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Nota del editor: 

Este es un fragmento adaptado del libro Todo por el reino: Cómo vivir el evangelio cada día (B&H Español, 2026), por Josué Ortiz.

La juventud rebelde es una puerta que Adán abrió (Gn 1:1). Así empieza la Biblia. La historia de la humanidad —la tuya también— se inicia ahí. Los seres humanos fuimos creados a la imagen de Dios, y cuando Él creó a Adán y a Eva, los creó en una edad madura. Eran inocentes en cada área de su vida y disfrutaban de una perfecta comunión con el Rey. Pero no fue así para siempre.

Cuando ellos quisieron crear su propio reino, no solo lo crearon para sí mismos, sino también para todos sus descendientes. Después de la caída, la juventud es una puerta a la maldad, al descarrilamiento desenfrenado y a las pasiones perversas.

Pablo advierte a Timoteo: «Huye, pues, de las pasiones juveniles» (2 Ti 2:22). La «juventud desenfrenada» no es cosa de nuestros días, sino que viene desde Adán y su pecado. Sin embargo, ser joven hoy es sinónimo de libertinaje e inmoralidad. Cuando muchos jóvenes se «divierten», lo hacen a través de destruir sus vidas, abusar de sus cuerpos y lastimar el de otros.

La juventud sin el evangelio del reino de Dios es una degradación, no un desarrollo. La rebeldía, los malos tratos, la indisciplina, la maldad y la lujuria son todas cuestiones aceptadas por nuestra cultura bajo la cortina de «juventud». Como si actuar así fuera natural. Pero las estadísticas no mienten. La juventud sin el evangelio del reino está destruyendo a los jóvenes; los hiere, los usa y luego los avienta a una vida adulta manchada de cicatrices.

Esta clase de juventud produce humanoides, no humanos. Así son los jóvenes sin el evangelio, parecen adultos, pero no lo son. Los jóvenes sin el evangelio viven victimizándose al ver la falta de felicidad propia. Sufren de crisis existenciales al ver que, con el paso de los años, siguen estancados. No avanzan, no progresan, no producen como pensaban que lo harían.

Crecer en gracia para con Dios habla de una cercanía con Él, de una verdadera relación que va más allá de solo identificarte como «cristiano»

Quieren todo para ellos. Quieren que todo sea fácil. Quieren ser el centro. Se quejan por todo. Son fáciles de ofender. Se enojan de todo y con todos. Pablo escribe: «Profesando ser sabios, se volvieron necios» (Ro 1:22), y entonces, pensando que lo saben todo, no saben que no saben.

Esta clase de egoísmo también produce jóvenes que esperan que otros les resuelvan la vida, y muchos padres se dedican a eso, porque los hijos no quieren estudiar, trabajar ni esforzarse.

Otros jóvenes batallan con la misma moneda, pero del lado opuesto. Quieren esforzarse para no depender de nadie. Quieren demostrar que «pueden solos». Eso también es egocentrismo. ¿Y te preguntas por qué este mundo está de cabeza? La juventud rebelde y caída es resultado de la puerta que Adán abrió. Pero gracias a Dios que Él abrió otra puerta.

La juventud es la puerta que el Rey redimió

De la adolescencia de Jesús no tenemos mucha información, pero con la que sí tenemos es suficiente. Cuando Jesús tenía doce años, Lucas escribe: «Y Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia para con Dios y los hombres» (Lc 2:52).

Cuando Jesús vino a la tierra, no solo vino a rescatarnos de nuestro pecado, sino que también vino a ser el «humano» que nosotros no pudimos ser. Él nos modela el diseño original. Si los jóvenes están en Cristo, pueden recuperar su dignidad, no tienen que rebajarse a vivir con las migajas que Satanás les arroja.

La vida del joven Jesús nos enseña que los jóvenes tienen dos áreas de crecimiento: crecimiento en sabiduría y estatura, y crecimiento en gracia para con Dios y los hombres. Brevemente, examinemos ambas.

Primero, los jóvenes del reino crecen en sabiduría y estatura.

