El genio de Ginebra: Juan Calvino

Martín Lutero no estuvo solo hace 500 años. Y no está solo hoy. Para marcar los 500 años de la reforma, Desiring God preparó una serie con un artículo nuevo cada día por el mes de octubre a través de personajes claves de este evento.

En el otoño de 1539, Juan Calvino le escribió a Sadoleto, un cardenal italiano que buscaba recuperar a Ginebra en la Iglesia católica romana: “[Tu] celo por la vida celestial [es] un celo que mantiene a un hombre enteramente consagrado a sí mismo y no lo hace, de ninguna manera, despertar para santificar el nombre de Dios”. Él continúa diciendo que Sadoleto debería “establecer ante [el hombre], como el motivo principal de su existencia, un celo para ilustrar la gloria de Dios” (Selections from His Writings [Selecciones de sus escritos], 89).

Esto sería una bandera adecuada sobre toda la vida y trabajo de Calvino: celo para ilustrar la gloria de Dios. El significado esencial de la vida y la predicación de Calvino es que recuperó y encarnó una pasión por la realidad absoluta y la majestad de Dios.

Dominado por majestad

Calvino nació el 10 de julio de 1509 en Noyon, Francia, cuando Martín Lutero tenía 25 años y acababa de comenzar a enseñar la Biblia en Wittenberg. El mensaje y el espíritu de la Reforma no llegarían a Calvino durante veinte años, y mientras tanto dedicó sus años de adultez al estudio de la teología medieval, la ley, y los clásicos.

Pero para 1533, algo dramático había sucedido en su vida a través de la influencia de la enseñanza de la Reforma. Calvino relata cómo había estado luchando para vivir la fe católica con celo cuando “Dios, por una repentina conversión sometida, llevó mi mente a un marco de enseñanza… Habiendo recibido así cierta muestra y conocimiento de la verdadera devoción, inmediatamente me inflamé con [un] intenso deseo de progresar” (Selecciones de sus escritos, 26).

De repente, Calvino vio y probó en las Escrituras la majestad de Dios. Y en ese momento, tanto Dios como la Palabra de Dios fueron tan poderosamente reales en su alma que se convirtió en el siervo amoroso de Dios y su Palabra por el resto de su vida.

Pastor ginebrino

Calvino sabía qué clase de ministerio deseaba. Él quería el gozo de la tranquilidad literaria para poder promover la fe reformada como un erudito. Pero Dios tenía planes radicalmente diferentes.

Después de escapar de París y finalmente abandonar Francia por completo, Calvino se propuso ir a Estrasburgo para tener una vida de producción literaria pacífica. Pero mientras Calvino se quedaba a pasar la noche en Ginebra, Guillermo Farel, el fogoso líder de la Reforma en esa ciudad, descubrió que estaba allí y lo buscó. Fue una reunión que cambió el curso de la historia, no solo para Ginebra, sino para el mundo. Calvino recuerda,

Farel, quien ardía con un celo extraordinario para avanzar el evangelio, inmediatamente supo que mi corazón estaba decidido a dedicarme a los estudios privados… y al descubrir que no obtenía nada con súplicas, procedió a proferir una imprecación de que Dios maldeciría mi retiro y la tranquilidad de los estudios que buscaba, si me retiraba y negaba brindar ayuda, cuando la necesidad era tan urgente. Por esta imprecación, estaba tan atemorizado que desistí del viaje que había emprendido.

El curso de su vida cambió irrevocablemente. Nunca más Calvino trabajaría en lo que él llamó la “tranquilidad de los estudios”. A partir de ahora, cada página de los 48 volúmenes de libros, tratados y sermones y comentarios y cartas que escribió, serían elaborados en el yunque de la responsabilidad pastoral. Durante los siguientes 28 años (aparte de una pausa de dos años), Calvino se entregó a exponer la Palabra –a mostrar la majestad de Dios en las Escrituras a su rebaño ginebrino.

La gloria recuperada

La necesidad de la Reforma fue fundamentalmente esto: Roma había “destruido la gloria de Cristo de muchas maneras” (Portrait of Calvin [Retrato de Calvino], 9). La razón, según Calvino, de que la iglesia fue “llevada a cabo con tantas doctrinas extrañas” fue “porque la excelencia de Cristo no es percibida por nosotros” (Retrato de Calvino, 55). En otras palabras, el gran guardián de la ortodoxia bíblica a lo largo de los siglos es una pasión por la gloria y la excelencia de Dios en Cristo.

El problema no es, en primer lugar, los puntos de la Reforma bien conocidos por todos: justificación, abusos sacerdotales, transubstanciación, oraciones a los santos, y autoridad papal. Detrás de todos ellos, el riesgo en todos, para Calvino, era el problema fundamental de si la gloria de Dios brillaba en su plenitud, o si de alguna manera estaba disminuyendo. Desde el comienzo de su ministerio hasta el final de su vida, la luz que guió su visión fue la centralidad y la supremacía y la majestad de la gloria de Dios.

Descifrando los tesoros de las Escrituras

Geerhardus Vos ha argumentado que este enfoque en la gloria de Dios es la razón por la cual la tradición reformada tuvo más éxito que la tradición luterana en “dominar el contenido valioso de las Escrituras”. Ambos se habían “lanzado a las Escrituras”. Pero había una diferencia:

Debido a que la teología reformada se apoderó de las Escrituras en la raíz de su idea más profunda, estaba en condiciones de trabajar más a fondo con ellas desde este punto central y dejar que cada parte de su contenido saliera a la luz. Esta idea de raíz sirvió como la clave para descifrar los ricos tesoros de las Escrituras, fue la preeminencia de la gloria de Dios en la consideración de todo lo que ha sido creado. (Shorter Writings  [Escritos breves], 243)

El verdadero genio de Ginebra no fue la mente de Juan Calvino, sino la pasión por la gloria de Dios. Cada generación necesita descifrar los tesoros de las Escrituras para los peligros y posibilidades peculiares de su propio tiempo. Nuestra generación no menos que ninguna. Creo que solo lo haremos bien si hemos sido dominados profunda y gozosamente por la mayor realidad que revelan las Escrituras: la autoridad de la gloria de Dios.


Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por Laura Cuartas.
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