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Canto de misterio y majestad: Cómo leía Jesús el Salmo 110

El Nuevo Testamento cita el Salmo 110 más que cualquier otro pasaje del Antiguo Testamento. A los apóstoles y a la iglesia primitiva les encantaba el Salmo 110 por su majestuosa descripción del Señor Jesucristo y Su reinado sobre todas las naciones.

Sin embargo, una de las citas más impactantes del Salmo 110 proviene del mismo Jesús. Para comprender el significado del salmo y su cumplimiento en Él, consideremos la referencia que hace Jesús al Salmo 110:1 en Mateo 22:44. Al final de un largo discurso con Sus oponentes (Mt 21:28-22:14), Jesús recurre al Salmo 110 para explicar Su identidad:

«¿Cuál es la opinión de ustedes sobre el Cristo? ¿De quién es hijo?». «De David», le contestaron ellos (Mt 22:42).

Su respuesta ciertamente es correcta. Cualquier estudioso del Antiguo Testamento habría respondido de la misma manera. Jesús, sin embargo, no está satisfecho. Él pone de manifiesto su comprensión mesiánica deficiente al hacerles una pregunta sobre el Salmo 110:1:

Jesús les dijo: «Entonces, ¿cómo es que David en el Espíritu lo llama “Señor”, diciendo:
“Dijo el Señor a mi Señor:
‘Siéntate a Mi diestra,
Hasta que ponga a Tus enemigos debajo de Tus pies’”?
Pues si David lo llama “Señor”, ¿cómo es Él su hijo?» (Mt 22:43-45).

Aunque el Mesías vendría del linaje de David, no sería simplemente otro rey de Israel, otro Salomón. No, «algo más grande que Salomón está aquí» (Mt 12:42). El mismo David lo reconoció así cuando se refirió a su futuro hijo como «mi Señor». Después de todo, los padres no se dirigen a sus hijos llamándolos «Señor».

Pero ¿qué hizo que la referencia de Jesús a este salmo fuera tan poderosa que nadie se atreviera a hacerle más preguntas (Mt 22:46)? Para apreciar el significado completo del uso que Jesús hace del Salmo 110:1, primero consideremos el salmo en su contexto original.

El rey-sacerdote mesiánico del Salmo 110

El Salmo 110 describe la esperanza de David en un rey-sacerdote mesiánico que gobernará la tierra. El salmo comienza con las palabras de Yahvé dirigidas al futuro Señor de David:

Dice el Señor a mi Señor:
«Siéntate a Mi diestra,
Hasta que ponga a Tus enemigos por estrado de Tus pies» (Sal 110:1).

Las promesas del pacto davídico sustentan este discurso. Dios le había prometido a David que le daría un hijo y que establecería el trono de su reino para siempre (2 S 7:12-16). El Salmo 110:1 revela que este hijo no es otro que el Señor (Adonai) de David, quien algún día reinaría sobre sus enemigos desde la diestra de Yavé (lo cual representa la realeza, el poder y la autoridad de Yavé).

El descendiente de David reunirá los oficios de rey y sacerdote en Su propia Persona, encarnando así el ideal creacional de Dios para la humanidad

Esta esperanza real se remonta al principio. El imperativo «domina» en el Salmo 110:2 se hace eco del mandato de la creación dado a Adán, el primer sacerdote-rey en la narrativa bíblica (Gn 1:26-28). Adán fracasó en someter y gobernar la tierra, pero el Señor de David recuperará el dominio para la humanidad en un mundo caído lleno de fuerzas malignas. Él librará Su guerra santa con un ejército de voluntarios listos y dispuestos en el «día» escatológico de Su poder (Sal 110:3).

Sorprendentemente, este rey también ejercerá un sacerdocio permanente (Sal 110:4). David reconoció que un hijo de la tribu de Judá no calificaba para el sacerdocio levítico. Por lo tanto, el futuro rey-sacerdote pertenecerá al orden de Melquisedec, el antiguo rey-sacerdote de Salem (identificado con Jerusalén en el Salmo 76:2), quien compartió una comida de pan y vino con Abram y lo bendijo después de su victoria en la batalla (Gn 14:17-20). Puesto que Melquisedec precedió a la ley mosaica, su sacerdocio refleja el sacerdocio real de Adán. El descendiente de David reunirá los oficios de rey y sacerdote en Su propia Persona, encarnando así el ideal creacional de Dios para la humanidad.

