Alguien que amo no cree en Cristo. ¿Qué debo hacer?

Recientemente hablé con un padre que crió a sus tres hijos en un hogar cristiano y amoroso. Él y su esposa son padres fieles, y cada niño una vez profesó la fe. Pero ahora en la universidad, ninguno sigue al Señor. Todavía hay esperanza, por supuesto, pero mi amigo ha luchado con la duda. ¿Hice algo mal? Él también cuestionó la voluntad de Dios. ¿Cómo podría permitir que esto suceda?

Este padre gravita hacia versículos como el salmo 38:10-11:

“Palpita mi corazón, mis fuerzas me abandonan, y aun la luz de mis ojos se ha ido de mí. Mis amigos y mis compañeros se mantienen lejos de mi plaga, y mis parientes se mantienen a distancia”.

Todos hemos estado ahí. Tal vez hoy es uno de esos días para ti. Alguien que nos importa, alguien con quien hemos compartido el evangelio claramente y con frecuencia, se niega a entregarle su vida a Cristo. Has plantado semillas del evangelio, pero no ves crecimiento.

¿Cómo puede un cristiano maduro mantenerse firme en la fe cuando un ser querido se niega a arrodillarse ante Cristo? Voy a responder con un par de cosas malas y un par de cosas por hacer.

No abandones la doctrina del infierno

Cuando luchas con la incredulidad que persiste en la familia y amigos, Satanás pregunta: “¿Dijo Dios realmente que existe algo como el infierno?”. No toleres este pensamiento. Somos tentados a abandonar la doctrina del infierno, pero es crucial abrazarla.

Dios usó la doctrina del infierno para salvarme. Cuando escuché el evangelio por primera vez gracias a una amiga en la escuela secundaria, no me gustó. Ella contraatacó y me dijo que, a menos que me arrepintiera de mis pecados y pusiera mi fe en Cristo, yo iría al infierno. No podía creer que me dijera eso, mucho menos que lo creyera. Afortunadamente, el Espíritu Santo usó su convicción y audacia para abrir mis ojos. Meses después, confié en Cristo.

Pero, al final, no creo en el infierno por la convicción de una joven. Lo creo porque mi Salvador lo predicó:

“No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; más bien teman a Aquél que puede hacer perecer tanto el alma como el cuerpo en el infierno”, Mateo 10:28.

“Si tu ojo derecho te hace pecar, arráncalo y tíralo; porque te es mejor que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno”, Mateo 5:29.

“Entonces dirá también a los de Su izquierda: ‘Apártense de Mí, malditos, al fuego eterno que ha sido preparado para el diablo y sus ángeles”, Mateo 25:41.

Evita inclinarte a las enseñanzas éticas de Jesús y descartar su enseñanza sobre el castigo eterno. Cristo no es solo el Salvador; Él es el juez. Por favor, no abandones la buena teología porque no te gustan las implicaciones. Somos personas del Libro o personas de nuestras propias inclinaciones. No hay término medio.

No pares de llorar

Si Jesús lloró por la muerte física (y temporal) de Lázaro, ¿cuánto más debemos llorar cuando aquellos a quienes amamos no aman a Jesús?

Pablo se entristeció porque muchos de sus hermanos judíos rechazaban a Cristo. Afirmaban amar la ley y los profetas, pero odiaban a Aquel que la ley y los profetas predijeron. Esto desgarró a Pablo por dentro:

“Porque desearía yo mismo ser anatema, separado de Cristo por amor a mis hermanos, mis parientes según la carne”, Romanos 9:3.

Nuestra teología es inútil si nos deja indiferentes ante la incredulidad de aquellos a quienes amamos.

A Pablo le afligía correctamente la incredulidad de su familia judía.

Nuestra teología es inútil si nos deja indiferentes ante la incredulidad de aquellos a quienes amamos. No dejes de llorar por tus amigos y familiares perdidos. No es madurez no sentir dolor. Jesús y Pablo derramaron lágrimas. Pero tal vez no lloras por tus seres queridos de la manera en que deberías. Si eso te pasa, ¿qué deberías hacer?

Ora más. Ora por tus amigos y familiares perdidos por nombre. Ruega que Dios les dé vida. Pídele a tu Padre que haga lo que sea necesario para llevarlos a un conocimiento salvador de sí mismo.

