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¿Has sentido como que la vida avanza mientras tú solo eres un espectador atascado en el mismo lugar?

Hay muchas circunstancias que pueden hacernos sentir de esta manera: relaciones importantes que se rompen, diagnósticos inesperados o incluso la muerte de alguien que amamos. Son situaciones que nos causan un profundo dolor y nos tientan a aferrarnos a algo o a alguien a tal punto que nos quedamos estancados en vez de aceptar la respuesta de Dios.

En la Biblia encontramos a alguien que vivió una circunstancia como esta. Su ejemplo nos enseña cómo seguir adelante en medio del dolor y aceptar la voluntad de Dios aun cuando parece difícil.

Un hijo moribundo

En 2 Samuel 12, el rey David es confrontado por su pecado. Él había tomado a la esposa de otro hombre y, como si eso no fuera suficiente, también causó la muerte de su marido. Entonces el Señor envió al profeta Natán para hacerle ver, mediante una parábola, el pecado que había cometido. Aunque David se arrepintió, su pecado tuvo varias consecuencias y una de ellas fue que su hijo recién nacido moriría.

Cuando el hijo enfermó, se cuenta que David «rogó a Dios por el niño; y ayunó, y fue y pasó la noche acostado en el suelo» (v. 16).

David sabía que Dios había herido al niño como consecuencia de su pecado, pero aun así decidió pasar siete días orando y ayunando por su hijo. Me parece que en esta primera acción de David, ante la calamidad que le había llegado, encontramos una enseñanza para nosotros: David conocía a su Dios y sabía que Él es misericordioso y poderoso para obrar milagros.

En medio del dolor de la horrenda realidad de perder a su hijo por su pecado, no buscó sus propios medios de salvación. No puso toda su esperanza en médicos de la época, ni buscó la ayuda de adivinos o curanderos que vinieran e hicieran algo para que su hijo no muriera. David fue con el único que podía obrar un milagro y llevó su petición delante de Él. Además, David conocía el corazón de su Dios. A pesar de que era Dios quien había herido al niño, David sabía que podía clamarle por misericordia.

Dios respondió que no, pero en lugar de hundirse en el dolor o quedarse estancado, David se levantó, adoró al Señor y siguió adelante

En medio de nuestras circunstancias dolorosas, y de aquellas que muchas veces parecen imposibles de resolver, podemos clamar al único que obra milagros y que siempre está dispuesto a recibir nuestras oraciones. ¿Quieres ver una relación restaurada? ¡Ora! ¿Quieres ver una enfermedad sanada? ¡Ora! Dios nos invita a acercarnos y pedirle como un hijo lo hace con su padre.

Pero la historia no termina ahí. David pasó siete días orando y ayunando, y Dios le respondió con un no. Su hijo murió. Y esta fue la segunda acción de David:

Pero viendo David que sus siervos susurraban entre sí, comprendió que el niño había muerto, y dijo a sus siervos: «¿Ha muerto el niño?». «Ha muerto», respondieron ellos. Entonces David se levantó del suelo, se lavó, se ungió y se cambió de ropa; entró en la casa del SEÑOR y adoró. Después vino a su casa y cuando pidió, le pusieron comida delante y comió (vv. 19-20).

No perdamos de vista lo que pasó: el hijo de David había muerto y él sabía que era por consecuencia de su pecado. Imagina el dolor tan grande que debió estar experimentando. Sin embargo, su accionar nos sorprende y, una vez más, nos muestra un corazón que conoce y confía en el Señor.

David recibió una respuesta negativa, pero en lugar de hundirse en el dolor, en lugar de quedarse pensando en todo lo que pudo haber sido diferente, en lugar de quedarse estancado, se levantó, adoró al Señor y siguió adelante.

Aceptando la respuesta de Dios

David reconoció que Dios había mostrado Su voluntad y aceptó Su respuesta.

En medio de circunstancias dolorosas, estamos tentados a aferrarnos a aquello que Dios nos ha quitado o nos ha dejado ver que no nos dará. Quizás nos escondemos detrás de la negación o estemos confiando en nuestros esfuerzos por recuperar lo que perdimos, aunque en realidad no lograremos cambiar la situación. En esos momentos dolorosos de la vida necesitamos confiar en la respuesta negativa de Dios, y por lo general se ve así: Aceptar — Adorar — Seguir adelante.

Nuestra esperanza no está en nuestras circunstancias, sino en el Dios que siempre es fiel en medio de ellas

Esta aceptación no viene como quienes simplemente acatan el decreto de un tirano, sino como hijos que saben que tienen un padre que está detrás de su bien. Dios es el Padre que entregó a Su propio Hijo para salvarnos y quien, aun en medio del dolor, nos permite encontrar consuelo en Él y esperanza para seguir adelante.

Aceptar la respuesta de Dios no significa que debemos reprimir el dolor. No significa que no podamos llorar por aquello que perdimos. En cambio, significa que por fe reconocemos que, cuando Dios ha mostrado Su voluntad, podemos descansar en que esta es mejor que aquello que nosotros hubiéramos escogido.

Recuerda: siempre puedes clamar al Dios que obra milagros y recibe tu oración. Puedes llevar delante de Él aquello que anhelas, aquello que te duele y aquello que quisieras que fuera diferente, confiando en que Él hará Su buena voluntad.

Y cuando Él responda, aun cuando Su respuesta sea diferente a la que esperabas, puedes levantarte, adorarlo y continuar. Nuestra esperanza no está en nuestras circunstancias, sino en el Dios que siempre es fiel en medio de ellas.

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