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Hermanos varones, el amor por la comodidad está matando nuestra valentía. La prosperidad nos dice que podemos tener carácter sin conflictos, cicatrices de honor sin sufrimiento, medallas sin guerra. La fe débil, la poca oración y las distracciones insignificantes se calientan bajo la cobija de los tiempos tranquilos. Cristo tiene más para nosotros.

Si nos jactamos de tener hombres como Nehemías como padres espirituales, debemos aprender de su valentía. Al principio de su libro, encontramos a un hombre que llora, ayuna y ora a Dios mientras está sentado en un palacio de prosperidad. Es el copero del rey Artajerjes, quien un día le pregunta por qué está tan triste. «¿Cómo no ha de estar triste mi rostro?», responde Nehemías, «cuando la ciudad, lugar de los sepulcros de mis padres, está desolada y sus puertas han sido consumidas por el fuego». (Neh 2:3).

Jerusalén yace en ruinas, con las murallas derribadas ladrillo a ladrillo. Las tumbas de sus antepasados están expuestas a la profanación. «¿Qué es lo que pides?», pregunta el rey (Neh 2:4). «Si tu siervo ha hallado gracia ante tus ojos, más días de vacaciones, quizá un aumento de sueldo, más trabajo remoto», respondemos. Qué pena por los exiliados que regresan a Jerusalén, pero ¿qué puede hacer un simple copero desde una tierra extranjera?

Nehemías responde: «Si le place al rey, y si su siervo ha hallado gracia delante de usted, envíeme a Judá, a la ciudad de los sepulcros de mis padres, para que yo la reedifique» (Neh 2:5). De levantar una copa de vino a levantar una muralla, de los manjares al peligro, de los palacios a la persecución, la valentía de este hombre renuncia a la comodidad. Y el Señor de todo lo bendice. Nehemías parte con recursos suficientes, pero necesita algo que el rey no puede darle: valentía.

Sanbalat el horonita y Tobías el amonita, junto con el ejército de Samaria, lo esperan. La reconstrucción de Israel les desagrada, les ofende y les enoja. Nehemías no puede hacer el trabajo solo, ¿podrá el copero animar al pueblo? Nehemías les cuenta cómo la mano de Dios ha estado sobre él para bien. Los judíos, los sacerdotes, los nobles, los funcionarios y los obreros responden con una sola voz: «Levantémonos y edifiquemos» (Neh 2:18). Y con eso, Nehemías se convierte en un hombre notable.

La valentía de Nehemías se alimenta de una visión: una confianza inquebrantable en quién es él debido a quién es su Dios

A medida que las brechas en la muralla comienzan a cerrarse, la oposición abierta se intensifica. Nehemías e Israel se preparan para la acción como hombres y elevan sus oraciones al cielo como niños indefensos, suplicando protección contra aquellos que tratarían de detener la obra por cualquier medio necesario. La amenaza está siempre presente; ellos permanecen siempre listos. «Los que llevaban cargas llevaban la carga en una mano trabajando en la obra, y en la otra empuñaban un arma. Cada uno de los que reedificaban tenía ceñida al lado su espada mientras edificaba» (Neh 4:17-18). Nehemías informa: «Ni yo, ni mis hermanos, ni mis criados, ni los hombres de la guardia que me seguían, ninguno de nosotros se quitó la ropa; cada uno llevaba su arma aun en el agua» (Neh 4:23).

La psicología de la valentía

Llega el momento en que Nehemías es puesto a prueba desde adentro. El enemigo lanza una guerra psicológica, tratando de asustar a Nehemías y al pueblo para que se sometan. Tienen un espía cerca de Nehemías: Semaías, hijo de Delaía. Él le dice a Nehemías: «Reunámonos en la casa de Dios, dentro del templo, y cerremos las puertas del templo, porque vienen a matarte, vienen de noche a matarte» (Neh 6:10).

Nehemías registra su propia respuesta: «Pero yo dije: “¿Huir un hombre como yo? ¿Y acaso uno como yo entraría al templo para salvar su vida? No entraré”» (Neh 6:11). Él estaba dispuesto a morir en esa muralla, con sus hermanos a su lado y con la espada en la mano. Mejor morir de pie que agachado con el rabo entre las piernas en el templo. ¿Cómo habrías respondido tú? Echemos un vistazo a su mente para ayudar a los hombres excesivamente cautelosos a elegir la valentía en lugar de la cobardía.

Conoce bien quién eres

¿Huir un hombre como yo? (Neh 6:11, énfasis añadido)

La valentía de Nehemías se alimenta de una visión —una confianza inquebrantable en quién es él debido a quién es su Dios— para poder afrontar el momento temible. Dios lo eligió para comenzar la reconstrucción. Dios lo envió desde el palacio con este propósito. ¿Debería un hombre así, con un Dios así, huir ahora?

