harías lo que te apeteciera, disfrutarías del mundo tanto como te fuera permitido, o tanto como te dictaran tus pasiones. Y si alguien intentara reprenderte y asustarte con algún buen consejo para que te abstuvieras de la búsqueda intemperante y disoluta de tus propios deseos y de tu abandono de Dios, te quedarías allí, entre las voces que te reprenden, y como si hubieras escuchado el juicio divino con una mirada de triunfo desvergonzada en tu rostro, leerías del libro del Señor: «¿Por qué tratas de asustarme con nuestro Dios? Él es misericordioso y compasivo…».

Agustín creía que el énfasis del salmista en la verdad descarta «la arrogancia de la presunción equivocada» y, en cambio, despierta «la ansiedad del dolor por el pecado». El temor sano del Señor debe permanecer, incluso si aspiramos a seguir los mandamientos de Dios por amor y no por temor al juicio.

Cuando Dios se niega a ser hecho a nuestra imagen

Pero ¿es realmente posible seguir al Señor por amor y no por miedo? En la época de Agustín, la gente decía: «Si el Señor realmente quisiera que lo obedeciéramos por amor y no por miedo, no hubiera hecho todas esas amenazas contra el pecado. Habría llegado a ser indulgente con todos y a perdonar a todos, y no enviaría a nadie al infierno».

La cuestión no es si nos amamos o nos odiamos a nosotros mismos, sino si amamos a Dios y estamos satisfechos en Él

Ante esta presunción, Agustín respondió con una visión majestuosa de la santa otredad de Dios. Aquí es donde nuestra preferencia moderna por el «amor propio» frente al «odio hacia uno mismo» se somete a escrutinio en su sermón:

Aquel que es injusto quiere convertir a Dios también en injusto. Dios quiere que seas como Él, y tú intentas que Dios sea como tú. Sé feliz con Dios tal como es, no como te gustaría que fuera. Todos ustedes están torcidos y quieren que Dios sea como ustedes, no como Él es. Pero si se conforman con Él tal como es, entonces se corregirán a sí mismos y alinearán su corazón con esa regla recta desde la cual ahora todos están deformados y torcidos. Siéntete satisfecho con Dios tal como Él es, ámalo tal como Él es.

Para Agustín, la cuestión no era si nos amamos o nos odiamos a nosotros mismos, sino si amamos a Dios y estamos satisfechos en Él, y luego aprendemos a vernos a nosotros mismos a la luz de Su santidad. Es el deseo de la belleza de Dios lo que nos impulsa a conformarnos a Su voluntad.

Entonces Agustín va más allá y nos hace sentir incómodos a los lectores modernos:

Dios no te ama tal como eres, te odia tal como eres. Por eso siente lástima por ti, porque te odia tal como eres y quiere hacerte tal como aún no eres. Deja que Él te haga […] el tipo de persona que aún no eres. […] Dios te odia tal como eres, pero te ama tal como quiere que seas, y por eso te insta a cambiar. Llega a un acuerdo con Él y empieza por tener buena voluntad y odiarte tal como eres. Que esta sea la primera cláusula de tu acuerdo con la Palabra de Dios: que empieces, ante todo, por odiarte tal como eres. Cuando tú también hayas empezado a odiarte tal como eres, así como Dios odia esa versión de ti, entonces ya estarás empezando a amar a Dios mismo tal como Él es.

Todo lo que hay en ese párrafo nos resulta chocante. ¿Dios nos odia así como somos? ¿Y deberíamos estar de acuerdo con Él y odiarnos también a nosotros mismos? ¿Qué hay de la realidad de que Dios nos ama como pecadores?

Odiando la fiebre, no al paciente

Agustín lo aclara rápidamente recurriendo a la metáfora de la enfermedad.

Pensemos en las personas enfermas. Las personas enfermas se odian a sí mismas así como están, por estar enfermas, y empiezan por ponerse de acuerdo con el médico. Porque el médico también las odia así como están. Por eso quiere que se curen, porque odia que tengan fiebre; el médico persigue la fiebre para liberar al paciente. Así también la avaricia, la lujuria, el odio, la codicia, la lascivia, la futilidad de los espectáculos en el anfiteatro, son todas fiebres de tu alma. Debes odiarlas como lo hace el médico. De este modo, estás de acuerdo con el médico, te esfuerzas con el médico, escuchas con agrado lo que el médico ordena, haces con agrado lo que el médico ordena y, a medida que tu salud mejora, empiezas incluso a disfrutar de sus instrucciones.

Agustín no concibe el «yo» como algo estático que deba ser amado u odiado en su totalidad. Es una realidad dinámica, moldeada por lo que amamos, por lo que en cada momento nuestro «yo» se encuentra en un estado particular: un estado de enfermedad, un estado de salud; un estado de pecado, un estado de rectitud; un estado de lucha, un estado de reposo.

Dios ama a la persona que creó para que fueras, y odia lo que el pecado te ha hecho

Visto así, «odiarte a ti mismo cuando estás enfermo» tiene sentido si desprecias el estado de enfermedad y sus efectos. Quieres estar sano. Anhelas que tu «yo» se encuentre en un estado diferente. Por lo tanto, el médico compasivo hace bien en odiar tu fiebre y en trabajar sin descanso por tu sanidad.

El valor para odiar nuestras fiebres

La recuperación comienza con el deseo de ser una versión diferente de uno mismo, de progresar hacia un estado mejor. La curación exige que el médico y el paciente acuerden «perseguir» la enfermedad. La salud requiere odio, no hacia la persona que Dios ha creado, sino hacia la enfermedad pecaminosa que desfigura a esa persona.

El lenguaje de Agustín es severo. El del pastor puritano Thomas Goodwin es más tierno, aunque no menos serio. Goodwin escribe:

Toda la ira de Cristo se vuelve contra tu pecado para destruirlo. Su piedad hacia ti aumenta tanto como el corazón de un padre hacia un hijo que padece una enfermedad repugnante, o como el de uno hacia un miembro de su cuerpo que tiene lepra. Él no odia al miembro, pues es parte de su cuerpo, sino a la enfermedad, y eso le lleva a compadecerse aún más de la parte afectada. Mientras mayor es la miseria, mayor es la compasión cuando la persona es amada.

Por decirlo de otra manera: Dios ama a la persona que creó para que fueras, y odia lo que el pecado te ha hecho. Su compasión hacia ti va de la mano con Su implacable oposición a la enfermedad que te esclaviza.

La pregunta que nos plantea un sermón de hace más de un milenio es la siguiente: ¿Odiamos lo suficiente nuestras fiebres?

¿Odiamos los efectos distorsionadores del pecado?

¿Odiamos esas versiones de nosotros mismos, atormentadas por la ansiedad, dominadas por la lujuria, obsesionadas con el dinero, ávidas de poder, moralistas, egoístas y pecaminosas, que nos mantienen en un estado enfermizo y nos impiden convertirnos en quienes Dios nos llama a ser?

¿O abusamos de la bondad de Dios, olvidando que Él es grande en misericordia y verdad, olvidando que Su Palabra nos juzga, aun cuando la Palabra hecha carne ha venido a sanar?


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por María del Carmen Atiaga.
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