Uno de los mayores privilegios del ministerio pastoral es oficiar bodas. Siempre es un honor que una pareja me pida que celebre su ceremonia y les ayude a dar forma a uno de los momentos más importantes de sus vidas. Sin embargo, hay cuatro palabras que me aterroriza escuchar: «Escribimos nuestros propios votos».
Uno de los principales problemas de estos votos escritos por los mismos novios es que rara vez son votos. Un voto, entendido correctamente, es una promesa solemne de acción futura: un compromiso vinculante con comportamientos y obligaciones específicos. Los votos matrimoniales tradicionales son claros y exigibles: «Prometo amarte y respetarte» o «Te seré fiel en la salud y en la enfermedad». Estas declaraciones definen responsabilidades concretas.
Cuando hacemos un voto, no nos limitamos a describir algo o a expresar sentimientos: estamos realizando una acción que cambia la realidad. Al igual que la declaración del oficiante «Los declaro marido y mujer» realmente realiza lo que describe, los votos matrimoniales crean nuevas obligaciones y relaciones en el momento en que se expresan. Pertenecen a una categoría especial de lenguaje que los filósofos denominan «enunciados performativos»: palabras que no solo dicen algo, sino que hacen algo.
Esto explica por qué el contexto y la forma de los votos matrimoniales son tan importantes. Cuando las parejas intercambian sus votos ante testigos, con la autoridad adecuada y en el entorno ceremonial correcto, sus palabras dan lugar a una nueva realidad. Transforman a un hombre y una mujer individuales en una pareja casada, lo que crea obligaciones vinculantes que antes no existían. Esta transformación no se produce por las emociones que hay detrás de las palabras, sino por la autoridad institucional y espiritual que confiere a los votos su poder performativo.
Pero, en cambio, las parejas a menudo escriben declaraciones románticas sobre sus sentimientos o historias sobre su relación. Por ejemplo, una novia podría decir: «Eres mi mejor amigo, mi alma gemela y la persona que me hace reír incluso en mis peores días. Desde nuestra primera cita para tomar un café supe que eras diferente». Aunque estos sentimientos son encantadores y pueden incluso tener su lugar en la ceremonia, no son votos; son testimonios sobre emociones presentes más que promesas sobre acciones futuras.
Un voto adecuado responde a la pregunta ‘¿Qué harás?’, no a ‘¿Cómo te sientes?’
Esta distinción es importante porque el matrimonio se sustenta en algo más que en sentimientos afectuosos. Cuando una pareja se enfrenta a retos —como ocurre con todas las parejas—, necesita la base de compromisos claros y mutuos, en lugar de recuerdos de cómo se sintieron en su día. Un voto adecuado responde a la pregunta «¿Qué harás?», no a «¿Cómo te sientes?». Por eso han perdurado los votos tradicionales: se enfocan en acciones que los cónyuges pueden realizar, independientemente de las circunstancias o los estados emocionales.
El poder de las promesas sagradas
El poder performativo de los votos matrimoniales los hace particularmente eficaces como lo que los economistas conductuales llaman «mecanismos de compromiso», es decir, herramientas que ayudan a nuestro yo futuro a mantenerse fiel a nuestras intenciones actuales. Cuando queremos hacer más ejercicio, podemos pagar por adelantado una cuota anual de gimnasio, sabiendo que el gasto irrecuperable nos motivará a asistir. O cuando intentamos ahorrar dinero, podemos configurar transferencias automáticas a una cuenta de jubilación de acceso restringido. Estos mecanismos crean barreras para evitar que nos echemos atrás y proporcionan estructuras externas que respaldan nuestros objetivos cuando la fuerza de voluntad por sí sola podría fallar.
Cuando las parejas declaran «sí, acepto», no solo están expresando sus intenciones, sino que también están creando obligaciones vinculantes que transforman su relación. Este momento sirve entonces como un poderoso punto de referencia para el comportamiento futuro, al igual que otros mecanismos de compromiso que ayudan a las personas a cumplir con decisiones importantes.
