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Cuando leemos el Nuevo Testamento encontramos referencias a distintas monedas. Varias de ellas pertenecían a sistemas monetarios diferentes, pero que circulaban simultáneamente en cada ciudad del Imperio Romano.

En los días de Jesús, un ciudadano hebreo podía tener monedas romanas (con denarios entre ellas), griegas, y judías.[1] Estas tres clases de monedas eran las principales en la región palestina, dominada por los romanos. Además, circulaban monedas fenicias y egipcias.

Esto fue posible por la dinámica de conquista y asimilación cultural del Imperio Romano. Mientras introducían sus instituciones, costumbres, y lengua (sobre todo a nivel administrativo), los romanos permitieron a los diferentes pueblos conservar algunos elementos de su cultura, como las monedas.

La moneda del César

El denario era una moneda romana de plata, cuyo peso estimado era un cuarto del siclo del santuario (4 g, aproximadamente). Su valor representaba el salario diario de un trabajador y era considerado equivalente al dracma (moneda griega).[2]

Casi todas las menciones del denario ocurren en los Evangelios.[3] Una de las más notorias es la ocasión en que algunos fariseos y herodianos interrogaron a Jesús con malicia: “¿Está permitido pagar impuesto a César, o no?”. Señalando un denario, Jesús les devolvió la pregunta: “¿De quién es esta imagen y esta inscripción?” (Mt. 22:15-22; Mr. 12:13-17; Lc. 20:19-26).

La respuesta de Jesús resalta una de las características del denario, esto es llevar las efigies y los títulos del monarca reinante.[4] También manifiesta que se usaba para pagar los impuestos.

El jornal de los obreros

Las otras ocasiones en que vemos esta palabra en la Biblia están relacionadas con su valor, estimado igual al salario diario de un trabajador (o jornal). Por ejemplo, es utilizada para referirse al costo de algo. Alimentar una multitud, en la mente de los discípulos correspondía a 200 denarios o más (Mr. 6:37; Jn. 6:7). El perfume derramado a los pies de Jesús fue valorado por Judas en 300 denarios (Mr. 14:5; Jn. 12:5). En ambos casos, esas cantidades representan una cantidad enorme de dinero.

En este mismo sentido, el denario también aparece en algunas parábolas de Jesús: Parábola de los dos deudores (Mt. 18:23-35), Parábola del buen samaritano (Lc. 10:30-37), y la Parábola de los obreros de la viña (Mt. 20:1-16). Esta última es bastante notable porque de allí se desprende con claridad que un denario es igual a un jornal.

Las monedas, un indicador cronológico

Las monedas sirven en la narrativa histórica para identificar la ubicación cronológica de eventos. Sus menciones en los Evangelios nos dan una idea sobre los días en que Cristo, Dios hecho hombre, transitó sobre la tierra para redimirnos y transformar nuestras vidas. Como la actitud del hacendado con los obreros de la parábola (Mt. 20:1-16), así el Señor nos ha mostrado su gracia y soberanía al salvar pecadores como nosotros.


[1] Joseph Jacobs, A. Porter. Denarius. Jewish Encyclopedia [texto en línea]. En Judea los procuradores emitieron pequeñas monedas de bronce para uso local, continuando con la acuñación hebrea. Aunque estas monedas tenían el nombre del emperador reinante (o de otro miembro de la familia imperial) y el año de reinado, no llevaban la efigie imperial ni figuras de seres vivos.
[2] Ídem.
[3] Excepto Apocalipsis 6:6: “Y oí como una voz en medio de los cuatro seres vivientes que decía: ‘Un litro de trigo por un denario, y tres litros de cebada por un denario, y no dañes el aceite y el vino’”. Visión de la apertura del tercer sello.
[4] Joseph Jacobs, A. Porter. Denarius. Jewish Encyclopedia [texto en línea].
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