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“Si yo hablara lenguas humanas y angélicas, pero no tengo amor, he llegado a ser como metal que resuena o címbalo que retiñe”, 1 Corintios 13:1.

Por lo general, somos muy rápidos en notar cuando alguien no está mostrando amor por su prójimo. Pero, ¿qué tal amor por Cristo? ¿Debería establecerse implícitamente? ¿Es el amor por Cristo algo que es suficiente cuando es latente?

Lo que veo mucho cada día en las esferas cristianas de las redes sociales es lo increíblemente hábil que somos los evangélicos en la crítica doctrinal, en la reprensión cultural, en el análisis teológico, en la exégesis bíblica, en contender por la fe en los debates apologéticos y éticos, en breves y astutos comentarios espirituales, en el consejo religioso, y por supuesto en la cita de líderes cristianos presentes y pasados, pero lo que parece menos prevalente es la adoración a Jesús.

Es notorio en las esferas cristianas de las redes sociales lo increíblemente hábil que somos los evangélicos en la crítica doctrinal, pero lo que parece menos prevalente es la adoración a Jesús

Cuando vemos un versículo bíblico, recorremos su significado a través de nuestra mente y podemos exponerlo con inteligencia. Pero, cuando vemos a Cristo ante nosotros, ¿temblamos ante su belleza y nos regocijamos en ella con asombro? ¿Adoramos a Jesús?

Cuando vemos a un no creyente actuando como un tonto en las noticias, nuestra justa indignación corre a través de nuestros dedos hasta nuestros teclados. Pero, cuando vemos a Cristo ante nosotros, ¿se desmorona nuestra justicia y corremos directamente a sus pies en una postura de súplica? ¿Adoramos a Jesús?

Cuando vemos a uno de nuestros héroes cristianos diciendo algo inteligente, divertido, o retador, les enviamos un “choca esos cinco” virtual y hacemos eco de la proclamación en gritos de apreciación. Pero, cuando vemos a Cristo delante de nosotros, ¿lo elevamos en alto en nuestros corazones y anunciamos su gloria con gritos de aclamación? ¿Adoramos a Jesús?

Cuando vemos que alguien en Internet está equivocado, sentimos la responsabilidad de hablar, de ser el que se para en la brecha entre su ignorancia y nuestra seguridad. Pero, cuando vemos a Cristo ante nosotros, supremo, soberano y salvador, ¿sentimos las maravillas de su esplendor?

Cuando miramos a Jesús, ¿ardemos? ¿O nos encogemos de hombros?

Algunos que profesan ser cristianos no parecen hablar de Cristo en lo absoluto. Que se pregunten: “¿Adoro yo a Jesús?”

¿Se ha convertido Jesús en nuestra mascota, nuestra proyección? Cuando lo miras, ¿qué ves?

No hay nada de malo en usar las plazas públicas del Internet para todo tipo de mensajes, desde los serios hasta los tontos, y no quiero sugerir que lo haya. Sólo quiero preguntar a veces: “Pero, ¿adoras a Jesús? Parece que estás entusiasmado con todo tipo de cosas, pero no está claro si amas a Jesús”. No creo que debamos simplemente asumir a partir de algún fuego periférico que la ignición central es el amor a Cristo.

Cristo es la cúspide de todo lo que es precioso, el centro de todo lo que es glorioso y deleitoso. Él es el punto mismo de la existencia. Él es el Hijo del Dios viviente, el Alfa y la Omega, el primero y el último, quien fue, quien es, y quien ha de venir. “¡Venid y adoremos!”, no es venid y examinemos, utilicemos, o analicemos.

“Díganlo los redimidos del Señor…”, Salmo 107:2.

“¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del que trae buenas nuevas, del que anuncia la paz, del que trae las buenas nuevas de gozo del que anuncia la salvación, y dice a Sión: ‘Tu Dios reina’!”, Isaías 52:7.


Publicado originalmente en For The Church. Traducido por Diana Rodriguez.
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