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Cuando era niño, la historia de la sanidad milagrosa del leproso en Marcos 1:40-45 me llevaba a agradecer por dos cosas: que Jesús tenía poder sobre todas las enfermedades y que yo no tenía lepra. Para mí, que no era leproso, la historia no parecía tener más relevancia que la de enseñarme sobre el asombroso poder de Jesús para sanar incluso las enfermedades más viles; enfermedades por las que, probablemente, no tendría que preocuparme gracias a la medicina moderna.

Pero ¿hay algo más en este milagro? Este breve artículo explora el significado bíblico-teológico de la purificación del leproso.

La lepra, el sacerdocio y la necesidad de purificación.

El enfoque de Marcos 1:40-45 está en la purificación, no en la sanidad, aunque ambas están relacionadas. Las palabras «limpio» o «limpiar» aparecen cuatro veces en el lapso de cinco versículos (vv. 40, 41, 42, 44). La lepra, que en el Antiguo Testamento se refiere a diversas enfermedades de la piel (Lv 13), volvía a las personas ritualmente impuras según la ley mosaica. Cualquiera que tocara a un leproso también quedaba ceremonialmente impuro (ver vv. 45-46).

Visto como un asunto de impureza, el significado de la lepra es más teológico y simbólico que biológico y medicinal. Los leprosos necesitaban que un sacerdote los declarara limpios, no que un médico les recetara un medicamento. Según Levítico 14:19, el sacerdote debía ofrecer un «sacrificio por el pecado» para «hacer expiación» por el leproso como parte de su proceso de purificación. Sin la ofrenda por el pecado, el leproso seguiría siendo indigno de adorar a Dios en el tabernáculo. Estaba excluido de la presencia de Dios; era un muerto andante, muy parecido a Adán fuera del huerto. Aunque la ley proveía expiación y purificación para el leproso, esta era simplemente una purificación externa y ceremonial. Después de todo, es lo que sale del corazón lo que al final contamina a una persona (Mr 7:20).

La purificación que Jesús como sacerdote provee es más profunda que la superficie de la piel: purifica el cuerpo y el corazón

Marcos registró el milagro de la purificación del leproso porque quería que viéramos que Jesús es un sacerdote superior que ofrece una purificación que va más allá de la piel.

Unos versículos antes, en el 1:24, un hombre con un espíritu inmundo identificó a Jesús como «el Santo de Dios», un título atribuido a Aarón en el Salmo 106:16 (cp. Nm 16:1-3). Los sacerdotes aarónicos del antiguo pacto podían declarar limpio a un leproso, pero no podían limpiar a nadie. Jesús era capaz de hacer ambas cosas. La purificación sacerdotal de Jesús y la instrucción que le da al leproso de mostrarse al sacerdote preparan el terreno para el conflicto de Jesús con los líderes religiosos de Israel en el relato que sigue (Mr 2:1–3:6) y anticipan Su confrontación con el sumo sacerdote en 14:53-65. Marcos quiere que sus lectores se pregunten: «¿Quién es el verdadero sacerdote?».

Lo impactante del milagro de Jesús es que tocó al leproso sin contaminarse. Quizá el toque de Jesús simboliza que Él se identifica con los pecadores para asegurar su salvación. Él toma nuestra mancha; nosotros recibimos Su santidad. La purificación que este sacerdote provee es más profunda que la superficie de la piel; purifica el cuerpo y el corazón.

La lepra como exilio y muerte.

El Antiguo Testamento asocia la lepra con la muerte. Cuando Aarón y Miriam pecaron contra Moisés, Dios hirió a Miriam con lepra (Nm 12:1-15). Ella quedó como «uno que está muerto» y como un niño que nace muerto (v. 12). Los leprosos debían adoptar una postura de duelo, como si estuvieran de luto por los muertos, usando ropas rasgadas, dejando su cabello suelto y cubriendo su labio superior mientras gritaban: «¡Inmundo, inmundo!» (Lv 13:45; cp. 10:6; Ez 24:17, 22-23). Vivían fuera del campamento en su condición de leprosos, donde experimentaban su propio exilio mortal, apartados de la presencia vivificante de Dios.

