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La blasfemia contra el Espíritu Santo consiste en atribuir a Satanás los milagros de Cristo operados por el Espíritu Santo (Mt 12:22-24; Mr 3:20-30; Lc 11:14-23). Esta actitud es fruto de un corazón incrédulo, indiferente y malicioso que se opone abiertamente al Señor.

La palabra blasfemia es una transliteración del griego que tiene varios usos en la Biblia.[1] El Nuevo Testamento registra que se incurre en blasfemia de diferentes formas. Veamos algunos ejemplos:

«La blasfemia es una violación del poder y la majestad de Dios. Puede ser directamente contra Dios (Ap 13:6), contra su nombre (Ro 2:24), contra la palabra (Ti 2:5), contra Moisés (Hch 6:11), o contra los seres angélicos (Jud 8-10; 2 P 2:10-12). El concepto es judío; por eso Jesús parece estar blasfemando cuando perdona pecados (Mr 2:7), o asegura ser el Mesías (Mr 14:64), haciéndose así igual a Dios (Jn 10:33)».[2]

Mateo 12:22-37 y Marcos 3:20-30 registran el contexto en el que Jesús afirma que no hay perdón para quien blasfeme contra el Espíritu Santo.

«Entonces trajeron a Jesús un endemoniado ciego y mudo, y lo sanó, de manera que el mudo hablaba y veía. Todas las multitudes estaban asombradas, y decían: “¿Acaso no es este el Hijo de David?”. Pero cuando los fariseos lo oyeron, dijeron: “Este no expulsa los demonios sino por Beelzebú, el príncipe de los demonios”» (Mateo 12:22-24).

Marcos registra la respuesta de Jesús a los fariseos:

«En verdad les digo que todos los pecados serán perdonados a los hijos de los hombres, y las blasfemias con que blasfemen, pero cualquiera que blasfeme contra el Espíritu Santo no tiene jamás perdón, sino que es culpable de pecado eterno» (Mr 3:28-29).

Con esta afirmación Cristo estableció el mandamiento: «No blasfemarás contra el Espíritu Santo». La frase «en verdad» introduce la verdad solemne de que hay consecuencias para quienes incumplen este nuevo mandamiento: «No tiene jamás perdón, sino que es culpable de pecado eterno» (Mr 3:29).

Una lectura cuidadosa de estos pasajes indica que los fariseos no creyeron en los milagros de Jesús (Mt 12:12); fueron indiferentes porque ignoraron los milagros realizados; además tenían malicia, porque pretendían engañar a la gente al atribuir a Satanás los milagros de Cristo, blasfemando así contra el Espíritu Santo (Mt 12:23). Debemos recordar que tiempo después de este suceso, incluso entre los mismos creyentes no había un conocimiento generalizado de que existiera el Espíritu Santo, y por eso no es de extrañar que los fariseos ignoraran el impacto eterno de sus palabras (Hch 19:2-7; cp. Mt 12:23).

Ante la imprudencia e ignorancia de los fariseos, Jesús revela que el Espíritu Santo es una persona, es Dios y que el milagro operado fue obra de Él. Hoy podemos ver claramente al Espíritu Santo en toda Biblia gracias a la revelación que ella misma hace, y también al esfuerzo de la Teología Sistemática y otras ramas del estudio bíblico.

La blasfemia contra el Espíritu Santo no se trata de un pecado de la lengua o de ignorancia, sino de una actitud del corazón incrédulo que no acepta a Cristo

Es probable que en la mente judía El Espíritu de Jehová significara «el Espíritu que es Jehová mismo». Esto se debe a que ellos sabían que Jehová «descendía» a la tierra y se manifestaba regularmente (teofanías), pero no creían que hubiese otro Espíritu de esencia divina; ellos creen que hay un solo Dios, pero no en dos ni en tres personas (Dt 6:4). Por eso era necesario que el Espíritu Santo viniera, se manifestara con poder y hubiera una condenación severa para que nadie se atreva a negar la existencia, presencia y poder de tal Persona (Hch 1:8).

La mayoría de los expertos concuerdan en que la blasfemia no se trata de un pecado de la lengua o de ignorancia, sino de una actitud del corazón incrédulo y abiertamente hostil contra Dios que se rehúsa a aceptar el evangelio de Cristo y admitir su necesidad de un redentor. Por lo tanto, si tienes temor de haber blasfemado, pero te has arrepentido y reconoces a Cristo como tu Señor y Salvador, ten la plena certeza de que Dios te ama, te perdonó y desea que estés con Él en la eternidad, puesto que la mayor blasfemia del ser humano hoy está en no creer en el evangelio.

Los verdaderos cristianos aceptamos que el Espíritu Santo es una persona de la Trinidad y tiene ministerios asignados por medio de los cuales convence al pecador, lo regenera, lo introduce al cuerpo de Cristo, le da dones y habita en cada creyente. Creemos firmemente que el Espíritu Santo es el Consolador prometido que estará con nosotros para siempre, nos guía a toda verdad y nos da el poder para testificar al mundo el mensaje salvador y transformador del evangelio.


[1] La transliteración consiste en representar las letras del idioma griego mediante las letras del español.
[2] Gerhard Kittel y otros, gr. “blasfemía”, Compendio del diccionario teológico del Nuevo Testamento (Grand Rapids, Michigan: Libros Desafío, 2003) 111.
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