El Señor lo convirtió en el líder del pueblo. Si los demás huyen, él no puede hacerlo. Hay ocasiones en las que los piadosos huyen del peligro (Mt 10:23), pero Nehemías sabía que ese no era su llamado. El Dios del cielo puso esta obra en su corazón (Neh 2:12). Dios estaba con él en la obra: vería la muralla terminada o moriría construyéndola. Además, ¿no había ordenado recientemente a sus hombres: «No les tengan miedo. Acuérdense del Señor, que es grande y temible, y luchen por sus hermanos, sus hijos, sus hijas, sus mujeres y sus casas» (Neh 4:14)? ¿Debería ahora el hombre de Dios en la misión de Dios actuar como un cobarde y esconderse con miedo y falta de fe detrás del altar?

No sofoquemos nuestras vidas con amor por la comodidad. Los palacios no son lugares para los hijos de Dios cuando hay que construir murallas

Nosotros tampoco deberíamos hacerlo. Los que somos verdaderos cristianos somos llamados hombres de Dios. El soldado no huye de la batalla. El bombero no se esconde de las llamas. El pastor no escapa de los lobos. Nos movemos hacia el sacrificio y el riesgo como hombres de Cristo. Somos hijos del Dios Altísimo, esposos de Sus hijas, padres de almas inmortales, peregrinos en territorio enemigo, hombres en misión con un evangelio poderoso. No sofoquemos nuestras vidas con un amor afeminado por la comodidad. Los palacios no son lugares para los hijos de Dios cuando hay que construir murallas.

¿Te falta valentía en tu hogar, en tu comunidad, en tus momentos de prueba? Conócete a ti mismo. ¿En quién te ha transformado Dios? ¿A quién perteneces ahora? Pregúntate: «¿Debería huir un hombre como yo?».

Rodéate de hombres poderosos

¿Y quién, que fuera como yo, entraría al templo para salvarse la vida? (Neh 6:11 RV1960)

En el momento de la prueba, Nehemías no está solo, sino que se reconoce a sí mismo como parte de un escuadrón intrépido. Nehemías reconstruye la muralla para defender las tumbas de sus antepasados, pero esas tumbas también lo defienden a él.

Nehemías pregunta: ¿Y quién, que fuera como yo, entraría al templo para salvarse la vida? ¿Lo haría Daniel? ¿Lo haría David? ¿Lo harían Josué, Moisés o Abraham? ¿Lo harían los hermanos que llevaban sus espadas junto a él? El asesino Joab y el usurpador Adonías se escondieron de Salomón en el templo para salvar sus vidas (1 R 1:50; 2:28). Pero Nehemías pertenecía a un batallón superior, uno que presumiría a los discípulos, los mártires y al mismo Mesías.

«El que anda con sabios será sabio, / Pero el compañero de los necios sufrirá daño» (Pr 13:20). Quien se mantiene firme junto a los leales, se vuelve leal. Entonces, ¿quiénes son tus hermanos? ¿Quién te enciende para el servicio santo? ¿Qué hermanos —en tu iglesia, tu Biblia, tus biografías— te estimulan a mantenerte firme en los días de adversidad? «Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para la preservación del alma» (He 10:39, énfasis añadido).

¡No entres!

La valentía surge de saber quién eres, a quién perteneces y de qué personas te acompañas. El momento de la prueba no es el más adecuado para responder quién eres o a quién perteneces.

Cuando la voz te invita a la pornografía, a hacer concesiones, a la deshonestidad, al robo, al adulterio, al abandono de Cristo, cuando esa voz te promete seguridad, comodidad y tranquilidad, recuerda quién eres y a quién perteneces. No te acobardes, no seas ambiguo, no te debilites. Prepárate ahora. Dios ha prometido que estará con nosotros.

Pero ¿qué podemos hacer ahora? Conócete a ti mismo ahora. Conoce a Jesús ahora. Obtén una visión clara de la grandeza de Dios a partir de las Escrituras. Escucha Su suave y apacible voz que te envía de tu palacio de comodidades a las cosas difíciles. Sacúdete el amor por la blandura. Disciplina tu cuerpo; ayuna; anda y háblales a tus vecinos de Cristo. Estudia la vida de los leones —los hombres en los que habita el Espíritu de Dios— y caza su orgullo. Aprende lo que significa para ti ser hermano de Cristo e hijo de Dios. Sal al mundo, vive para Jesús y hazlo entre una nube de testigos en la tierra y en el cielo. Vuelve la espada contra todo lo que le desagrada a Dios en tu vida.

Decide ahora, con la ayuda de Dios: «Construiré, lucharé, pero no entraré: ¡Dios está conmigo!».


Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por María del Carmen Atiaga.
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