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Uno de los errores militares mejor documentados en la Segunda Guerra Mundial fue el que Estados Unidos cometió en diciembre de 1941.

No estudiaron a su enemigo, no se prepararon para diferentes escenarios, no fueron precavidos, sino todo lo contrario. La base naval de Pearl Harbor fue bombardeada sin previo aviso. El mando militar de la nación sufrió por ingenuidad y falta de preparación, pues pensaron que Japón no los atacaría. 

Los creyentes necesitamos comprender que estamos en una batalla cruel con un enemigo brutal. Necesitamos salir de la ingenuidad y estar listos. Esta guerra está ganada gracias a Jesús, pero esto no quiere decir que no sea guerra, y que muchas veces no sea también sangrienta.

En palabras de Pablo: «nuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los poderes de este mundo de tinieblas, contra las fuerzas espirituales de maldad en las regiones celestes» (Ef 6:12).

Atentos frente al enemigo

Ha llegado la hora de ver que hay una dimensión espiritual —irreconocible al ojo natural, pero reconocida por las Escrituras— en la cual estamos en guerra y tenemos un enemigo que atenta contra nosotros. Jesús nos recuerda esto cuando le dice a Pedro que, «Satanás los ha reclamado a ustedes para zarandearlos como a trigo» (Lc 22:31).

Sin embargo, solemos pensar que Satanás solo se revela como en las películas de terror: en oscuridad, actividades paranormales o eventos inexplicables. Olvidamos que nuestro enemigo se «disfraza como ángel de luz» para presentarnos suculentos platillos que esconden veneno mortal (2 Co 11:14).

Para entender mejor cómo obra el enemigo, prestemos atención a cómo tentó a Adán y Eva, pues sigue buscando tentarnos en nuestros días.

«Desconfía de Dios»

«La serpiente era más astuta que cualquiera de los animales del campo que el SEÑOR Dios había hecho. Y dijo a la mujer: “¿Conque Dios les ha dicho…?”» (Génesis 3:1).

Satanás tiene un modus operandi claro: tentarnos a medida que ataca a la persona de Dios. «¿Dónde está Dios cuando pasa todo lo malo en el mundo? ¿Por qué Dios permite que cosas malas pasen a personas buenas?». Preguntas como estas son empleadas por Satanás para llevarnos a dudar de Dios y su bondad.

Satanás quiere que no confíes en el Creador. Él siembra duda, cultiva desconfianza y trae confusión

Satanás quiere engañarte con pensamientos como este: «Dios no puede ser fiable si existe el infierno, la maldad o la muerte. Seguro no es un buen Dios si permitió que tu papá falleciera cuando eras pequeño, o permitiera el abuso que sufriste de niño».

También quiere animarte a pensar así: «¿Quién puede saber si la Biblia es la Palabra de Dios? Le pido a Dios que hable, pero siento que Él no me escucha». De estas y otras maneras, Satanás quiere que no confíes en el Creador. Él siembra duda, cultiva desconfianza y trae confusión.

«Desconfía de su Palabra»

«¿Conque Dios les ha dicho: “No comerán de ningún árbol del huerto”?» (Génesis 3:1b).

Satanás tentó a Eva a desconfiar de la persona de Dios al animarla a desconfiar de Su Palabra. El enemigo enmarca las palabras de Dios en un contexto de confusión e injusticia. «Lo que Dios dijo no es cierto, ni es justo», nos dice. Así atacó a Eva y quiere atacarte hoy.

Cuando dudamos de la Palabra de Dios, dudamos de Jesús, nuestro Rey

Lamentablemente, a veces caemos en la tentación de decir cosas como: «Sé que Dios quiere que perdone, pero…» o «Yo sé que Dios quiere que ame a mi esposa, pero ella…». ¿Puedes ver que la tentación es la misma que Satanás ofreció en el Edén? La idea detrás de esta forma de pensar es que lo que Dios dice no puede ser cierto en nuestras vida. Es más, según esta tentación, obedecer a Dios sería hasta injusto.

Satanás reina en esta clase de pensamientos. Son ideas que él promueve para que dudes de la Palabra de Dios. Él no quiere que te acerques a lo que Dios dijo y mucho menos que lo obedezcas. Puede decirte cosas como: «La Biblia es muy difícil de entender. El Dios del Antiguo Testamento es muy malo». Ese tipo de afirmaciones son satánicas y mortales.

En realidad, la Palabra de Dios es lo único que nos hace sabios para salvación (2 Ti 3:15). Es lo único que necesitamos para crecer y conocer a nuestro Dios (1 Pe 2:2). Cuando dudamos de la Palabra de Dios, dudamos de Jesús, nuestro Rey, porque Él es la Palabra de Dios encarnada (Jn 1:1).

«Desconfía de su plan»

«Y la serpiente dijo a la mujer: “Ciertamente no morirán. Pues Dios sabe que el día que de él coman, se les abrirán los ojos y ustedes serán como Dios, conociendo el bien y el mal”» (Génesis 3:4-5).

El plan de Dios para la humanidad es claro desde el principio: que gobernemos con Él en la tierra. Dios puso a Adán y Eva en el jardín como representantes del Rey hechos a su imagen y semejanza. Les dio autoridad para ejercer dominio y les encargó que llenaran la tierra de más personas creadas a imagen de Dios (Gn 1:26-28). Ellos debían ser estandartes del Rey, banderas con el logo de Dios, llenando cada rincón de la creación.

Pero Adán y Eva renunciaron a su vocación para tomar un nuevo rol: querían ser como Dios. Querían ser reyes, no súbditos. Se maravillaron de que esta fuera una opción y cayeron en la tentación. Creyendo ser sabios, se volvieron necios (Ro 1:22). Cayeron en una trampa mortal disfrazada de delicia. Comieron del árbol pero no se hicieron como Dios. En cambio, ahora eran como Satanás (Jn 8:44; Ef. 2:2; Col. 3:6). Dejaron de ser representantes de Dios para ser sus enemigos. De ser «virreyes» de Dios en la tierra, ahora eran «hijos de ira». 

Satanás quiere tentarnos a pensar que nuestra propia manera de conducirnos es mejor que el plan de Dios para nosotros

De igual forma, hoy Satanás quiere tentarnos a pensar que nuestra propia manera de conducirnos es mejor que el plan de Dios para nosotros. Satanás quiere que pienses que puedes ser tu propio rey. «Nadie te puede decir qué hacer. Es tu cuerpo. Es tu vida». Estas y muchas otras tentaciones satánicas están diseñadas para hacerte creer que puedes tener el control de tu propia vida. Pero no es así. Dios es Rey, nosotros sus súbditos.

Aferrados a la Palabra

Los planes de Dios son mejores que los nuestros. Confiando en esto, podremos huir de la tentación teniendo nuestros ojos en Jesús. Así que aferrémonos a la Palabra de Dios, que es la espada en nuestra guerra espiritual (Ef 6:17), y vivamos en la verdad y no en la mentira. Dios está con nosotros para sostenernos y darnos la victoria.

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