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Nota del editor: 

El pastor John Piper recibe preguntas de algunos oyentes de su pódcast Ask Pastor John. A continuación está una de esas preguntas y su respuesta.

 

¿Cómo podemos mejorar la forma de nuestro cuerpo sin obsesionarnos con la imagen corporal? Es una pregunta complicada, y hoy nos la envía un oyente anónimo.

Pastor John, gracias por enseñar fielmente la Palabra de Dios. Quiero poner en contexto mi pregunta. Antes tenía una obsesión con el gimnasio y mi aspecto físico, siempre esforzándome por tener mejor aspecto y levantar más peso. Nunca tenía satisfacción con mi aspecto y eso me consumía. Sin embargo, después de lesionarme la rodilla y tomarme un descanso, me di cuenta de hasta qué punto esa obsesión me había controlado. La lesión me ayudó a volver a centrarme en cuidar mejor mi cuerpo y en hacer ejercicio de forma que favoreciera mi salud, en lugar de sentir ansiedad por mi aspecto físico. Ahora voy al gimnasio unas dos o tres veces por semana con mi madre, no para obsesionarme con mi aspecto, sino para buscar la salud y el bienestar general.

Mi pregunta es la siguiente: ¿es pecado disfrutar de mi aspecto mientras sigo con esta rutina saludable? Sé que es bueno estar sano, ya que me da más energía y me hace sentir mejor en el día a día, pero no quiero volver a caer en la obsesión ni deshonrar a Dios con mi enfoque. Entiendo que Él debe ser lo primero en todas las cosas, incluyendo mi estado físico. Pero si noto que mi cuerpo cambia, ¿está mal? Si es así, ¿cómo puedo apartarme de eso?».

Bueno, me resulta interesante, Tony, que no pueda deducir de esta pregunta si se trata de un hombre o de una mujer (y eso probablemente sea algo bueno, ya que puedo imaginarme fácilmente que podría ser cualquiera de los dos; de verdad que sí). Así pues, él o ella pregunta, y esta es la pregunta: «¿Es pecaminoso disfrutar de mi aspecto mientras sigo con esta rutina saludable? Si noto que mi cuerpo cambia [supongo que para bien], ¿está mal? Si es así, ¿cómo puedo alejarme de eso?».

¿Cuál es el problema?

Me parece significativo que aun el mundo —ese mundo que ignora a Dios y se exalta a sí mismo— sepa que existe un problema con el tipo erróneo de amor hacia uno mismo y hacia la propia apariencia. Y sabemos que el mundo piensa así porque ha creado la palabra narcisismo. Esta es la definición de Google: «El narcisismo es un rasgo de la personalidad caracterizado por una preocupación excesiva por uno mismo, un gran sentido de la propia importancia, una falta de empatía hacia los demás y una necesidad de admiración excesiva». Eso incluiría, creo, la admiración o la preocupación por el propio cuerpo, por la propia apariencia física.

Preocupémonos más por la salud, la belleza y el atractivo de nuestra persona interior que por nuestro cuerpo

Ahora bien, no estoy diciendo que la persona que hizo esta pregunta sea narcisista. En absoluto. Eso no es lo que quiero decir. Lo que digo es que este es el tipo de tema que resulta muy difícil de plantear desde una perspectiva positiva, incluso entre la gente del mundo. Lo que quiero decir es lo siguiente: incluso si alguien dijera todas las palabras correctas desde el punto de vista bíblico, experiencial y espiritual, en un artículo titulado «Por qué me fijo en mi cuerpo y me gusta cómo se ve», ese artículo le sonará a casi todo el mundo como si hubiera algo que no cuadra. ¿Por qué escribirías un artículo titulado «Por qué me fijo en mi cuerpo y me gusta cómo se ve»? ¿Por qué escribirías algo así? Hay algo que no cuadra.

Creo que la razón es que la mentalidad y las intuiciones relacionadas con la propia apariencia física deberían ser como un eco que surge de las Escrituras, en lugar de considerar que las Escrituras lo tratan directamente, como un grito que se lanza hacia el valle. Entonces, cuando tratas el eco como parte del grito original, empieza a sonar raro o incómodo. Bueno, esa es mi opinión de por qué es tan difícil hablar de esto.

Presencia, no apariencia

¿Qué debería decir? Creo que podría ser útil sugerir que quizá haya una mejor forma de hablar de nuestra apariencia que no implique afirmar: «Me gusta cómo me veo» o «¿Está bien fijarme en mi aspecto?». Aunque ambas frases puedan ser totalmente inocentes en general, esa forma de hablar va a ir de la mano de una percepción —quizá no una realidad, pero sí una percepción— de que esta persona está un poco excesivamente preocupada por su aspecto personal, aunque eso no sea cierto. Así que aquí comparto algunas sugerencias.

