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“Sigues usando esa palabra”, dice Iñigo Montoya en la película La princesa prometida. “No creo que quiere decir lo que tú crees que dice”. Como cristianos, a menudo podemos hacer lo mismo con los términos teológicos.

Somos los herederos de una larga tradición de teología sistemática, una tradición de lidiar con la forma en que los escritores de la Biblia expresaron las cosas y resumir las creencias correctas de manera precisa. ¡Esto es algo bueno! Al mismo tiempo, tenemos que reconocer que el beneficiarnos de estos nobles esfuerzos puede llevarnos a suponer que los escritores de la Biblia quisieron decir lo mismo que nuestros teólogos expresaron con sus palabras.

Un buen ejemplo de esto es cuando la Biblia aplica el título de “Hijo de Dios” a Jesús, como en el Salmo 2:7, donde Dios dice: “Mi Hijo eres Tú, Yo te he engendrado hoy”. Naturalmente pensamos en las controversias en la iglesia primitiva, y conectamos este título con la deidad de Jesús. De hecho, los académicos protestantes hicieron exactamente eso: tanto la recopilación de Heinrich Heppe de Reformed Dogmatics, vi.19 (Dogmática reformada, VI.19), como Doctrinal Theology of the Evangelical Lutheran Church, ii.29 (Teología doctrinal de la iglesia evangélica luterana, II.29) de Heinrich Schmid citan este texto como una evidencia de las relaciones entre la primera y segunda persona de la Trinidad.

Aunque reconozco el valor de estas discusiones sobre la Trinidad, también me gustaría mostrar que realmente no han acertado del todo con el Salmo 2:7; y que perder de vista el punto principal del salmo también nos hace perder algunos puntos importantes sobre Jesús.

Contexto davídico

El Salmo 2:7 tiene que ver con el rey davídico. En un momento en que los reinos gentiles en el imperio davídico buscaban deshacerse del dominio israelita, este salmo trae a la memoria las promesas hechas al rey davídico en su coronación y señala que los gentiles encontrarán gozo perdurable solo como súbditos de este rey.

El oráculo de coronación había declarado que el rey recién coronado era el “Hijo” de Dios. Esto nos recuerda a 2 Samuel 7:14, donde Dios le promete a David acerca de Salomón, y a cada nuevo rey en la línea de David: “Yo seré padre para él y él será hijo para Mí”. Esto está hablando de algo más allá de la estrecha relación que Dios tendrá con el rey. El pueblo en su conjunto se llama el “hijo de Dios” (véase Éx. 4:22–23; Os. 11:1; Sal. 80:15), y el rey se llama el “hijo de Dios” porque representa y encarna al pueblo (vea también Sal. 89:27 con “primogénito”).

Es decir, el trabajo del rey incluye cosas como: ser el “campeón” del pueblo (como lo había hecho David contra Goliat, cuando Saúl no lo hacía); modelar lo que significa ser un miembro fiel del pueblo de Dios para que los otros miembros puedan imitar su ejemplo; y guiar al pueblo de Dios a cumplir con su llamado de llevar las bendiciones de Abraham al mundo gentil (como en el Salmo 2).

Ecos del Nuevo Testamento

Así como he traído el Salmo 2:7 junto con 2 Samuel 7:14, así también lo hace el autor de Hebreos (1:5). Su tema es que Jesús es el Mesías reinante (heredero de David, es decir, rey), en quien Dios también ha conferido el oficio sacerdotal (de acuerdo con Salmos 110:4).

En Hechos 13:33 (un discurso en una sinagoga), Pablo describe la resurrección de Jesús como su coronación, su entrada en su reino davídico. Esta conexión probablemente también nos ayudará con Romanos 1:4; allí Jesús “fue declarado Hijo de Dios con un acto de poder, conforme al Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos”. El verbo “declarado” se traduce en otras partes como “determinado, designado” (por ejemplo, Hch. 11:29; 17:26, 31; Heb. 4:7); pero es difícil imaginar cómo la resurrección pudo haber introducido a Jesús en la deidad. No lo hizo: más bien lo introdujo en su papel davídico, y esto implica la conversión generalizada de los gentiles (Ro. 1:5), tal como en el Salmo 2.

Entonces, los autores del Nuevo Testamento no hicieron nada gracioso o sospechoso cuando aplicaron el Salmo 2:7 a Jesús, porque el papel davídico de Jesús era importante para ellos. Es decir, “Hijo de Dios” en algunos contextos se refiere a Jesús como el heredero (humano) de David, mientras que en algunos seguramente se refiere a Él como deidad (por ejemplo, Mt. 28:19). Nos corresponde a los lectores discernir entre los usos.

Un Rey nada ordinario

Si estás predicando o enseñando sobre el Salmo 2, o estás tratando de entender este salmo por sí mismo, ciertamente, trae al texto lo que sabes acerca de la Trinidad. Simplemente no lo leas en este pasaje. El “Hijo de Dios” en el Salmo 2 es ante todo un título davídico, y eso es una buena noticia, porque significa que Él viene como nuestro Rey para cumplir todo lo que Dios dijo que haría a través del heredero de David.

Este no es un rey ordinario. Él no solo asegura nuestro lugar con Dios (Ro. 4:25), sino que somete a todos los enemigos de Dios (Sal. 2:9), libera al pueblo de Dios (Mi. 5:4-5), extiende su salvación y luz por todo el mundo (Sal. 72:16-17), y establece su reino por los siglos de los siglos (2 S. 7:16).


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Jhon Chavez.
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