Descendió a los infiernos

Una de las afirmaciones más misteriosas del llamado Credo Apostólico es aquella en la que, después de señalar que Jesucristo “padeció bajo el poder de Poncio Pilato, y fue crucificado, muerto y sepultado”, se nos dice que “descendió a los infiernos”. Algunos han mantenido que esta cláusula del Credo se refiere a un viaje de Cristo al inframundo. Pero esta supuesta excursión de Cristo a la morada de los muertos, como si Jesús fuera otro Heracles o Ulises o un Eneas más, no tiene apoyo en la Biblia. El mismo Jesucristo enseñó que, justamente después de su muerte, su alma subió al Paraíso, mientras su cuerpo yacía en la tumba (Lc. 23:43). Por tanto, estas palabras no pueden ser un testimonio sobre lo que hizo Cristo entre su sepultura y resurrección. Su significado es mucho más profundo.

Esta aseveración del Credo es, en realidad, una reflexión sobre la naturaleza de los sufrimientos de Cristo en el Calvario. Indica que la pasión de Jesucristo en la Cruz tiene un carácter singular. Se sabe que dar muerte por medio de la cruz no era una forma de ejecución más: era una manera muy cruel de torturar hasta matar al condenado. No solo Jesús, sino otros muchos entre los que se encontraba también, parece ser, el famoso Espartaco, experimentaron la crucifixión. Esta frase del Credo enseña que, además de los sufrimientos propios de cualquier otro crucificado, Jesucristo llevó sobre sí unos padecimientos únicos. Y esa aflicción peculiar de Cristo solo puede ser descrita por una declaración tan sorprendente como esta de “descendió a los infiernos”.

En realidad, los sufrimientos de Jesucristo en la cruz son insondables para nosotros. No podemos calibrar completamente lo que debió significar la cruz para aquel que es Dios eterno y hombre perfecto al mismo tiempo. Tan solo podemos atisbar algunas cosas a la luz del testimonio que la Biblia misma nos da de esa pasión de Cristo.

Jesucristo fue crucificado en el Gólgota, un lugar con forma de calavera, en aquel entonces a las afueras de Jerusalén. Allí, además de terribles dolores físicos, Jesús sufrió también las burlas y desprecios de sus enemigos, particularmente de parte de los principales sacerdotes y los escribas. Pero el punto álgido de esos padecimientos tuvo lugar entre las doce y las tres de la tarde de ese día en el que el Señor Jesucristo fue crucificado. En medio de las tinieblas que de forma sobrenatural cayeron y envolvieron aquella desoladora escena, se oyó un clamor: “Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío ¿por qué me has desamparado?” (Mt. 27:46). Era la voz de Jesús en la que, en esa hora de extrema agonía, se dirigía a su Padre. Jesús hacía suyas las palabras del libro de los Salmos 22:1, un salmo del Rey David en el que este anunciaba proféticamente lo que serían los sufrimientos del Mesías. Jesús apela a Dios con unas palabras que nunca antes habían estado en sus labios con respecto a su Padre: “¿por qué me has desamparado?”. El Padre desampara al Hijo. Nunca antes semejante cosa ha tenido lugar. Ese es el gran sufrimiento de Cristo en el Calvario. Este es el momento culminante de sus sufrimientos, el lugar más bajo al que descendió el Señor en su voluntaria humillación, asumida para poder ser nuestro Salvador. Para Jesús, ninguna aflicción puede compararse con el de ser desamparado por su propio Padre.

Hemos de preguntarnos sobre las razones por las que el Padre abandonó a su Hijo en ese señalado momento de su vida. Según la Biblia, el Padre lo hace porque Cristo está en el Gólgota llevando sobre sí nuestro pecado. Las consecuencias del pecado son terribles. Traen la justa separación de Dios. Y Cristo, el sustituto del pecador, sufre voluntariamente el abandono de su Padre. El Hijo de Dios toma voluntariamente sobre sí esa separación por amor a los que creen en Él. Lo hace conforme a la voluntad de su Padre (Jn. 6:38, 10:18 y 17:4). Por tanto, notemos cuidadosamente que, para el Señor Jesús, su principal agonía en la cruz no la constituía su sufrimiento físico, sino el ser privado de la consoladora presencia de su Padre.

