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Como pastor en un campus universitario secular, utilizo la apologética a diario en mi ministerio. De vez en cuando, me preguntan qué «escuela» o «método» prefiero seguir (clásico, presuposicional, etc.), y tengo que ser honesto: me he beneficiado de personas de diversas disciplinas.

Estoy convencido de que el modo de apologética que utilices será consecuencia de tu teología básica y, si la santidad no es el centro de tu teología, te desviarás del camino.

Esto es lo que encontramos en el texto clásico sobre apologética de la carta del apóstol Pedro, en el que anima a sus lectores:

Pero aun si sufren por causa de la justicia, dichosos son. Y no tengan miedo por temor a ellos ni se turben, sino santifiquen a Cristo como Señor en sus corazones, estando siempre preparados para presentar defensa ante todo el que les demande razón de la esperanza que hay en ustedes. Pero háganlo con mansedumbre y reverencia, teniendo buena conciencia, para que en aquello en que son calumniados, sean avergonzados los que hablan mal de la buena conducta de ustedes en Cristo. Pues es mejor padecer por hacer el bien, si así es la voluntad de Dios, que por hacer el mal (1 P 3:14-17).

La apologética es fundamentalmente una cuestión de testificar con sabiduría, «dar una razón» para la esperanza cristiana que hay en ti de una manera particular. Según Pedro, lo central de esta práctica es tu capacidad para «santificar a Cristo como Señor» en tu corazón, y esa es la razón por la cual lo ordena.

¿Por qué es tan crucial para nuestra práctica de la apologética el enfoque en la santidad de Cristo? En este artículo, primero ofreceré juicios exegéticos sobre lo que significa santificar a Cristo. En segundo lugar, reflexionaré sobre cómo esa postura del corazón se traduce en nuestra práctica concreta de la apologética en nuestra era secular.

¿Qué significa “santifiquen a Cristo como Señor”?

Debemos comprender lo que Pedro está haciendo tras bastidores en el texto. Como han señalado estudiosos tan antiguos como Juan Calvino, Pedro alude a Isaías 8. En ese pasaje, el reino del sur, Judá, se enfrenta a una inminente invasión de naciones hostiles del norte: Aram, el reino del norte de Israel e incluso Asiria.

Justo antes de esto, el Señor asegura al rey Acaz de Judá, a través de Isaías, que el consejo de las naciones no prevalecerá porque Dios está con Su pueblo (vv. 9-10). Por esa razón, Isaías y quienes lo escuchan no deben mirar a sus enemigos y temer lo que ellos temen, ni estar aterrorizados. Dios dice: «Al SEÑOR de los ejércitos es a quien ustedes deben tener por santo. / Sea Él su temor, / Y sea Él su terror» (vv. 12-13).

Se le dice al pueblo de Judá que, en lugar de temer a los poderes terrenales, a otras naciones o a sus reyes, deben «temer» —respetar, honrar, dar el máximo peso— al Señor. Esto es lo que significa «santificarlo»: es apartar a Dios al reconocerlo como el Señor, el Rey de los ejércitos celestiales, el que está sentado sobre los querubines, alabado por los serafines (6:3); el fuego consumidor de Israel, la llama divina cuya gloria consume a Sus enemigos (10:17); el Poderoso cuyo brazo santo había redimido a Su pueblo una y otra vez (52:10).

Santificar al Señor es reconocer que solo Él es Dios Todopoderoso y que solo Él es su última esperanza frente a estos insignificantes poderes terrenales.

Santificar al Señor es reconocer que solo Él es Dios Todopoderoso y que solo Él es la última esperanza

Pedro tiene en mente este contexto e insta a sus lectores que sufren a que se animen de la misma manera. A pesar de los poderes terrenales que se alinean contra ellos, no deben «tener miedo» (1 P 3:14), porque sus oponentes solo pueden matar el cuerpo. En cambio, deben temer a Aquel que es Señor sobre el cuerpo y el alma: Jesucristo (Mt 10:28). En 1 Pedro 3:14, el apóstol modifica la traducción de la Septuaginta (griega) de Isaías 8:13 añadiendo «en Cristo» (ton Christon). Karen Jobes señala que, al hacerlo, Pedro «identifica libremente a Jesucristo con el Señor, Yahvé del [Antiguo Testamento]».

¿Cuál es el beneficio de toda esta exégesis? En el núcleo de nuestra capacidad para dar testimonio de la esperanza que tenemos dentro de nosotros se encuentra una comprensión básica y una postura del corazón, la mente y el alma para honrar a Jesús como Dios, el Santo, el poder que está por encima y más allá de todos los poderes terrenales.

¿Qué significa «santificar a Cristo como Señor» en la apologética?

¿Cómo nos ayuda en la tarea apologética el hecho de mantener al Señor Jesús como nuestro temor? Aunque podríamos extraer varios principios, tres nos vienen a la mente basándonos en la advertencia de Pedro.

