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«¿Escuchaste la historia esa en las noticias hoy?», él me preguntó.

«No», respondí.

Ya había tenido esta conversación antes. La primera vez, tenía alrededor de 11 años y estaba preparando la mesa para la cena. Esta vez yo tenía 21 años y nos sentamos en la misma mesa.

Mi padre continuó: «Un hombre llegó a casa y encontró a su esposa e hijos haciendo las maletas para dejarlo, así que los mató a todos y luego se suicidó. Será mejor que nunca intentes dejarme».

Poco después, mientras mi padre estaba en el trabajo, me escabullí en su armario y le robé su revólver Magnum .357. Coloqué la caja vacía en el estante para que pareciera que no la habían tocado, envolví la pistola en una toalla y la escondí en una caja en mi habitación. Recuerdo haber pensado, al menos de esta manera, no tendrá su arma a mano si intenta matarnos, así algunos de nosotros podríamos escapar.

Esa noche, mi padre regresó a casa y entró en su habitación. Yo esperé, estaba ansiosa preguntándome si él se daría cuenta de lo que había hecho. Efectivamente, salió y me miró. Deduje que debió haber ido a buscar su arma y encontró el estuche vacío. Después de mirarme con el ceño fruncido por lo que pareció una eternidad, regresó a su habitación. Nunca preguntó dónde estaba su arma. Él fingió que no había pasado nada.

Viviendo una mentira

Crecí en una familia cristiana. Asistimos fielmente a las congregaciones de la Iglesia presbiteriana ortodoxa y la Iglesia presbiteriana en Estados Unidos. Mi mamá nos enseñó en casa y dirigía la adoración de los niños. Mi papá tenía un doctorado y enseñaba en la escuela dominical para adultos. Él era inteligente y sereno en público. En privado, él podía pasar de estudiar a Louis Berkhof a golpear a su hija en un instante.

En mi familia se me enseñó a honrar a mi padre y a mi madre, a perdonar a los demás y a no chismear. Sin embargo, los hogares distorsionados por el abuso hablan su propio idioma. «Perdonar» significaba fingir que eras feliz, aun cuando estás cubierta de moretones. «Honrar a tu padre» significaba obedecer aun si tuvieras temor de que te pueda matar. Además, se nos advirtió en varias ocasiones que no podíamos «chismear», lo que en realidad quería decir no contarle a nadie la verdad.

Esto es abuso espiritual, un tipo de abuso psicológico. El abusador toma una palabra o concepto piadoso y, por lo general, con el tiempo y a través de la enseñanza, distorsiona el significado. Como resultado del abuso que había experimentado, cuando nuestro pastor predicaba sobre el perdón, pensaba que me estaba diciendo que aceptara el abuso. Cuando leí que la Biblia habla de honrar a tus padres, pensaba que Dios quería que fingiera que mi abusador era honorable. Pero en el fondo de mi corazón, sabía que esto no podía ser cierto.

Una de las funciones de los Diez Mandamientos es permitirnos expresar amor a Jesús (Jn 14:15), el quinto mandamiento no es una excepción

Mientras iba adquiriendo madurez, mi corazón se dividía entre mi deseo de agradar a Dios y mi necesidad de escapar de mi padre. El quinto mandamiento, «Honra a tu padre y a tu madre» (Éx 20:12), me hacía agonizar y llegué a sentirme como una falsa cristiana por odiar el comportamiento de mi padre. En lo profundo de mi angustia, recuerdo haber pensado que hubiese sido más fácil si mi padre hubiese muerto durante mi niñez, en vez de verlo convertirse en semejante hombre. Pensaba: por lo menos hubiese podido imaginar que él amaba a Jesús y hubiese creído que él me amaba a mí.

Durante años luché con el trastorno de estrés postraumático causado por más de 20 años de abuso. Luché por desentrañar la teología con la que se enfrentan muchos graduados de seminario. ¿Cómo podría honrar a un hombre deshonroso? ¿Verdad que Dios no quiere que yo obedezca a una persona malvada o que me someta a un hombre peligroso? Pero antes de que pudiera entender el quinto mandamiento, tuve que comprender por qué Dios dio los Diez Mandamientos en primer lugar.