El futuro Hijo también derrotará a Sus enemigos. Él «quebrantará reyes en el día de Su ira» y llenará a las naciones «de cadáveres» (Salmo 110:5-6). Incluso conquistará los poderes espirituales que están detrás de ellos cuando quebrante «cabezas» —una alusión a Génesis 3:15— sobre toda la tierra (Sal 110:6). El Señor de David es la simiente de la mujer que aplastará la cabeza de la serpiente, poniendo fin al reinado tiránico de Satanás cuando Él levante Su propia cabeza en señal de victoria (Sal 110:7). Este rey-sacerdote extenderá Su reinado desde Jerusalén y bendecirá a la descendencia de Abraham como lo hizo Melquisedec en la antigüedad.

¿Podría levantarse el verdadero rey-sacerdote?

La cita que hace Jesús del Salmo 110:1 en el templo indica que Él es el rey-sacerdote mesiánico del Salmo 110. Irónicamente, poco después de confundir a las autoridades religiosas en el templo, Jesús es llevado a juicio ante el sumo sacerdote Caifás (Mt 26:57-68). Puede que Jesús esté en el banquillo de los acusados, pero es Caifás quien está siendo juzgado. Durante Su interrogatorio, Jesús aclara aún más la respuesta a la pregunta que planteó en el templo. Cuando se le pregunta si es el Cristo, el Hijo de Dios, Jesús vuelve a apelar al Salmo 110:1:

Jesús le contestó: «Tú mismo lo has dicho; sin embargo, a ustedes les digo que desde ahora verán al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder, y viniendo sobre las nubes del cielo» (Mt 26:64).

Jesús es, en efecto, el Mesías, el Hijo de David, pero al apelar al Salmo 110:1 (y a Daniel 7:13-14) en Su respuesta a Caifás, Jesús revela cómo cumpliría esos textos del Antiguo Testamento. Jesús no ascendería a un trono terrenal en Jerusalén para derrotar a Roma; antes bien, ascendería al cielo para tomar Su lugar a la diestra de Dios y gobernar a las naciones y a las fuerzas espirituales del mal que están detrás de ellas. Además, Su exaltación a la diestra de Dios vendría a través de una cruz sangrienta. El sufrimiento es el camino hacia la gloria. Primero la muerte, luego la resurrección, y después la ascensión a Su trono celestial.

El Salmo 110 bien podría reflejar la creencia de David de que el Mesías resolvería los problemas fundamentales del pecado, la muerte y la separación de Dios

Quizás vayamos demasiado lejos al sugerir que David anticipó a un Mesías resucitado que reinaría en el cielo cuando escribió las palabras del Salmo 110, aunque probablemente él entendía más de lo que le atribuimos. Después de todo, David sí esperaba que el Mesías derrotara a la serpiente (Sal 110:6), juzgara a las naciones (Sal 110:5-6) y mantuviera un sacerdocio «para siempre» (Sal 110:4), lo cual implica el fin del pacto mosaico y del sacerdocio levítico, junto con sus sacrificios de animales. El Salmo 110 bien podría reflejar la creencia de David de que el Mesías resolvería los problemas fundamentales del pecado, la muerte y la separación de Dios al vencer el poder de la serpiente y recuperar la comunión edénica con Dios.

Esas esperanzas mesiánicas solo se concretan en la vida y el ministerio de Jesucristo. De hecho, como Jesús insinúa en su respuesta a Caifás, y como lo deja claro el resto del Nuevo Testamento, el Salmo 110:1 se cumple en un Salvador resucitado.

