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Primero, fue la abuela Loida. Luego, fue mamá Eunice. Por último, el «hijo en la fe» del apóstol Pablo: Timoteo. En 2 Timoteo 1:5, Pablo celebra a Timoteo y el linaje de «fe sincera» que vivió primero en su abuela y su madre.

Cada generación debe recibir el evangelio, la fe cristiana «que de una vez para siempre fue entregada a los santos» (Jud 1:3), y luego transmitir fielmente ese evangelio, sin cambios. Pero ¿cómo se produce esta transmisión? ¿Cuál es el papel de la iglesia? ¿El papel de la familia? ¿Qué prácticas hacen que un traspaso exitoso sea más probable?

Hace unos años, resumí un estudio de Lifeway Research que encuestó a familias cuyos hijos permanecieron en la fe cristiana durante la adolescencia y los 20 años. Varias prácticas eran comunes en tales familias: la lectura de la Biblia, la oración, el servicio activo en la iglesia y escuchar música cristiana.

Handing Down the Faith: How Parents Pass Their Religion on the Next Generation (Transmitiendo la fe: Cómo los padres transmiten su religión a la próxima generación) de Christian Smith y Amy Adamczyk es un estudio más reciente, publicado por Oxford University Press, que presenta una investigación más amplia basada en entrevistas exhaustivas a seguidores estadounidenses de diferentes religiones. Sus hallazgos apuntan a una perspectiva privada y muy personal de la «fe» que está muy generalizada en la sociedad actual.

¿La gran conclusión? «En nuestra cultura actual, casi todo el mundo está de acuerdo en que los padres son los principales responsables de transmitir la fe y la práctica religiosa. Nuestra iglesia, mezquita o sinagoga es siempre secundaria, desempeñando un papel de apoyo» (31).

Sin importar si creemos que esta suposición es correcta, y aun si estamos en desacuerdo con aspectos del modelo cultural dominante al que se aferran la mayoría de los padres al transmitir la religión, debemos estar atentos a estas conclusiones. Estas dibujan nuestro contexto cultural y señalan el papel fundamental que desempeñamos los padres en la transmisión religiosa.

Aquí hay tres conclusiones destacadas.

1. Los padres religiosos crían hijos religiosos

Por «padres religiosos» no me refiero a los adultos que dicen ser religiosos o que dicen tener «un lado espiritual». Me refiero a los padres que son religiosos en creencias y prácticas, padres y madres cuyas vidas reflejan la importancia de la religión en sus vidas.

Smith y Adamczyk escriben:

«Cuanto más importante es la religión para los padres y cuanto más asisten los padres a los servicios religiosos, más importante se vuelve la religión para sus hijos y más asisten sus hijos a los servicios religiosos, aun años después de que ya no vivan con sus padres» (38).

Sin importar si se dan cuenta, los padres son la fuerza más poderosa que da forma al futuro religioso de sus hijos

Por lo tanto, es probable que los padres con una fe nominal tengan hijos cuya fe sea nominal, si es que la tienen. Por el contrario, los padres cuya fe se manifiesta en la vida diaria y en las rutinas habituales, transmiten un sentido de la importancia de la religión. De cualquier manera, sin importar si se dan cuenta, los padres son la fuerza más poderosa que da forma al futuro religioso de sus hijos.

2. Lo más importante que pueden hacer los padres es hablar sobre la fe en casa

La conclusión más sorprendente de este libro apunta a la enorme importancia de un acto simple: padres hablando con adolescentes sobre asuntos religiosos en casa durante la semana. Sí, las creencias religiosas personales de los padres son importantes. La frecuencia de asistencia a un servicio religioso también es importante. Pero en términos de influencia, hablar de la fe de manera regular en casa es lo más importante (53).

¿Por qué es esto tan poderoso? Smith y Adamczyk especulan que estas conversaciones envían «una poderosa señal a los niños de la importancia personal de la religión» ya que, después de todo, «la gente suele hablar de lo que le importa» (83).

Además, en un mundo que a menudo relega la religión a la esfera privada (como poco más que un «accesorio de identidad personal»), subdividir la fe se convierte en la norma. Hablar de religión con los niños durante la semana rechaza tal división, conectando la religión y haciendo de la fe una parte natural de la vida, un conjunto de creencias que pertenecen a los ritmos regulares de la rutina, no solo a los servicios religiosos (84).

Aquí vemos la afirmación sociológica de un principio establecido en Deuteronomio 6:6-7:

«Estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón. Las enseñarás diligentemente a tus hijos, y hablarás de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes».

En este sentido, todos los israelitas fueron llamados a ser maestros. Debían buscar formas de instruir a sus hijos: oportunidades para transmitir la fe en los ritmos diarios de la vida.

3. Los padres deben hablar el idioma de la fe

En este sentido, Smith y Adamczyk mencionan la importancia del lenguaje religioso. Mientras que hoy en día muchos asumen que la forma de llegar a la próxima generación es descartar el vocabulario religioso tradicional en favor de doctrinas y términos accesibles de manera fácil, es mejor participar en conversaciones que se basen en la singularidad del lenguaje de la fe. Ellos escriben:

«Aprender a creer y practicar una religión, en esencia requiere aprender un segundo idioma, y ​​eso siempre requiere practicar hablar, aun cuando uno está rodeado de hablantes nativos. Entonces, cuando los padres hablan de manera regular con los niños sobre asuntos religiosos en entornos de conversación comunes, eso les brinda a los niños exactamente el tipo de práctica sostenida en el aprendizaje del segundo idioma que es necesaria para que la religión sea sensata y posiblemente interesante» (71).

Si llevas a tus hijos a la iglesia un par de horas a la semana, pero no entablas conversaciones sobre la fe, es como enviarlos a un país extranjero donde escuchan a otras personas hablar otro idioma. No importa cuántos años los lleves a la iglesia, «la mayoría de los niños todavía no podrán hablar más que unas pocas palabras del idioma. No debería sorprendernos si no muestran interés en las visitas prolongadas con sus padres. El idioma seguiría siendo incomprensible y la tierra aún extranjera» (71-72).

Lo más importante que pueden hacer los padres es hablar sobre la fe en casa

Pero si los padres hablan sobre la fe durante la semana, es más probable que los niños aprendan el idioma porque también tienen más oportunidades de hablarlo. Además, es más probable que estén interesados ​​en las verdades transmitidas a través de estas conversaciones, lo que facilita que los adolescentes se sientan atraídos por la misma fe más adelante en la vida.

El poder de Deuteronomio 6

Hay más que decir sobre el lado negativo de este estudio: una perspectiva de sentido común sobre la religión que encaja bien en una sociedad dada al individualismo expresivo, pero no refleja el significado completo de «la fe» que encontramos en las Escrituras. Aún así, hay algo satisfactorio y simple al ver la gran influencia que una práctica que aparenta ser pequeña —conversaciones con adolescentes sobre la fe— puede tener en tu familia. Es el poder de Deuteronomio 6, aún efectivo y en funcionamiento.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición.
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