Como símbolo de muerte, la lepra también se asociaba con Egipto. Dios afligió a los egipcios con úlceras cuando el faraón se negó a dejar ir a Israel (Ex 9:8-12). Las úlceras forman parte de las enfermedades de la piel asociadas con la lepra en Levítico 13. Después de que Dios liberó a Israel de Egipto, les advirtió que si no guardaban el pacto, los heriría con las «úlceras de Egipto» y con «sarna y comezón» de las que no podrían ser sanados (Dt 28:27). La asociación de la lepra con Egipto y la muerte sugiere que los leprosos necesitaban una purificación que siguiera el patrón del éxodo.

Dios liberó a Su pueblo de la tumba de Egipto por medio de sangre (la Pascua) y agua (el mar) y los llevó a Su presencia vivificante en el Sinaí para hacer de ellos un reino de sacerdotes (Ex 19:6). Un leproso purificado seguía el mismo movimiento del éxodo desde el lugar de muerte fuera del campamento hasta la vida con Dios en el campamento de Israel, después de ser rociado con sangre y aceite y lavado con agua (Lv 14:1-14).

Como parte de su purificación, un leproso era restaurado a la comunidad del pacto del mismo modo en que los sacerdotes eran consagrados a Dios. Se le aplicaba sangre del sacrificio en el lóbulo de su oreja derecha, en el pulgar de su mano derecha y en el dedo gordo de su pie derecho (Lv 14:14; Ex 29:20). Así recuperaba su lugar entre el reino de sacerdotes para servir al Dios vivo.

El éxodo del leproso y el nuestro.

El leproso de Marcos 1:40-45 es un hombre bajo sentencia de muerte y un símbolo del exilio. Tiene la enfermedad de Egipto. Es un microcosmos de Israel. Puede que Israel estuviera en la tierra prometida cuando Jesús vino a ellos, pero permanecían en un exilio espiritual, alejados de Dios. Necesitaban ser liberados no de la esclavitud de Egipto o de Roma, sino de la tiranía del pecado, Satanás y la muerte.

La buena noticia del evangelio es que lo que Jesús le dijo al leproso, se lo dice a todo el que se acerca a Él con fe: «Quiero; sé limpio»

Marcos quiere que entendamos la purificación del leproso como parte del nuevo éxodo que Jesús vino a liderar en cumplimiento de Isaías 40:3: «Voz del que clama en el desierto: / “Preparen el camino del SEÑOR, / Hagan derechas Sus sendas”» (Mr 1:3). Isaías anticipó un día en que Dios haría una calzada en el desierto para liderar un éxodo que los sacara del exilio y los llevara de regreso a Jerusalén (Is 35:8-10; 40:3). En esa calzada, el «Camino de Santidad» (35:8), ninguna persona «inmunda» viajará (35:8), y en la Sion restaurada, los «inmundos» no habitarán (52:1, 11).

Cuando Jesús «extendió la mano» para tocar al leproso, imitó la acción de Dios al dirigir el primer éxodo de Egipto (Mr 1:41; Ex 3:20; 7:5). De hecho, Jesús no se limitó a imitar a Dios; Él es el mismo Dios que salvó a Israel de Egipto y el mismo Dios que prometió, por medio del profeta Isaías, redimir a Su pueblo del exilio. Jesús purificó al leproso para hacerlo parte del Israel del tiempo final: una nueva clase de sacerdotes purificados y consagrados.

Lejos de ser simplemente un hombre con una terrible afección en la piel de la que no tenemos que preocuparnos gracias a la medicina moderna, el leproso es un espejo de nuestra propia situación. El leproso nos recuerda que nosotros también debemos clamar a Jesús por la purificación de la contaminación del pecado y de la sentencia de muerte. La buena noticia del evangelio es que lo que Jesús le dijo al leproso, se lo dice a todo el que se acerca a Él con fe: «Quiero; sé limpio».


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Eduardo Fergusson.
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