La Biblia ofrece numerosos ejemplos de mecanismos de compromiso similares que el pueblo de Dios utilizaba para fortalecer su determinación y mantener la fidelidad. Por ejemplo, cuando Dios estableció Su pacto con Abraham, le ordenó que instituyera la circuncisión como una señal física permanente (Gn 17:11). A los israelitas se les exigió llevar flecos en sus vestiduras como recordatorio de los mandamientos de Dios (Nm 15:38-39). Incluso la celebración de la Pascua se estableció como un mecanismo de compromiso anual, ayudando a cada generación a recordar y renovar su relación de pacto con Dios (Éx 12:1-30).
Fundamento de la fidelidad al pacto
La fidelidad de Dios al pacto proporciona tanto el modelo como el poder para los votos matrimoniales. Cuando Dios hizo Su pacto con Israel, no se limitó a hacer promesas condicionales, sino que se vinculó a Su pueblo con un compromiso inquebrantable. Aun cuando Israel se descarrió, Dios permaneció fiel, demostrando que el verdadero amor del pacto persiste a través del fracaso y el cambio.
Nuestros votos matrimoniales reflejan este modelo divino: no son contratos condicionales basados en el desempeño, sino compromisos de pacto que reflejan el carácter fiel de Dios. Al igual que el pacto de Dios con Israel dependía de Su carácter y no de la dignidad del pueblo, nuestros votos matrimoniales obtienen su fuerza al formar parte de esta tradición de fidelidad al pacto.
La fidelidad de Dios al pacto proporciona tanto el modelo como el poder para los votos matrimoniales
Los votos matrimoniales incondicionales demuestran ser esenciales a medida que las parejas afrontan juntos los inevitables cambios de la vida. Uno de los aspectos más desafiantes del matrimonio es que las personas cambian; la persona con la que te casaste a los veinticinco años puede tener sueños, perspectivas y prioridades diferentes a los cuarenta y cinco. Los votos matrimoniales reconocen esta realidad al vincularnos no a características específicas de nuestro cónyuge, sino a la persona. Los votos nos comprometen a amar no solo a quien es nuestro cónyuge hoy, sino a la persona en la que se convertirá mañana. Como escribió Tim Keller en El significado del matrimonio, citando a Lewis Smedes: «Mi esposa ha convivido con al menos cinco hombres diferentes desde que nos casamos, y cada uno de esos cinco he sido yo».
Aunque todo lo demás pueda cambiar, hay dos elementos que permanecen constantes: nuestro compromiso y la fidelidad de Dios. Malaquías 3:6 declara: «Porque Yo, el SEÑOR, no cambio». Esta verdad sirve como fundamento último para todos los compromisos duraderos.
Cuando las parejas honran sus votos a lo largo de las dificultades, muestran el evangelio a un mundo que observa. Ya que Cristo permaneció fiel a Su novia (la iglesia) hasta la muerte, las parejas casadas pueden reflejar este amor sacrificial mediante su compromiso sostenido. Este testimonio se vuelve particularmente poderoso en una cultura que a menudo considera el cumplir los compromisos como opcional.
Pasos prácticos para cumplir los votos
Quizás no sea coincidencia que marzo se haya registrado como uno de los meses con los índices más altos de solicitudes de divorcio en Estados Unidos. A medida que se desvanece el optimismo de las resoluciones de año nuevo y la realidad de los patrones sigue sin cambio, muchas parejas llegan al punto de quiebre. Este patrón estacional de ruptura de compromisos acentúa la importancia de entender la naturaleza sagrada de los votos matrimoniales. Cuando los matrimonios se construyen sobre expresiones emocionales en lugar de los compromisos de pacto, se vuelven particularmente vulnerables durante estos periodos de desilusión y retos.