La agonía de nuestro Señor en el Calvario es indescriptible. Es un tormento del alma pura del Señor, que no admite representación externa ya que, entre otras muchas razones, ninguna puede hacer justicia a tal angustia espiritual… Y ese desamparo divino es la misma esencia de lo que llamamos el infierno. La Biblia así lo describe. Ir al infierno es ser apartados de la presencia de Dios para siempre (Mt. 25:4; 2 Ts.1:9). El infierno es, también, “las tinieblas de afuera” (Mt. 8:12). Todas estas imágenes nos comunican poderosamente esta idea. El infierno es, sencillamente, ser abandonados por Dios.

Esto, puede que pienses, no es lo más grave que te puede pasar. Pero, según la Biblia, es lo peor que te puede suceder, lo reconozcas o no. Todo ser humano lleva la imagen de Dios y, por tanto, solo puede encontrar su verdadera identidad en relación con Dios. Sin Dios, por causa de nuestro pecado y rebelión contra Él, el ser humano es culpable, está perdido y está solo. Solo el Dios eterno puede perdonarnos y colmar el afán de eternidad del ser humano. Ser privados de aquello para lo que fuimos creados, la comunión o relación con Dios, es la mayor de las tragedias.

Para muchos, esta doctrina del infierno es una de las más impopulares de toda la Biblia. No hay enseñanza bíblica más vilipendiada que esta. Y, sin embargo, nadie puede acusar a Dios de no saber lo que es el infierno. El mismo Jesús lo sufrió en el Calvario por amor a los pecadores. Y lo hizo para que todos los que se arrepientan de sus pecados acudan a Él y encuentren perdón. Ese perdón está garantizado. Y es nuestro exclusivamente por la fe en Jesucristo, por confiar en Él como nuestro único Salvador. Nuestra confianza estriba en el hecho de que la justicia, tanto humana como divina, no demanda dos veces el pago de una misma deuda. Jesucristo llevó sobre sí en la cruz el castigo yo merecía por mis pecados. Cristo descendió en el Calvario al infierno en mi lugar, por mí. Y por ello, en su descenso al infierno, hay plena seguridad de que yo no descenderé al infierno después de mi muerte. Cristo fue desamparado para que yo sea amparado por Dios por toda la eternidad. Este es el evangelio: “Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 P. 3:18).

Es inútil negar la realidad del infierno, pero no tienes por qué ir allí. Cristo descendió a los infiernos para que todo aquel que confíe en Él no tenga que descender al infierno. Este es el gran consuelo que tiene la afirmación del Credo Apostólico acerca del descenso a los infiernos por parte de nuestro Señor Jesucristo. Como también lo explica, y admirablemente, el Catecismo de Heidelberg en su pregunta y respuesta nº 44: Pregunta: ¿Por qué se añade: descendió a los infiernos? Respuesta: Para que en mis extremados dolores y grandísimas tentaciones me asegure y me sostenga con este consuelo, de que mi Señor Jesucristo, por medio de las inexplicables angustias, tormentos, espantos y turbaciones infernales de su alma, en los cuales fue sumido en toda su pasión(a), pero especialmente clavado en la cruz, me ha librado de las ansias y tormentos del infierno (b). (a) Salmo 18:4-5, Salmo 116:3, Mateo 26:38, Mateo 27:46, Hebreos 5:7. (b) Isaías 53:5”.

Acude a Cristo ahora y sálvate confiando en aquel que “descendió a los infiernos”.

 Publicado originalmente en el periódico “Canfali” el viernes 14 de marzo de 2008.

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