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Si consideras que Dios es tu Padre, y si sueles dirigirte a Dios como Padre cuando oras, tienes que agradecer a Jesús. Antes de Jesús, nadie —ni en el judaísmo ni en ninguna otra tradición religiosa— hablaba de Dios o se dirigía a Dios como Padre de la forma personal en que Jesús lo hizo.

Es cierto que los santos del Antiguo Testamento se referían ocasionalmente a Dios como el padre de Israel (Dt 32:6; Sal 103:13) y que, con menor frecuencia aún, lo llamaban su Padre cuando oraban (Is 63:16). Pero el hecho de que rara vez lo hicieran revela que no se relacionaban con Dios principalmente como un Padre. Desde luego, no de la forma en que Jesús lo hizo, que también fue la forma en que enseñó a todos Sus seguidores a relacionarse con Dios.

Abba, Padre”

En los cuatro evangelios, cuando Jesús habla de Dios, suele referirse a Él como Su Padre. Y cuando los evangelistas nos permiten escuchar a Jesús orando, le oímos dirigirse a Dios como Padre.

Esto para Jesús no era solo una metáfora cariñosa. Dios como Su Padre era una realidad relacional fundamental para Él. Esto queda claro cuando, al oírle orar en Getsemaní, exclama: «¡Abba, Padre!» (Mr 14:36). Abba era el término más común que los hablantes de arameo empleaban cuando se dirigían a sus padres terrenales; Jesús y Sus (medio) hermanos lo habrían utilizado cuando se dirigían a José.

Jesús quiso que todos Sus discípulos nos relacionemos con Dios como nuestro «Abba, Padre»

Esta forma familiar en que Jesús se refería a Dios escandalizó e indignó a los dirigentes judíos. Ellos entendían a Dios como Su Padre del mismo modo que un alfarero podría llamarse padre de su creación de arcilla (ver Is 64:8). Pero Jesús veía a Dios como su «Abba, Padre» del mismo modo en que un niño ve al padre paterno que lo engendró. Para los dirigentes judíos, esto constituía una blasfemia que merecía la pena de muerte, porque «también llamaba a Dios Su propio Padre, haciéndose igual a Dios» (Jn 5:18). De hecho, Él era el Hijo de Dios, una realidad que ellos trágicamente no supieron discernir.

De forma asombrosa, Jesús, el «unigénito del Padre» (Jn 1:14), quiso que todos Sus discípulos, nosotros que no somos hijos de Dios de la manera que Él lo es, nos relacionemos también con Dios como nuestro «Abba, Padre». Porque cuando Jesús nos proporcionó un modelo o patrón de cómo orar, lo primero que nos enseñó fue a dirigirnos a Dios como «Padre nuestro que estás en los cielos» (Mt 6:9), lo que los cristianos de todos los tiempos han llamado el «Padre nuestro».

“Padre nuestro que estás en los cielos”

Al citar a Jesús, Mateo utiliza la palabra griega pater, equivalente a Abba en arameo, el término común y corriente que todo el mundo utilizaba para referirse a su padre. Haz una pausa y reflexiona sobre lo asombrosa que es la frase «Padre nuestro que estás en los cielos», teniendo en cuenta la realidad que representa: Dios como nuestro Pater, Abba, Padre celestial.

A menos que hayas crecido en una tradición religiosa diferente, dirigirte a Dios como «Padre nuestro» es probable que no te parezca presuntuoso u ofensivo. Quizás te suene normal, algo que damos por sentado, como llamar padre a nuestro progenitor terrenal. Si hemos perdido el asombro al llamar a Dios nuestro Padre, es hora de recuperarlo.

“Padre Santo”

Ten en cuenta que los judíos practicantes siempre han considerado que el nombre del pacto de Dios, Yahvé (Éx 3:14), es tan sagrado que no se atreven a pronunciarlo en voz alta. Cuando lo escriben, lo abrevian a YHWH, para no profanar el nombre santo de Dios a través de labios o manos humanas impías. Incluso en español, muchos escriben «Di-s» en lugar de «Dios». Consideran que no es poca cosa hablar de o al «Santo de Israel» (Sal 71:22).

En efecto, Aquel a quien llamamos «Padre» es Aquel ante quien los cuatro seres vivientes «de día y de noche… no cesan de decir: “Santo, Santo, Santo es el Señor Dios, el Todopoderoso, el que era, el que es y el que ha de venir”» (Ap 4:8). Él es el «bienaventurado y único Soberano, el Rey de reyes y Señor de señores; el único que tiene inmortalidad y habita en luz inaccesible, a quien ningún hombre ha visto ni puede ver» (1 Ti 6:15-16), pues ningún ser humano puede verlo y vivir (Éx 33:20).