Haz que tu objetivo (en cómo te vistes, hablas y actúas en público) sea presentarte como una persona, interesada en los demás, en lugar de presentarte como una apariencia, preocupada por cómo te ven. Preocupémonos más por la salud, la belleza y el atractivo de nuestra persona interior que por nuestro cuerpo. Ese es el énfasis abrumador de la Biblia.

En segundo lugar, procuremos vestirnos, actuar y hablar en público de manera que no ponga una piedra de tropiezo en el camino de otra persona en lo que respecta a Cristo, al evangelio o a la iglesia. Y eso implicaría que se debe evitar la inmodestia, es decir, cualquier cosa que transmita: «Por favor, miren mi piel; por favor, miren mi figura». Hay prendas que dicen, alto y claro: «Mírenme, y mírenme de forma sexual».

Este objetivo de no ser una piedra de tropiezo implicaría también evitar el desaliño o la falta de higiene y pulcritud en aquellos ámbitos en los que la gente espera que estemos limpios y arreglados. Implicaría evitar estilos que —ya sea por ser vanguardistas o anticuados— llamen la atención y susciten elogios o críticas. Simplemente no queremos que nuestra apariencia física sea el centro de atención, ya sea por estar a la moda o por parecer desaliñados. Simplemente no queremos destacar por ser «¡Vaya, qué elegante!» o «¡Vaya, qué raro y desaliñado!». Queremos que lo que decimos, lo que hacemos, lo que pensamos, lo que sentimos y cómo tratamos a las personas sean el efecto principal de nuestra presencia, no el cómo nos vemos. Hay una forma de vestir y una forma de cuidar el físico que transmite aquello o que dice lo contrario.

La verdadera belleza femenina

Hoy en día es bastante obvio, creo, desde el presidente de los Estados Unidos hasta el presentador de noticias o la estrella de cine, que los hombres se preocupan tanto por su cabello, su cutis y su figura como lo hacen las mujeres. Pero sí creo que la historia, la experiencia y las Escrituras sugieren que Dios (de una manera natural y como algo bueno) ha puesto en la mente femenina el deseo de parecer hermosa o agradable a la vista. Sara, Rebeca, Raquel, Ester… Todas ellas son descritas como mujeres hermosas en un sentido positivo, sin ninguna crítica (Gn 12:11; 24:16; 29:17; Est 2:7).

La belleza es buena, y debe ir de la mano de la discreción, la sabiduría, la modestia y el carácter

Mi esposa me mostró lo siguiente al principio de nuestro matrimonio —hace 55 años, en el primer año—: las mujeres suelen comentar el aspecto físico de las demás con mucha más frecuencia que los hombres. Ella me dijo: «¿Sabes que la mayoría de las mujeres se visten para otras mujeres, no para los hombres?». Yo respondí: «No, eso no lo sabía». Por eso no quiero decir que este aspecto de la feminidad, otorgado por Dios, tenga que ser vanidoso o seductor. No tiene por qué serlo. He visto a demasiadas mujeres piadosas y modestas vestirse de forma muy atractiva. Y por atractiva no me refiero a atractiva para la mirada lujuriosa, sino para una mirada que se regocija en la belleza de la elegancia modesta, apropiada para la ocasión.

Esto es lo que las madres deberían enseñar a sus hijas (Tit 2:3-5). Por favor, esto es lo que las madres deberían enseñar a sus hijas porque, si no lo hacen, el mundo las convencerá de que solo hay una forma de ser atractiva —más específicamente, la forma en que lo hace el mundo—, lo cual no es cierto.

La belleza del carácter

Cuando Proverbios 11:22 dice: «Como anillo de oro en el hocico de un cerdo / Es la mujer hermosa que carece de discreción», lo que se da a entender es que un anillo de oro es algo bueno, pero no debe estar en el hocico de un cerdo. En otras palabras, la belleza de una mujer es buena, y debe ir de la mano de la discreción, la sabiduría, la modestia y la belleza de carácter, de corazón y de fe (1 P 3:3-4).

Entonces, si tuviera que inventar mi propio proverbio sobre la mujer promedio… y tenemos que admitirlo: la mayoría de nosotros somos promedio, ¿verdad? Eso es lo que significa promedio. La mayoría de la gente no es hermosa; la mayoría de la gente no es guapa. Simplemente somos promedio. Entonces, ¿cómo haces un proverbio para la mujer promedio? Yo diría que sería algo así: Un anillo de madera engastado en latón y oro es como una mujer de aspecto normal con un carácter de fuerza y belleza. Eso me gusta. (Sé que mucha gente tiene anillos de boda de madera).

Si esa es tu situación, o si eres el hombre correspondiente, da gracias. Haz tus ejercicios, come bien, vístete con sencillez y luego olvídate de ti mismo para servir a los demás por amor a Jesús.


Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por María del Carmen Atiaga.
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