Rey exaltado, sacerdote eterno

Los autores del Nuevo Testamento reconocieron que algunos textos del Antiguo Testamento predijeron proféticamente detalles específicos sobre la vida y el ministerio del Mesías; por ejemplo, que nacería en Belén (Miq 5:2). También reconocieron que Dios orquestó soberanamente a ciertas personas (como Melquisedec), eventos (como el éxodo) e instituciones (como el sacerdocio) para que funcionaran como tipos de Cristo. El Salmo 110 contiene elementos de ambos. David profetizó que su hijo y Señor, superior a él, reinaría desde Sion sobre el mundo como un rey-sacerdote (aunque aún no se sabía con certeza cómo se cumpliría exactamente esa profecía). David también reconoció que el rey-sacerdote Melquisedec era un tipo del Mesías venidero (Sal 110:4). Ambos elementos del Salmo 110 alcanzan su cumplimiento en la vida, muerte y resurrección de Jesús.

Al predicar el día de Pentecostés, Pedro proclamó que la resurrección y la ascensión de Jesús al cielo cumplieron las palabras del Salmo 110:1 (Hch 2:34-35). Según Pedro, Dios hizo a Jesús «Señor y Cristo» cuando lo resucitó de entre los muertos y lo sentó en el trono más alto del universo (Hch 2:36).

El autor de Hebreos está de acuerdo. Después de que Jesús purificara los pecados, «se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas» (He 1:3; ver también 1:13). Al haber cumplido el sistema de sacrificios del antiguo pacto con Su sacrificio suficiente, Jesús lo dejó obsoleto e inauguró el nuevo y mejor pacto.

El cumplimiento definitivo del Salmo 110 solo pudo darse a través de aquel que es el Dios-Hombre: el Hijo de David y, a la vez, el Señor de David

Y con el nuevo pacto llegó un nuevo sacerdocio según un orden superior al de Leví. El sacerdocio de Melquisedec sirvió como un tipo del sacerdocio permanente de Jesús porque Génesis —que no contiene ningún registro del nacimiento, la muerte o la historia familiar de este personaje (He 7:3)— presenta a Melquisedec como alguien que vive (He 7:8). Jesús se convirtió en sacerdote según el orden de Melquisedec sobre la base de una vida indestructible (He 7:16), lo que significa que resucitó de entre los muertos para no volver a morir jamás. Él mantiene Su sacerdocio de manera permanente y, por lo tanto, «es poderoso para salvar para siempre a los que por medio de Él se acercan a Dios, puesto que vive perpetuamente para interceder por ellos» (He 7:25, énfasis añadido).

El Salmo 110:4 solo se aplica a Cristo si la profecía del Salmo 110:1 se cumple en un rey resucitado que tomó Su trono, no en una Jerusalén terrenal, sino en una Sion celestial.

Nuestro Señor y el Señor de David

Entonces, ¿cómo podría el hijo de David ser el Señor de David? La respuesta definitiva es que el hijo más grande de David es el Hijo de Dios, quien se hizo carne para lograr nuestra redención. Para que Jesús ascendiera al cielo en cumplimiento del Salmo 110:1, primero tuvo que vencer al pecado, a Satanás y a la muerte. Para vencer al pecado, a Satanás y a la muerte, tuvo que expiar plenamente los pecados. Para expiar plenamente los pecados, tuvo que ser humano como nosotros, y tuvo que ser Dios por nosotros. Solo Dios puede satisfacer las exigencias de Su propia santidad y justicia infinitas. Solo Dios puede apaciguar verdadera y plenamente Su propia ira. Sin embargo, solo como Hombre pudo representarnos, obedecer la ley por nosotros, morir la muerte que merecemos y ocupar nuestro lugar, cargando con nuestra culpa. El cumplimiento definitivo del Salmo 110 solo pudo darse a través de aquel que es el Dios-Hombre: el Hijo de David y, a la vez, el Señor de David.

El Salmo 110 anticipa la esperanza del evangelio, el cual, según el apóstol Pablo, fue «prometido por medio de Sus profetas en las Sagradas Escrituras» (Ro 1:2). Este evangelio, dice Pablo, trata del Hijo de Dios, «que nació de la descendencia de David según la carne, y que fue declarado Hijo de Dios con un acto de poder, conforme al Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos: nuestro Señor Jesucristo» (Ro 1:3-4, énfasis añadido). Nuestro Señor y el Señor de David. El Salmo 110 es un salmo majestuoso porque habla de Jesús, nuestro majestuoso Salvador.


Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por María del Carmen Atiaga.
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