El espíritu de los Diez Mandamientos

Mientras el humo se elevaba por las laderas del monte Sinaí, relámpagos destellaban, truenos rugían y el pueblo de Dios temía que Él los fuera a destruir. Sin embargo, Moisés dijo: «No teman, porque Dios ha venido para ponerlos a prueba, y para que Su temor permanezca en ustedes, y para que no pequen» (Éx 20:20).

Parece contradictorio decir «no temas a Dios, pero teme a Dios». Sin embargo, para mí, alguien que es una sobreviviente de abuso, fue reconfortante. Ahora que estaba a salvo y en recuperación, me di cuenta del significado: No temas a un Dios enojado y violento que te aterrorizará como lo hizo tu padre. Teme a un Dios santo y justo que quiere que seas buena porque Él te ama.

Si una de las funciones de los Diez Mandamientos es permitirnos expresar amor a Jesús (Jn 14:15), entonces el quinto mandamiento no es una excepción. El objetivo principal de «honra a tu padre y a tu madre» es honrar a Dios.

Aquí es donde llegamos a la verdad del asunto que cambia nuestra perspectiva, rompe el abuso, aplasta la mentira y sana el corazón. ¿Cómo imitamos a Cristo cuando nos enfrentamos al mal? Rechazamos el mal. ¿Cómo seguimos a Jesús cuando se nos ordena pecar? Desafiamos a las autoridades malvadas. ¿Cómo honramos al Espíritu de verdad (Jn 14:17) cuando somos presionados a mentir? Decimos la verdad con valentía, aun si eso implica ir al foso de los leones, a un horno de fuego o a una cruz empapada de sangre.

En un hermoso cambio lleno de gracia, guardar el quinto mandamiento significa negarse a someterse a padres malvados. No podemos obedecer a Dios y a los que hacen el mal. Seguimos a Jesús a pesar de ellos.

¿Qué significa honrar?

En estos días, cuando hablamos de honrar a las personas, pensamos en otorgarles una medalla o dedicarles una estatua en homenaje. Pero hay más que eso. Cuando honramos a las personas, nos honramos a nosotros mismos y hacemos lo que ellos consideran honorable. Honrar a las personas piadosas significa edificarlas en rectitud.

Honrar a las personas impías significa llamarlas a arrepentirse de su pecado, animarlas a hacer lo correcto y evitar que sigan haciendo más mal. Una respuesta honorable al pecado es confrontarlo, negarse a facilitarlo y denunciar los delitos a la policía.

Honrar a las personas impías significa llamarlas a arrepentirse de su pecado, animarlas a hacer lo correcto y evitar que sigan haciendo más mal

En el espíritu de la ley, honré a mi padre al negarme a sucumbir al daño que su pecado me infligió. Honré a mi padre al denunciar sus abusos. Honré a mi padre rompiendo el ciclo abusivo y siendo una madre piadosa para mis hijos. Honro a mi padre todos los días al no dejar que se acerque a mis hijas.

Mi verdadero Padre

En última instancia, Dios consuela a los hijos de padres malvados con el corazón quebrantado al invitarlos a honrar a un Padre que es digno de todo honor. ¿Quién es mi padre definitivo? ¿Es alguien con quien comparto ADN, pero que me trató de forma horrenda, o la paternidad va más allá de la biología? Parafraseando a Jesús, Dios es mi Padre y quien hace su voluntad es mi hermano, mi hermana y mi madre (Mt 12:48-49). Nuestros padres biológicos pueden fallarnos, pero tenemos un Padre que es santo. A través de la obra de Jesús, somos adoptados como hijos de Dios y podemos clamar: «¡Abba, Padre!» (Ro 8:15).

Cuando entendemos que Dios es nuestro Padre amoroso, el velo de la confusión se levanta y el abuso espiritual es desarmado. Si nuestros padres son los «malvados» del Salmo 1, Dios no quiere que sigamos sus consejos, ni nos detengamos en sus caminos ni nos sentemos en su compañía. Él quiere que nos deleitemos en la ley del Señor y honremos a nuestro verdadero Padre día y noche. Cada día es una nueva oportunidad para honrar a mi Padre que es misericordioso y fiel. Él es Aquel de quien las huestes celestiales cantan: «Digno eres, Señor… de recibir la gloria y el honor y el poder» (Ap 4:11). Él nunca me dejará ni me desamparará.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición.
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