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Una persona o iglesia que encubre o ignora el abuso, a menudo tiene un patrón de permitir que otros pecados menores pasen desapercibidos. Nadie se despierta una mañana y piensa: hoy tengo ganas de rechazar a alguien” o “el acoso no es algo tan importante”. Por el contrario, los pecados sutiles se van acumulando, endureciendo el corazón y allanando el camino. Como Dios le dijo a Caín: “Si haces bien, ¿no serás aceptado? Y si no haces bien, el pecado yace a la puerta y te codicia, pero tú debes dominarlo” (Gn 4:7).

Nota que Dios dice: “si no haces bien, el pecado yace a la puerta”. Hay infracciones menores que preceden a infracciones mayores, así como existe un proceso de corrupción que podemos resistir o alimentar.

En mi trabajo con líderes de iglesias y víctimas de abuso, he notado patrones de pecado que preceden a casi todas las crisis. Si alguien se hubiera arrepentido antes, cortado el pecado de raíz o llamado a cuentas a sus compañeros, la mayoría de las situaciones abusivas hubieran podido manejarse con responsabilidad, de una manera que honre a Dios, en lugar de intensificarse o exacerbarse.

Estos son seis pecados que, por sí mismos, son problemas comunes y variados, pero que han llevado a muchos a permanecer en silencio frente al mal. También pueden servir como una “puerta de entrada” que permite al pecador incurrir en pecados más graves. Como dice el Catecismo Menor de Westminster: “Algunas transgresiones en sí, por razón de múltiples circunstancias agravantes, son más detestables que otras a la vista de Dios” (pregunta 83). Mi esperanza es que si somos capaces de reconocer los pecados más pequeños antes de que echen raíces, podamos hacer lo correcto y no darle oportunidad al diablo (Ef 4:27).

1. Orgullo 

El orgullo es un pecado del que todos somos culpables en ocasiones, pero puede llevarnos por caminos traicioneros. No puedo pensar en un caso de abuso en la iglesia en el que el orgullo no fuera un factor presente. A menudo, los líderes de la iglesia no pueden creer que el perpetrador los haya engañado. Ellos piensan: “Con toda seguridad, si nuestro amigo o compañero fuera un abusador, ya nos hubiésemos dado cuenta”.

El orgullo es un pecado del que todos somos culpables en ocasiones, pero puede llevarnos por caminos traicioneros

Esto no es solo un problema para los líderes de la iglesia. Los miembros también odian estar equivocados. Nos consideramos sabios y con capacidad para discernir. Confiamos demasiado en nuestra habilidad para juzgar el carácter de los demás. Este exceso de confianza nos convierte en presa fácil de quienes adulan y manipulan.

Entonces, cuando una víctima le dice a alguien que su amigo es un abusador, se niega a creerlo. Pueden explicar el comportamiento diciendo: “Ese no suena como el hombre que conozco; ¡debes estar equivocado!”. Son demasiado orgullosos para considerar que pudieron haber sido engañados, que la persona en la que confían es peligrosa. Como no están dispuestos a admitir que están equivocados, encubren el abuso y este continúa.

2. Chismes 

Las congregaciones donde predomina el chisme son un terreno de juego para los abusadores. Ya todos están hablando de todos los demás, por lo que a nadie le parece extraño que un abusador difunda rumores sobre la víctima: “¡Está desequilibrada! ¡Ella es una mentirosa! ¡Ora por su ira y sus luchas con su salud mental!”. Cuando la víctima finalmente busca ayuda, todos asumen que está mintiendo o delirando.

Otra táctica de muchos abusadores, particularmente aquellos en roles de liderazgo, es manipular a los cristianos para que “confíen” en ellos. Un pastor, consejero o líder ministerial puede alentar a la congregación a ir más allá de los límites de la prudencia y chismear de otros miembros de la congregación. Puede aun expresar una falsa preocupación por la víctima y pedirle a la gente que le “informe” si dice algo crítico sobre él. De esta manera, tan pronto como la víctima busca ayuda de alguien en la iglesia, el abusador es notificado y puede entrar a controlar los daños.

Es importante establecer una cultura en tu iglesia que desaliente el chisme pero aliente a hablar la verdad en amor (Ef 4:15). Discernir entre los dos requiere madurez espiritual y para eso necesitamos buscar la ayuda del Espíritu Santo.

3. Idolatría

Cuando el equipo de liderazgo de la iglesia encubre los pecados de un abusador, a menudo es porque ama al abusador (o la reputación de la iglesia o la personal) más de lo que ama a Jesús. Lo mismo ocurre con las familias. Cuando una esposa encubre la pedofilia de su esposo o un padre los crímenes de un hijo, la acción a menudo tiene sus raíces en la idolatría. Cosas terribles suceden cuando amamos a alguien o algo más que a Jesús.

Cosas terribles suceden cuando amamos a alguien o algo más que a Jesús

Lo que nos protege de convertirnos en cómplices del abuso es el amor genuino por Jesús y un deseo ferviente de honrar a Dios sin importar el costo. En palabras que a menudo se atribuyen a Dietrich Bonhoeffer: “El silencio ante el mal es en sí mismo malvado: Dios no nos dejará sin culpa. No hablar es hablar. No actuar es actuar”.