El trabajo práctico de mantener los votos matrimoniales requiere un esfuerzo intencional y disciplina espiritual. Una práctica esencial es repasar regularmente tus votos, particularmente durante momentos significativos como aniversarios o cuando enfrentan retos. Así como los israelitas renovaban periódicamente su compromiso de pacto, las parejas se benefician de recordar y reafirmar a propósito sus promesas el uno al otro.
Lo siguiente es recordar que el matrimonio nunca fue concebido para ser vivido en aislamiento. Compartir su compromiso con una comunidad que les brinde apoyo es fundamental, especialmente en nuestra cultura cada vez más individualista. Esta comunidad —que debería incluir a la familia de su iglesia— puede ofrecerles rendición de cuentas, ánimo y sabiduría durante los momentos difíciles. Esta comunidad puede recordarles sus promesas cuando les cueste cumplirlas y celebrar con ustedes cuando las honren.
Otro enfoque maduro del matrimonio es reconocer la inevitabilidad del cambio. En lugar de ver la evolución de tu cónyuge como una amenaza a la estabilidad, trátala como una oportunidad para el crecimiento mutuo y un entendimiento más profundo. Este cambio de perspectiva les permite abrazar el camino de crecer juntos en lugar de esperar que tu cónyuge permanezca estático.
Cuando surgen las dificultades, tendemos a centrarnos en nuestros sentimientos: el dolor, la decepción o la frustración. Pero el poder de los votos matrimoniales reside en su capacidad para trascender los estados emocionales. Al enfocarte primero en tus promesas en lugar de en tus sentimientos, estableces una base para superar los desafíos de manera constructiva. Tus votos proveen un marco de acción que no depende de la alineación emocional.
Así como el amor de Dios no se basa en nuestro desempeño, nuestro compromiso con nuestro cónyuge no debería depender de su perfección
Finalmente, y quizás lo más importante, recuerda que tu capacidad para mantener tus votos no proviene de tu fuerza, sino de la fidelidad de Dios. Como receptores de Su amor de pacto, tenemos tanto el modelo como los medios para un compromiso fiel. Cuando mantener tus votos te parezca imposible, saca fuerzas de Aquel que cumple perfectamente Sus promesas a Su pueblo. Su carácter inmutable provee el fundamento definitivo para los compromisos duraderos que asumimos en el matrimonio.
Viviendo la gracia en la práctica
Los votos matrimoniales no funcionan como leyes rígidas que nos condenan cuando fallamos. En cambio, pueden ser canales de gracia que nos dirigen de vuelta a los propósitos de Dios. Nos recuerdan que, así como el amor de Dios por nosotros no se basa en nuestro desempeño, nuestro compromiso con nuestro cónyuge no debería depender de su perfección. Cuando fallamos —y fallaremos—, nuestros votos nos apuntan de vuelta a la cruz, donde encontramos tanto el perdón como el poder para persistir.
La fidelidad de Cristo hacia Su novia pone de manifiesto el significado más profundo del amor de pacto. Aun cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros. No esperó a que la iglesia llegara a ser digna de Su amor: nos amó cuando aún éramos Sus enemigos.
Cuando las parejas perseveran en medio de las dificultades, se perdonan mutuamente sus faltas y eligen el amor incluso en los momentos difíciles, no solo están preservando su matrimonio, sino que están reflejando el evangelio. Su amor fiel se convierte en una imagen viva del compromiso inquebrantable de Cristo con Su pueblo, que muestra al mundo cómo es el amor de pacto de Dios en forma humana.
La belleza de los votos matrimoniales no radica, por tanto, en su proclamación inicial, sino en su cumplimiento diario a lo largo de décadas de amor fiel. Transforman lo que comienza como un momento de celebración en una vida de crecimiento significativo, apuntando siempre al Dios que diseñó el matrimonio como una imagen de Su amor inmutable. En un mundo en constante cambio, ese amor comprometido es contracultural y revolucionario, y los votos matrimoniales sirven como testimonio vivo del poder de la fidelidad que la gracia hace posible.