1. Disposición para sufrir

Santificar a Cristo nos da la disposición para sufrir, porque corta de raíz lo que tanto socava nuestra práctica apologética: el simple temor al hombre. Pedro anima a los creyentes a no temer lo que puedan sufrir a manos de sus oponentes si dan a conocer su esperanza. En el caso de los cristianos de Asia Menor, la tentación de mantener su fe en privado surgió ante la amenaza de violencia, pérdida de propiedades, calumnias públicas e incluso la muerte.

La mayoría de los cristianos en el Occidente contemporáneo y poscristiano no se enfrentan a la pérdida de sus vidas. Pero la calumnia y, en algunos casos, la pérdida del empleo o el encarcelamiento ocasional pueden ser una amenaza. De todos modos, la pérdida de prestigio, la pérdida de relaciones o la pérdida de respeto en el lugar de trabajo, el aula o el hogar pueden ser una amenaza suficiente para que muchos de nosotros guardemos silencio sobre la esperanza que hay en nosotros.

Al trabajar con estudiantes en una universidad laica, no puedo decir cuántas veces escucho que el miedo a ser percibidos como raros, intensos o incultos es lo que impide a las personas compartir su fe o incluso invitar a alguien a la iglesia. Esto puede ser un peligro particular para la ansiedad de la generación Z en torno al conflicto social y la incomodidad interpersonal.

Para aquellos que sí se expresan y se dedican a la apologética, el miedo a perder la respetabilidad puede tentarnos a hacer concesiones en puntos intelectuales o morales que no sostenemos o a manipular doctrinas «periféricas» o «secundarias» (que casualmente son temas candentes en la cultura actual) con el fin de «compartir el evangelio». Esto puede ser una tentación particular para quienes se dedican a la apologética «cultural», al tratar de estar en sintonía con los vientos de la cultura para transmitir no solo la verdad del evangelio, sino también su belleza y bondad.

El miedo a ser percibidos como raros, intensos o incultos es a menudo lo que impide a las personas compartir su fe

Sin embargo, estos intentos de evasión son simplemente una forma de cobardía intelectual. Es un miedo a los «filósofos de la época» y una falta de convicción de que Jesús, el Santo, es la necedad de Dios, que es más sabia que la sabiduría humana (1 Co 1:25). Temer a Jesucristo como santo incluye recordar que la principal revelación de la santidad de Jesús —Su muerte expiatoria y resurrección, por las que sufrió y venció todo lo que más podíamos temer— es verdaderamente el poder de Dios para la salvación.

Temer al hombre también significa que hemos olvidado la bienaventuranza para aquellos que sufren por causa de la justicia, por santificar el nombre de Jesús, haciendo eco de su Señor (Mt 5:12). Si nuestro temor es Jesús, sabemos que no podemos perder nada que Su poder no pueda restaurar cien veces más en el día venidero de la vindicación (19:29). Esto incluye nuestros trabajos, nuestras reputaciones e incluso la rareza en nuestras relaciones con nuestros compañeros de cuarto.

2. Con mansedumbre y reverencia

Temer a Cristo como santo también se manifiesta en nuestra capacidad para defender la fe con «mansedumbre y reverencia» (1 P 3:15). Esto puede resultar sorprendente, ya que es intuitivo que el temor a los hombres y a lo que pueden hacer nos impida estar dispuestos a dar una respuesta públicamente. Pero ¿qué papel desempeña el temor a la hora de hacerlo con reverencia?

Al reverenciar y honrar a Cristo, estarás atento para honrar a las personas creadas a Su imagen, bendiciendo y no maldiciendo, incluso en respuesta a sus maldiciones (Stg 3:9-10; Mt 5:11-12). Esta atención también incluye honrar el hecho de que están creados con capacidades racionales que no deben ser secuestradas con tácticas baratas y de alta presión, sino abordadas con apelaciones que honren tanto los afectos como el intelecto (o, para tomar prestadas las dicotomías modernas, los enfoques del hemisferio derecho e izquierdo del cerebro).

Los intentos más beligerantes e irrespetuosos de defender la fe a menudo provienen de una falta básica de confianza en el poder de Cristo para convertir o de una falta de seguridad en la verdad del evangelio. Algunas de las veces en que me he sentido más tentado a fanfarronear, intimidar, hablar con desdén o involucrarme en argumentos ad hominem surgen de la preocupación de que mi argumento no esté funcionando.

La realidad es que no me gusta estar equivocado (o que me demuestren que estoy equivocado), así que el orgullo pecaminoso humano se mezcla con mi testimonio, haciendo que mi gloria, en lugar de la gloria de Cristo, sea el objetivo de mi corazón. Al comentar el pasaje de 1 Pedro, Calvino dice: «A menos que nuestras mentes estén dotadas de mansedumbre, las contiendas estallarán inmediatamente».

En otros casos, mi ira ansiosa revela que me cuesta creer que Cristo sea realmente santo, que es Su poder, y no mi capacidad de persuasión, lo que salva al pecador. Pero cuando recuerdo que «la salvación es del SEÑOR» (Jon 2:9), esta seguridad me permite dar lo mejor de mí para dar testimonio de mi Señor y confiarle a Él los resultados.

