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Hace unos días estaba hablando con una tía que no veía desde hace mucho tiempo. Ella me colocó su mano en el hombro, sonrió, suspiró, y me dijo: “Betsy, ¡qué madre tan dulce eres! No te imagino enojada ni exasperada con tus hijos”. No pude evitar soltar una carcajada y responderle: “Tía, creo que necesitas visitarme más a menudo”.

Ese día me quedé meditando en esta corta conversación y repasé en mi mente algunas de las veces en las que mi dulzura maternal se ha convertido en ira y enfado. Comencé identificando cuáles eran los comportamientos de mis hijos que provocan mi enojo, y terminé reconociendo que esos comportamientos eran como si presionaran un botón que sacaba a la luz lo que yo traía dentro.

Es mucho más fácil decir: “Estoy cansada”, “no pude dormir”, o “mis hijos me desesperan”, y tomar el rol de víctima, que escarbar en mi corazón y discernir cuáles son esas cosas en mi vida que se ven atacadas por su mal comportamiento. Fue vergonzoso pensar en ellas y reconocer que hay cosas que amo tanto que soy capaz de pecar cuando estas son amenazadas por la necedad de mis hijos.

En realidad, las niñadas que tanto me desesperan no son un ataque directo a mi persona. En cambio, son un atentado contra la idolatría de mi corazón. Cada vez que me desespero y peco contra mis hijos, escojo mi pecado en lugar de amarlos a ellos.   

Quiero compartirte algunas de las cosas que encontré en mi corazón. Quizá puedas identificarte conmigo. Aquí hay algunas de las áreas en las que he reconocido que puedo llegar a pecar de la desesperación:

Cuando quiero servirme de la maternidad

Cuando hago que la maternidad se trate de mí, pierdo el enfoque, olvido quién está en el trono, y tengo expectativas irreales del papel que deben jugar mis hijos.

Ese es el momento en el que los veo como sirvientes, deseo que se comporten de una manera que me “haga feliz”, que me hagan lucir bien ante los demás, y que todo lo que hagan obedezca a mis ideales de un día exitoso.

Tengo que reconocer que muchas veces cuando me he enojado es porque mis hijos no están haciendo las cosas como yo quiero. Dios me ha delegado autoridad como madre, pero esta se me sube a la cabeza. Me creo superior y quiero controlarlo todo.

Cuando hago que la maternidad se trate de mí, pierdo el enfoque, olvido quién está en el trono, y tengo expectativas irreales del papel que deben jugar mis hijos.

Sucede en cosas tan simples como cuando al terminar de vestirlos deciden pasar por la nevera y ensuciarse antes de salir. Mi cara de decepción es suficiente para expresarles que me quedaron mal. También me pasa cuando les hablo en público y no me hacen caso. Han habido momentos en los que no estoy primordialmente preocupada por sus corazones, sino exasperada por la manera en la que luzco ante los demás. ¿Te das cuenta? Lo que se desespera es mi orgullo, lo que se enoja es mi arrogancia que desea servicio. ¿Te ha pasado?

Cuando sirvo a otros “ídolos”

Mis hijos me desesperan cuando ponen de manifiesto la idolatría de mi corazón. Es increíble la cantidad de ídolos que se esconden detrás de motivaciones que parecen piadosas. El cuidado excesivo de la casa, una petición genuina de silencio, la frustración de no poder terminar un correo electrónico, o cuando “sin querer” rompen la pantalla del celular. Sí, puedo enojarme por las cosas incorrectas y demostrar que mis afectos están fuera de lugar.

Mis prioridades revelan dónde está mi corazón y, cuando mis hijos amenazan aquello que deseo hacer, puedo caer en el error de considerarlos como un estorbo. Claro, yo nunca lo diría con palabras, pero mis hechos pueden demostrarlo, por ejemplo, cuando me estreso porque no me dejan “hacer lo que yo quiero”.

Cuando no camino en el Espíritu

Cuando mis hijos me desesperan y peco, lo que se evidencia en mí es lo contrario al fruto del Espíritu:

“Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio; contra tales cosas no hay ley. Pues los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y deseos”, Gálatas 5:22-24.

Mi tendencia a explotar hace evidente que no estoy caminando en el Espíritu. Demuestra que Cristo no es el centro de mis afectos, que no me estoy apropiando de las promesas de la Palabra de Dios, y que no me estoy abasteciendo de los recursos celestiales que me ayudan a vivir en piedad.

Mis hijos me desesperan cuando ponen de manifiesto la idolatría de mi corazón.

Cuando mis hijos me desesperan, puede ser que ellos no sean el problema. Es posible que este sea un indicador de mi necesidad de correr a Cristo en arrepentimiento. Pero, ¡qué gloriosa garantía tenemos! Nuestro pecado nunca desespera a nuestro Salvador. Él descendió de su trono para dar su vida en humilde servicio. Él soportó hasta lo sumo en nuestro lugar sin pronunciar una sola queja. Él sufrió hasta la muerte para abrir el trono de la gracia, al que podemos acudir confiadamente (Ro. 5:8; He. 4:16). ¡Esa es la fuente de mi esperanza! En ella me lavo y me renuevo para continuar con mi labor como madre.

Ya que Cristo no se desesperó al cargar con nuestro pecado, y se levantó venciendo la muerte, tú y yo tenemos esperanza cuando nos hijos nos desesperen.

Quitemos nuestra mirada de nosotras mismas, y fijemos nuestros afectos en Cristo. Alimentémonos de sus promesas y hagamos morir nuestras pasiones. De allí fluirá todo lo que necesitamos para amar a nuestros hijos y servirles de corazón, como para el Señor.

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