«Hola ChatGPT, ¿cómo puedo ser feliz hoy?». Hemos normalizado hacerle preguntas de inteligencia emocional personales a una inteligencia artificial impersonal. Los resultados que obtenemos parecen buenos, pero son meras respuestas generadas por un algoritmo al que no le importa quiénes somos ni cómo estamos realmente.
La felicidad es una de esas búsquedas que no solo nos emocionan en la gran pantalla con Will Smith. Más bien es una búsqueda familiar para todos nosotros, un proceso que ocupa toda la vida, un problema del que muchos aún no saben la respuesta.
¿Una búsqueda imposible?
La Generación Z es la más afectada por la sociedad hipertecnológica en la que vivimos, habiendo una clara adicción a la dopamina —la hormona de la felicidad—, debido a las pantallas y la rápida gratificación que se obtiene de ellas. Además, esta generación está marcada por la ambición del éxito para ser felices. Pero esta meta parece demasiado inestable.
Podríamos concluir que esta generación lo tiene más difícil que generaciones anteriores por causa de las particularidades de la sociedad en la que ha crecido. Pero ¿es cierto que antes era más fácil ser felices?
La vida eterna, la verdadera felicidad sin límites, se encuentra en una relación personal con el Dios del universo
Desde 1938, y durante setenta y cinco años, el Estudio de Desarrollo de Adultos de Harvard estuvo estudiando a cientos de personas a lo largo de sus vidas para saber qué determinaba su felicidad. Estas personas pertenecían a clases sociales diferentes y vivieron realidades distintas, pasando por enfermedades, teniendo familias, divorcios, trabajos, ascensos y caídas. Después de siete décadas de estudio, el cuarto director, Robert Waldinger, concluía que «las buenas relaciones nos mantienen más sanos y más felices».
Parece que la clave podría estar en las personas con quienes nos rodeamos. Sin embargo, de esto surgen, al menos, dos inquietudes. Por un lado, ¿qué pasará cuando las personas nos fallen o dejen de estar para nosotros? Porque hay algo que sabemos por el simple hecho de ser amigos de otros: si los humanos somos expertos en algo, es en fallar a otros.
En segundo lugar, ¿es seguro poner la base de nuestra felicidad en personas falibles y cambiantes? Eso podría convertir algo fundamental para nosotros (la felicidad) en una realidad quebradiza.
¿Y qué tal si existe una relación en la que podemos confiar plenamente, con la certeza de que no se acabará en algún momento, donde podemos conocer y ser conocidos sin límites y sin miedo de ser juzgados o usados?
Un Amigo confiable
Este tipo de relación es posible cuando conocemos a la persona de Jesús. Dios se hizo Hombre y se involucró en nuestra historia porque quería relacionarse con nosotros.
Durante Su tiempo en la tierra, Jesús dijo: «Y esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado» (Jn 17:3). La palabra conocer en la cultura en que la Biblia se escribió tiene la connotación de conocer a alguien de una manera íntima.
Del amor que recibimos de Dios fluye nuestro amor por aquellos que se han convertido en nuestros hermanos en la fe
Es un conocimiento de la otra persona sin máscaras ni escondites, sin juicios ni menosprecios, mostrando todo de ti en un ambiente de fidelidad, amor y ternura. Esta es la intimidad que Dios quiere tener con cada uno de nosotros.
La vida eterna, la verdadera felicidad sin límites, se encuentra en una relación personal con el Dios del universo. Es la única relación que se mantendrá firme en el tiempo, que nos sostiene aún en los momentos más oscuros y que nos da un verdadero propósito e identidad. Es la felicidad que todos buscamos y que, por fin, sabemos dónde encontrar.
C. S. Lewis lo dijo de esta manera: «La felicidad que Dios ha diseñado para Sus criaturas es la felicidad de estar libre y voluntariamente unidos a Él y entre nosotros en un éxtasis de amor y delicia» (Mero cristianismo, pp. 226-227). Lo interesante de estas palabras es que la felicidad que Dios quiere para cada uno de nosotros se da, no solo en nuestra relación con Él, sino en la unión con otros creyentes (Ef 2:11-22).
Una felicidad compartida
Que las relaciones interpersonales son cruciales para ser felices no fue un invento de la psicología. La Biblia lo ha predicado durante siglos. Jesús enseñó: «Este es Mi mandamiento: que se amen los unos a los otros, así como Yo los he amado» (Jn 15:12; cp. 1 Jn 1:1-4).
Del amor que recibimos de Dios fluye nuestro amor por aquellos que se han convertido en nuestros hermanos en la fe. Estas relaciones en la comunidad cristiana, aún en medio de la diversidad y la dificultad, fueron diseñadas por Dios para traer felicidad y gozo en nuestro caminar cristiano.
«Hola Dios, ¿cómo puedo ser feliz hoy?». La misma pregunta del comienzo, pero hecha al Dios personal, amoroso y sabio que diseñó una felicidad real y duradera en aquellas relaciones que más nos llenan. La respuesta está en caminar en unidad con aquellos hermanos que nos rodean, y con Aquél que es todo en todos nosotros (cp. Col 3:11).


