«¿Estamos tomando la decisión correcta?» Mi pregunta flotaba en el aire mientras mi esposo y yo nos alejábamos de la oficina del agente inmobiliario. Después de firmar docenas de veces para comprar la casa de nuestros sueños, temía que se me hubiera pasado algo por alto en las horas que pasé consultando la guía inmobiliaria Zillow. ¿Y si hay algún problema que no vimos en la inspección? ¿Qué tal si me perdí una casa mejor en mi búsqueda? ¿Y si no sé lo suficiente sobre esta zona de la ciudad?
En lugar de celebrar este logro para nuestra familia, me pasé el día apretando los dientes preocupada por lo desconocido. Volví a leer el informe del inspector, examiné las fotos de la casa y repasé mi investigación sobre el sistema escolar local para asegurarme de que no se me había pasado nada por alto. Creía que si reunía los conocimientos suficientes, podría estar segura de que habíamos tomado la decisión correcta.
Cuando me enfrento al sufrimiento, la duda o la incertidumbre, siento la tentación de creer que mientras más información tenga, más podré controlar la situación. Entrego mi corazón y mi mente a la búsqueda del entendimiento con la vana esperanza de que el ídolo del conocimiento me salve de mis preocupaciones.
Ansiando un conocimiento autosuficiente
No soy la primera en idolatrar el conocimiento. En el jardín, la serpiente tentó a Eva con la mentira de que un mayor conocimiento la haría más parecida a Dios. Ella sería capaz de tomar decisiones por sí misma en lugar de confiar en su Creador omnisciente (Gn 3:5). Eva comió el fruto, ansiando la capacidad de hacerse sabia y controlar su propia vida (v. 6).
Cuando reconozco los límites de mi capacidad para comprender un diagnóstico, planificar el futuro o investigar la opción adecuada para nuestra familia, puedo confiar en mi Creador
El tentador susurra las mismas mentiras en mis oídos mientras mantengo múltiples pestañas abiertas en mi navegador, buscando respuestas a las ansiedades de mi corazón. Al igual que Eva, creo que si sé más, no necesitaré a Dios, sino que seré como Él. Así que recurro a otro libro, podcast o persona influyente en las redes sociales para obtener el conocimiento suficiente para aliviar mis preocupaciones. Pero eso nunca satisface.
La búsqueda de conocimiento no es pecaminosa en sí misma. Las Escrituras nos animan a crecer en nuestro conocimiento, especialmente en el conocimiento de Dios y de Su Palabra (2 P 3:18). Sin embargo, el conocimiento se convierte en un ídolo cuando empezamos a creer que una mayor comprensión nos hará autosuficientes.
La omnisciencia de Dios es mejor
La omnisciencia de Dios es uno de sus atributos incomunicables, una característica que solo le pertenece a Él. Como portadores de Su imagen, estamos llamados a imitar el amor, la bondad y la gracia de Dios, pero nunca podremos alcanzar Su naturaleza omnisciente. Aunque me he esforzado por obtener conocimiento en momentos críticos de mi vida —investigando un nuevo virus, al adoptar a nuestro tercer hijo o para afrontar dificultades en mi matrimonio—, al final he encontrado más consuelo en el conocimiento de Dios que en el mío.
Hace poco, estaba acostada en una habitación poco iluminada, mirando unas imágenes granuladas en blanco y negro y esperando respuestas a un problema médico. Escudriñaba la cara de la técnica de ultrasonidos en busca de pistas sobre lo que estaba viendo, pero su frente permanecía seria en ambigua concentración. Mis dedos ansiaban buscar posibles respuestas en Internet, pero mi teléfono estaba al otro lado de la habitación.
En su lugar, mi mente se detuvo en un salmo que había estudiado esa misma mañana: «¡Oh SEÑOR, Tú me has escudriñado y conocido!» (Sal 139:1). Incluso cuando no sabía lo que pasaba en mi cuerpo, podía confiar en Dios, quien conoce todo lo que me rodea y lo que hay dentro de mí. Cuando mi conocimiento falla, el Suyo es ilimitado. ¿Cómo no gritar con David: «Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; / Es muy elevado, no lo puedo alcanzar» (v. 6)?
Nuestro consuelo no viene del conocimiento que tenemos en nuestras manos, sino del Dios omnisciente que nos tiene en las Suyas
Cuando reconozco los límites de mi capacidad para comprender un diagnóstico, planificar el futuro o investigar la opción adecuada para nuestra familia, puedo confiar en mi Creador, que sabe todas las cosas y me conoce íntimamente.
Su paz sobrepasa nuestro entendimiento
Cuando Pablo escribió a la iglesia de Filipos, llena de creyentes que luchaban contra las incógnitas del sufrimiento, los exhortó a llevar sus ansiedades al Señor. Cuando lo hicieron, Pablo explicó que «la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús» (Fil 4:7). Una búsqueda en Google, el resultado de un examen o un podcast pueden ser herramientas útiles. Pero no pueden resguardar nuestros corazones y mentes de la ansiedad. Sin embargo, cuando depositamos nuestra fe en Dios, que todo lo sabe, experimentamos una paz que supera todo lo que podemos comprender.
Dios no nos llama a ignorar el conocimiento ni a idolatrarlo, sino a ser buenos administradores del mismo (Pr 18:15). Cuando tomamos un libro para informarnos sobre una decisión difícil, podemos confiar en que el Espíritu Santo lo utilizará para guiar nuestro camino. Cuando investigamos un diagnóstico en Internet, podemos alabar a Dios por la gracia común que nos ha concedido en los profesionales de la medicina. Cuando leemos las noticias para prepararnos para el futuro, podemos estar seguros de que nada sorprende a Dios.
Al final del día, podemos soltar el libro, cerrar el navegador y dejar de leer las noticias digitales. Nuestro consuelo no viene del conocimiento que tenemos en nuestras manos, sino del Dios omnisciente que nos tiene en las Suyas.



