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En la Epístola a los Hebreos encontramos una importante y contundente afirmación acerca de nuestro Dios: “Jesucristo es el mismo ayer y hoy y por los siglos” (Heb. 13:8). Puesto que Cristo es el mismo, y por supuesto Dios es un Dios eterno (Salmo 90:2), vamos a encontrar muestras de aquel evangelio de los siglos (Ap. 14:6) desde el principio de las Escrituras, aun desde el libro de la Creación. Cuando leemos Génesis 3:8–4:25, nos damos cuenta que Dios, por medio de aquella Palabra que creó todas las cosas, ahora viene por la misma Palabra a dar el primer mensaje de redención a la humanidad. Este mensaje es conocido como el protoevangelio, que significa “el primer evangelio”.

Dios ante el pecado

Lo primero que tenemos que resaltar de este suceso es la actitud de Dios ante la caída de Adán y Eva:

“Y oyeron al SEÑOR Dios que se paseaba en el huerto al fresco del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia del SEÑOR Dios entre los árboles del huerto. Y el SEÑOR Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás?”, Génesis 3:8-9.

Sorprendentemente, la primera acción de Dios en esta narrativa fue hacerles sentir Su presencia, tal y como lo hacía a menudo con ellos. No llegó regañando, vociferando, asustando, sino que llegó de manera apacible (cp. 1 Reyes 19:11-12). Llegó a platicar con ellos. Dios se les acercó en amor.

Ahora bien, la actitud de amor de Dios no pasa por alto Su santidad ni elimina las consecuencias del pecado. Dios maldice al hombre –y en él, la tierra (Gn. 3:17-19)–, diciéndole que con sudor comería todos los días y que espinas y abrojos produciría la tierra, es decir que la tierra ya no sería un lugar de descanso y de reposo para la humanidad caída. También maldice a la mujer (Gn. 3:16), multiplicando el dolor de parto y con un deseo de controlar o dominar al marido, terminando ella siendo dominada.

Él también maldice a la serpiente de una manera importante. Al animal le dijo que reptaría y comería polvo toda su vida. Pero luego profetizó el fin y la derrota eterna de Satanás diciendo: “Y pondré enemistad entre tú y la mujer, y entre tu simiente y su simiente; él te herirá en la cabeza, y tú lo herirás en el calcañar”. Claramente Dios está anunciando a Cristo, aquel “nacido de mujer” (Gá. 4:4), llamándolo “la simiente” de ella. Él profetizó su sufrimiento y aun su muerte en la cruz (herida en el calcañar), pero eso implicaría a su vez la derrota de Satanás en la consumación de los tiempos por medio del Cristo resucitado. Aquí vemos claramente anunciado ese protoevangelio.

Dios de toda gracia

En este pasaje podemos notar que Dios no solo mostró su justicia al maldecir, sino que mostró su gracia al ofrecer redención.

Al maldecir a Satanás y anunciarle su derrota y el fin de su reino parásito en este mundo, Dios estaba anunciando la liberación y redención de la humanidad, así como la restauración de todas las cosas. Lo que para Satanás fue el anuncio de su derrota, para los escogidos fue de su redención; la simiente de la mujer, Cristo Jesús, sería el vencedor sobre Satanás y a la vez nuestro Salvador y Redentor. Esta promesa nadie la merecía, pero Dios libremente la prometió por gracia soberana.

En las mismas maldiciones sobre Adán y Eva vemos implícita su gracia común, pues aunque la mujer no merecía ya tener hijos, Dios le permitió tenerlos con dolor. Es por esto que ahora la humanidad caída puede experimentar la gracia de ser padres, aunque realmente no lo merezcamos. De igual manera con Adán, que aunque sea con sudor y trabajo, podía seguir comiendo. Hasta el día de hoy, sigue saliendo el sol sobre justos e injustos. Tampoco podemos pasar por alto que Dios no dejó al hombre en su desnudez o su intento de vestidura de hojas: Él les hizo vestiduras de pieles y los vistió (Gn. 3:21)[1].

¿Fueron salvos Adán y Eva?

La justificación es por medio de la fe en Jesús. Aun en el Antiguo Pacto, la salvación era por creer en el Mesías prometido y no por cumplir la ley de Moisés. De igual forma es en Génesis: la salvación vendría por creer por fe en esa “simiente de mujer”. Entonces, ¿creyeron ellos este mensaje? La respuesta podemos encontrarla en las acciones después de la caída.

¿Qué hizo Adán inmediatamente después de escuchar el protoevangelio? “Y el hombre le puso por nombre Eva a su mujer, porque ella era la madre de todos los vivientes” (Gén 3:20). En lugar de volverla a acusar, Adán le cambió el nombre a su esposa a uno que significa “vida”. Lo hizo porque él comprendió por medio de ese protoevangelio que por la “simiente de su mujer” es que la muerte eterna sería removida y el pecado perdonado. Por tanto le nombró Eva, pues estaba convencido ahora que ella era madre no de “muertos” sino de “vivos”.

Eva igualmente creyó al primer evangelio. Vemos que no solo siguió y se sometió a su esposo por mandato de Dios, sino que cuando nació su primer hijo, ella exclamó en Génesis 4:1: “He adquirido varón con la ayuda del SEÑOR”. Eva bendijo al Dios Creador, ya que al creer en la simiente victoriosa prometida, ella esperaba con ansías tenerlo algún día con “ayuda del Señor”.

¿Qué enseñanza nos da el protoevangelio al evangelio de la gracia?

Sobre la naturaleza del mensaje, vemos que el evangelio trata acerca de Jesucristo (Rom.1:1-2). Toda la Biblia habla acerca de Él (Lc.24:26-27;44-49). Jesús no solo es el Salvador, no solo el mediador del pacto (Heb. 8:6;9:15;12:24) sino que Él mismo es el Pacto de Dios, Él mismo es el evangelio (Isa. 42:6-7). Así que predicar el evangelio es predicar las Sagradas Escrituras, exponiéndolas de manera que todos comprendan la naturaleza, la obra, las enseñanzas y mandamientos de Cristo Jesús para salvación.

También podemos ver que el evangelio no es “justicia” sola, ni tampoco “gracia” sola, sino ambas. Nosotros predicamos tanto el pecado y sus consecuencias como la gracia del perdón ofrecida al pecador por medio de Jesús. Ley y gracia; justicia y misericordia, ambas verdades componen el mensaje del evangelio.

Porque todas las cosas fueron creadas por la Palabra de Dios, solo por la misma Palabra pueden ser restauradas y redimidas. Por eso dice 1 Corintios 1:21: “Y ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios por medio de la sabiduría; agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación”. Solo por medio de la locura de la predicación acerca del Señorío y preeminencia de Cristo es que hay salvación. Esta es la razón por la que nos congregarnos y discipulamos, porque desde Génesis Dios determinó el evangelio para nuestra salvación y santificación (Jn.17:17), para Su gloria y nuestro bien eterno.


[1] Muchos entienden que al cubrirles de pieles, Dios hizo un sacrificio animal, haciendo expiación por el pecado de Adán y Eva.
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