Incluso el Hijo unigénito Aquel que «en el principio… estaba con Dios, y… era Dios» (Jn 1:1), Aquel que es «la imagen del Dios invisible» (Col 1:15), Aquel a quien Dios «exaltó hasta lo sumo» y a quien «confirió el nombre que es sobre todo nombre» (Fil 2:9)—, este santo Hijo de Dios (Lc 1:35), que llamó a Dios Su «Abba, Padre», también se dirigió a Él como «Padre santo» (Jn 17:11).

Es bueno que nuestras almas se detengan a reflexionar sobre la maravillosa paternidad de Dios para con nosotros

¿Qué nos da derecho a nosotros, «de labios inmundos, que habitamos en medio de un pueblo de labios inmundos» (Is 6:5), de llamar «Padre nuestro» al Todopoderoso? Nuestro Padre santo mismo y Su santo Hijo, nuestro Salvador, nos conceden este insondable privilegio.

Mira cuán gran amor

Es bueno que nuestras almas se detengan a reflexionar sobre la maravillosa paternidad de Dios para con nosotros, en especial si esa realidad se nos ha hecho demasiado familiar, para que podamos ver con ojos nuevos el corazón paternal de Dios para nosotros. Eso es lo que el Espíritu Santo, a través del apóstol Juan, quiere para nosotros:

Miren cuán gran amor nos ha otorgado el Padre: que seamos llamados hijos de Dios. Y eso somos (1 Jn 3:1).

¿Y qué tipo de amor nos ha dado el Padre?

En esto se manifestó el amor de Dios en nosotros: en que Dios ha enviado a Su Hijo unigénito al mundo para que vivamos por medio de Él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros y envió a Su Hijo como propiciación por nuestros pecados (1 Jn 4:9-10).

De tal manera nos amó el Padre, que dio a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él, no se pierda, sino que tenga vida eterna (Jn 3:16). Y el Hijo nos amó tanto que ofreció Su vida por nosotros (Jn 15:13) para ser propiciación por nuestros pecados.

Pero a todos los que lo recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios, es decir, a los que creen en Su nombre, que no nacieron de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios (Jn 1:12-13).

No es poca cosa para nosotros tener el derecho de llamar «Padre nuestro» al Santo de Israel, y a nosotros mismos Sus hijos. Esto es porque a un gran precio…

El Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo… nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo. Porque Dios nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha delante de Él. En amor nos predestinó para adopción como hijos para sí mediante Jesucristo, conforme a la buena intención de Su voluntad, para alabanza de la gloria de Su gracia que gratuitamente ha impartido sobre nosotros en el Amado (Ef 1:3-6).

Mira con ojos nuevos qué amor tan maravilloso nos han dado el Padre santo y el Hijo santo, para que seamos llamados hijos de Dios.

“Oren de esta manera”

Este océano de amor lleno de gracia, este vasto milagro de expiación sustitutiva, este don profundo y misterioso de ser tanto adoptado por Dios como nacido de Él, es la razón por la que, cuando los discípulos de Jesús le preguntaron cómo debían orar a Dios, Él empezó:

Ustedes, pues, oren de esta manera: «Padre nuestro que estás en los cielos, Santificado sea Tu nombre» (Mt 6:9).

No es poca cosa para nosotros tener el derecho de llamar «Padre nuestro» al Santo de Israel

Dios no quiere que nos relacionemos con Él como un simple súbdito se relaciona con un rey, o como una simple oveja se relaciona con su pastor. Fundamentalmente, quiere que nos relacionemos con Él como un niño se relaciona con un padre cariñoso y generoso al que le encanta dar buenos regalos cuando sus hijos se lo piden (Mt 7:7-11). Como Michael Reeves escribe:

Cuando alguien, con toda franqueza y confianza, llama «Padre» al Todopoderoso, demuestra que ha comprendido algo hermoso y fundamental sobre quién es Dios y para qué ha sido salvado. Y ¡cómo nos gana el corazón para volver a Él! Porque el hecho de que Dios el Padre se alegre e incluso se complazca de compartir Su amor por Su Hijo y así ser conocido como nuestro Padre, revela cuán misericordioso y bondadoso es (Delighting in the Trinity [Deleitarse en la Trinidad], 76).

Si piensas principalmente en Dios como tu Padre, y si sueles dirigirte a Dios como Padre cuando oras, tienes que dar gracias a Jesús (y al Padre), no solo porque Él te enseñó a hacerlo, sino porque Él (y el Padre) te ha dado el derecho de hacerlo. Ambos, Padre e Hijo, te han dado al Espíritu Santo, «espíritu de adopción como hijos, por el cual clamamos: “¡Abba, Padre!”» (Ro 8:15). Haz buen uso de esta gracia, porque tu Padre celestial se complace en Sus hijos.


Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por Eduardo Fergusson.
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