Esto habla del desarrollo normal del ser humano. Los jóvenes no pueden ser niños en cuerpos de adultos. No pueden pensar que es normal pasar el día entero jugando videojuegos en internet. No pueden pensar que discutir con sus padres por las cosas más triviales es normal. Los jóvenes del reino maduran y crecen. Son emprendedores, visionarios y activos. Los jóvenes del reino aprenden a amar a otros y a pensar en otros y no solo en ellos mismos. Pueden hablar con claridad y fluidez y no se aíslan de todos.

Muchos jóvenes se sienten inseguros de cómo se ven, de su cuerpo, de su voz, de lo que otros piensan de ellos, ¡pero tenemos que decir basta! Los jóvenes del reino pelean contra el ídolo de la «imagen» porque entienden que no se trata de ellos, sino del Rey. No pueden pasar horas pensando en su peso, su cabello, su maquillaje o sus músculos.

Por el contrario, crecen en sabiduría y estatura, y van desarrollándose de acuerdo con su edad y mostrando avances según su etapa de vida. Los jóvenes del reino no actúan con actitudes infantiles y conductas inmaduras; es agotador vivir así.

Me temo que muchos jóvenes no están desarrollándose en sabiduría y en estatura. Pero no me sorprende. Satanás los quiere tener así, neutralizados, inmaduros, ingenuos y pensando solo en ellos. Si tu juventud se caracteriza por peleas, pleitos que te hacen odiar a tus padres, hermanos y otros, me temo que estás en una parálisis de crecimiento que te va a afectar muchísimo. Jesús dice: «Así, todo árbol bueno da frutos buenos; pero el árbol malo da frutos malos» (Mt 7:17).

La salvación no es un juego, es algo serio, y el evangelio del reino demanda que sus ciudadanos se caractericen por un crecimiento en sabiduría y estatura. Esto quiere decir que, conforme vas creciendo, también vas madurando. Jesús lo hizo así, y debido a que Él es el modelo perfecto, nosotros debemos imitarlo también. Crece en sabiduría.

Segundo, los jóvenes del reino crecen en gracia para con Dios y los hombres.

Esto quiere decir que Jesús crecía en Su relación para con Dios, había comunión con Su Padre y el resultado era una buena relación con otros humanos. La vida de Jesús en la tierra nos muestra la manera en la que los jóvenes deben vivir. No sé por qué, pero parecería que los jóvenes son presa fácil para hacerlos «ignorantes» de la Palabra. Pero la Biblia enseña lo opuesto.

Dios usa a los jóvenes para Su reino. No quiere decir que Dios no usa a los adultos, ancianos o niños. Pero tenemos que entender que Dios quiere usar la fuerza, la energía y la salud de los jóvenes para Sus propósitos eternos. Por eso, Pablo le dice al joven Timoteo: «No permitas que nadie menosprecie tu juventud» (1 Ti 4:12). El mundo ofrece suculentos platillos, pero solo aquellos que resisten al diablo podrán tener una juventud como la de Jesús (Stg 4:7).

El verdadero ciudadano del reino de Dios es ciudadano porque sus obras dan evidencia externa de un cambio interno

Crecer en gracia para con Dios habla de una cercanía con Él, de una verdadera relación que va más allá de solo identificarte como «cristiano». El cristianismo nominal es un veneno que debe ser evitado a toda costa. Tienes que decidir si la fe de tus padres es tuya también. Tienes que leer la Biblia por ti mismo, cultivar tus convicciones y darte cuenta de que no eres cristiano solo porque dices serlo.

El verdadero ciudadano del reino de Dios es ciudadano porque sus obras dan evidencia externa de un cambio interno. El joven del reino es un hombre o mujer que ama a Dios más que a cualquier otra cosa. Lo ama con tanta hambre y sed que encuentra solo en Él un festín de bendición celestial (Mt 5:6). Esta clase de relación con Dios produce una buena relación con otros.

Sé un joven que crece en gracia para con Dios y los hombres. No puedes decir que tienes una buena relación con Dios y, al mismo tiempo, tener una pésima relación con otros. Ama a Dios por sobre todas las cosas y luego ama a tu prójimo como a ti mismo.

La juventud fue destrozada por Adán, pero en Cristo, fue redimida y, en Su misericordia, nos ha dejado las herramientas necesarias para ser jóvenes piadosos, hechos a la imagen de Jesús. Tus días están contados en la tierra y pronto estarás delante de Él, y si te vistes de Él, verás que no cometiste un error. Amén.


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