Medita en la eternidad. Nada pesa más que la realidad de la vida sin el Señor. Estar “separado de Cristo” es estar sin esperanza. Meditar adecuadamente en el infierno suavizará nuestros corazones a aquellos que aún tienen que doblar la rodilla.

Retírate

Si confías en que has compartido el evangelio claramente con tu familia y amigos, siente la libertad de retroceder. Ellos saben dónde estás parado. Saben dónde piensas que ellos están parados. Es hora de guardar silencio y orar.

¿Significa esto que nunca mencionarás su estado espiritual? Por supuesto que no. Puede haber momentos en los que sea apropiado decir: “Mamá, ha pasado tiempo desde que hablamos sobre Cristo. Sé lo que crees. Solo quiero recordarte que si alguna vez quieres hablar más sobre Él, siempre estoy disponible”.

Retirarte de un miembro de la familia no significa ignorarlos o eliminarlos de tu vida. Más bien, significa pasar tiempo con ellos sin discutir constantemente su estado espiritual. ¿Cómo se ve esto prácticamente? Cuatro cosas:

1. Ora por ellos regularmente. Si hay vida, hay esperanza.

2. Sé tú mismo. No escondas tu fe. Continúa hablando sobre cosas que valoras. Esto indudablemente significará hablar sobre tu relación con Cristo y tu iglesia local.

3. Expresa afecto. Hazles saber que te importan. Recuerda cumpleaños y aniversarios. Haz que sea obvio que te importan, no porque algún día puedan salvarse, sino simplemente porque los amas.

4. Dales espacio. Esto puede significar que ya no les envías correos electrónicos espirituales, o ni siquiera los invitas a la iglesia. Piensa dos veces antes de comprarles otro libro cristiano para Navidad. Si has aclarado el evangelio, puedes retroceder.

Confía en el Señor

Uno de los sermones más difíciles que he leído fue predicado por Jonatan Edwards. Romanos 3:19 fue su texto: “Para que toda boca se cierre”. La doctrina de este verso, argumentó Edwards, es simple: “Es justo para Dios que eternamente deseche y destruya a los pecadores”. En otras palabras, ¿quiénes somos para responderle? Él es un Dios justo.

Necesito recordar que el castigo es lo que merezco.

Necesito recordar que el castigo es lo que merezco. Me he rebelado contra Dios, he tratado de ser mi propio rey personal. Si la gracia de Dios no hubiera entrado a mi vida y hubiera reemplazado mi corazón de piedra con un corazón de carne, me enfrentaría a una terrible eternidad (Ez. 3:26).

Una vez escuché a Mark Dever instar a su congregación a “tomar el lado de Dios contra el pecado”. Eso es lo que hizo Edwards. Eso es lo que quiero hacer. Cuando se trata del pecado en mi propio corazón, el pecado en el mundo que me rodea, e incluso el pecado en los más cercanos a mí, siempre debo estar del lado de Dios.

Aquellos que son pecadores, y todos lo somos, merecen el castigo eterno. No es fácil afirmarlo, pero es verdad.

Todo esto nos deja con una simple pregunta: ¿tomarás el lado de Dios contra el pecado, incluso cuando ese pecado se encuentre en aquellas personas a las que amamos? Por la gracia de Dios, quiero hacerlo. Si voy a seguirlo fielmente, tengo que confiar no solo en que Él tiene el control, sino en que Él es bueno. Cuando me enfrento a la posibilidad de que aquellos a quienes amo nunca se sometan a Cristo, debo creer con Moisés que mi Dios es la roca cuya “obra es perfecta, porque todos sus caminos son justos” (Dt. 32:4). Todos ellos.

Cuando se trata de tu familia y amigos incrédulos, ¿confiarás en el Señor? En última instancia, la única forma de tener paz frente a los seres queridos que rechazan a Cristo es maravillarse ante la gracia de Dios que nos acepta en Cristo. Dios nos salvó cuando estábamos muertos en nuestros pecados, y seguramente puede salvar a nuestros seres queridos con el mismo poder que resucitó a Jesús de entre los muertos. No sería menos un milagro para Él salvarlos a ellos que salvarnos a nosotros.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Emanuel Elizondo.
Imagen: Lightstock.
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