En ese momento apologético, mi temor debe estar en el Dios que se vindica a Sí mismo y santifica Su propio nombre (Ez 39:7). Recuerda esa famosa frase, basada en las palabras de Charles Spurgeon: «La Palabra de Dios es como un león. No tienes que defender a un león. Lo único que tienes que hacer es dejarlo suelto, y el león se defenderá solo». La apologética que santifica a Cristo como Señor ve al apologista no como el principal impulsor del evento, sino como un siervo del Señor, una herramienta en manos de su siempre eficaz Maestro.

La humilde confesión de C. S. Lewis al final de su conferencia sobre la defensa de la fe siempre me deja sin palabras:

He descubierto que nada es más peligroso para la propia fe que el trabajo de un apologista. Ninguna doctrina de esa fe me parece tan espectral, tan irreal, como aquella que acabo de defender con éxito en un debate público […]. Por eso los apologistas ponemos nuestras vidas en nuestras manos y solo podemos salvarnos alejándonos continuamente de la red de nuestros propios argumentos, así como de nuestros encuentros intelectuales, en la Realidad: nos alejamos de la apologética cristiana para acercarnos a Cristo mismo.

3. Con buena conciencia

Santificar a Cristo como Señor y mantenerlo como nuestro temor nos permite proceder con la conciencia limpia. Esto es una consecuencia de los dos puntos anteriores en varias maneras.

En primer lugar, cuando procedes con mansedumbre y reverencia por temor a Cristo, hay menos probabilidades de que tus oponentes puedan reprocharte algo con razón. (Digo menos probabilidades porque incluso Pablo admite que una conciencia limpia puede no indicar una conducta realmente perfecta; 1 Co 4). Este punto podría ampliarse en profundidad, pero un componente clave para responder a la esperanza interior es un carácter creíble y consistente con esa esperanza, que empieza a convertir las acusaciones de los críticos en calumnias inverosímiles.

Mi ira ansiosa revela que me cuesta creer que Cristo sea realmente santo, que es Su poder, y no mi capacidad de persuasión, el que salva al pecador

En segundo lugar, querer honrar a Cristo como santo en todas las cosas mantiene nuestro enfoque en Aquel ante quien realmente rendimos cuentas. Sí, estamos dando testimonio a nuestro prójimo, pero lo hacemos frente al Señor Jesús. Aunque nunca quiero añadir una ofensa innecesaria al evangelio, si mi principal temor es Cristo, y no la sensibilidad moral herida (y quizás agresiva) de los demás, daré un testimonio claro de la verdad de Su Palabra lo mejor que pueda.

En tercer lugar, intentar tener una buena conciencia al dar testimonio de Cristo también te motivará a involucrarte en la preparación para hacerlo. Es correcto y bueno confiar en que el Espíritu Santo te dará las palabras que necesites el día en que seas arrastrado ante las autoridades (Lc 12:11-12). No obstante, eso no excluye una preparación oportuna y razonable para ese día mediante el estudio de las Escrituras, la lectura de obras apologéticas, el crecimiento en tu conocimiento de teología, etc., para que realmente tengas una respuesta a la mano.

Finalmente, santificar a Cristo como Señor implica constantemente recordar que Él es quien «murió por los pecados una sola vez, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios» (1 P 3:18) y que esta es la fuente última de nuestra conciencia limpia delante del Padre. A fin de cuentas, esto nos mantiene humildes ante nuestros oponentes, sobre quienes no tenemos nada de qué jactarnos, y nos llena de entusiasmo por dar testimonio de Su gracia.

“En sus corazones”

El llamado de Pedro a santificar a Cristo como Señor no es una mera abstracción, sino que tiene sus raíces en su encuentro con la santidad de Jesús en Lucas 5 y su reafirmación en Juan 21.

Cuando Pedro fue testigo por primera vez del poder divino de Cristo en la pesca milagrosa, cayó de rodillas como Isaías ante el trono (Is 6) y exclamó: «¡Apártate de mí, Señor, pues soy hombre pecador!» (Lc 5:8). Pedro reconoció a Jesús no solo como maestro, sino como el Santo, exponiendo su indignidad incluso cuando le llamaba a una nueva vida como pescador de hombres. Y después de la resurrección, cuando Jesús se encontró con él junto al mar de Tiberíades con otra pesca milagrosa, al otro lado de la cobarde falta de disposición de Pedro a sufrir, fue una señal visible y llena de gracia del poder santo de Jesús, quien seguía obrando y estaba a su disposición.

Ese mismo asombro reverente moldeó el llamado de Pedro a ser testigo, temiendo a Cristo por encima de todo. Así como Pedro pasó del fracaso temeroso al testimonio fiel, también nosotros estamos llamados a dejar que la santidad de Cristo nos infunda valor, liberándonos del temor al hombre y empoderándonos para dar testimonio con valentía y humildad. Cuando anclamos nuestra apologética en la visión transformadora del poder de Cristo, Su majestad, Su gloria única, no defendemos simples argumentos, sino que damos testimonio del Señor vivo, el único que es digno de nuestra máxima confianza.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por María del Carmen Atiaga.
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