4. Engaño

Ya sea que nos estemos mintiendo a nosotros mismos o a los demás, el engaño es quizás el más ilusorio y común de todos los pecados que he enumerado. Con demasiada frecuencia, cuando nos encontramos con casos claros de abuso, los explicamos, pensando: “Estoy seguro de que esto fue algo de un día”; o “él pidió perdón, así que no necesitamos reportarlo”; o “quizás el alcohol, el estrés en el trabajo, o una enfermedad mental lo obligó a hacerlo”. En nuestra desesperación por no creer que nuestro amigo es un abusador, practicamos un poco de gimnasia mental, mintiéndonos a nosotros mismos para evitar responsabilizarlo. 

Nos mentimos a nosotros mismos y a los demás, diciendo: “Debemos perdonarlo 70 veces siete”, como si el perdón negara la justicia o la ayuda a los oprimidos. No hacemos responsables a los demás, pensando: “Todos luchamos con la lujuria”, “mucha gente tiene mal genio” o, “esta persona probablemente tiene las mismas luchas que yo tengo, ¿quién soy yo para señalarlo?”. Vemos al hombre maltratado a la orilla del camino, pero seguimos caminando (Lc 10:25-37).

Afirmamos: “Como cristianos, extendemos gracia a los pecadores”, pero descuidamos extender gracia a los niños traumatizados y las esposas desconsoladas. Justificamos nuestro silencio, diciendo: “El amor cubre una multitud de pecados”, como si Jesús alguna vez fallara en proteger a los inocentes o en buscar la justicia. 

Justificamos nuestro silencio, diciendo: ‘El amor cubre una multitud de pecados’, como si Jesús alguna vez fallara en proteger a los inocentes o en perseguir la justicia

Los pecados del arrepentido están cubiertos ante Dios por la justicia de Cristo, pero todavía hay consecuencias para el mal en esta vida. Aun después de que el rey David se arrepintiera genuinamente, el reino entró en guerra y su familia fue devastada. Dios perdonó a David, pero no le eximió de las consecuencias de su pecado (2 S 12:10-12).

5. Egoísmo

A veces, cuando vemos señales de alerta, razonamos: “Eso no me incumbe”. Como Caín, preguntamos: “¿Soy yo acaso guardián de mi hermano?” (Gn 4:9b). No queremos lidiar con el estrés, el dolor o las consecuencias adversas que pueden venir al intervenir. Preferimos permanecer felizmente ignorantes, o fingir que no nos dimos cuenta del hombre a la orilla del camino, en lugar de ser como el buen samaritano (Lc 10:25-37). El egoísmo y el engaño trabajan juntos, permitiendo el abuso o que este sea tolerado. 

En mi vida, he sido rechazada y excluida por familiares, amigos y aun una iglesia completa por denunciar un caso de abuso infantil. Este es el riesgo que corremos cuando levantamos nuestra cruz y seguimos a Jesús. Las cruces no son divertidas. Ciertamente no son fáciles. Pero al final del día, deberíamos poder decir que amamos más a los demás que nuestra relación con ellos, que amamos más a nuestra comunidad que nuestra posición en ella, que amamos más a Jesús que a esta vida.

6. Lujuria

Deberíamos poder decir que amamos más a los demás que nuestra relación con ellos, que amamos más a nuestra comunidad que nuestra posición en ella

Cuando las iglesias fallan en confrontar la lujuria y el pecado sexual, están allanando el camino para todo tipo de perversión. Por ejemplo, cuando un líder de la iglesia mira pornografía, puede volverse insensible al pecado y comenzar a objetivizar y deshumanizar a las personas. Luego, cuando se encuentra con el abuso, se muestra complaciente, despreocupado y no irritado. Quizás minimiza este pecado o se siente hipócrita por denunciarlo, ya que él también peca de lujuria. Sus ojos se han aclimatado a la oscuridad. Su mente está acostumbrada a la desviación.

Debido a que estos pecados ya no le preocupan, no los confrontará ni protegerá a su congregación de los lobos. Se vuelve como las pobres almas a quienes Dios “entregó” a su maldad: “Pues aunque conocían a Dios, no le honraron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se hicieron vanos en sus razonamientos y su necio corazón fue entenebrecido” (Ro 1:21).

Sin duda, existen muchos otros pecados que pueden llevar al abuso o hacer que se tolere. Como cristianos, debemos tener cuidado de proteger nuestro corazón aun de los pecados más aceptables socialmente. Como iglesia, debemos responsabilizarnos mutuamente, para que los pecados no echen raíces en nuestros corazones como semillas y se conviertan en males destructivos. La tolerancia o el encubrimiento del abuso en la iglesia no ocurre de la noche a la mañana. Es el resultado del pecado repetido y de una falta crónica de arrepentimiento, capa tras capa de transgresión desenfrenada, hasta que la maldad y la necedad se apoderan de nosotros.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición.
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