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El alivio y la confianza suelen ser inmediatos cuando finalmente tomamos una decisión difícil. Después de pasar días, semanas o incluso meses recopilando información, escuchando consejos y procesando en oración ante el Señor, finalmente tomamos la decisión. Firmamos ese contrato de trabajo, hacemos el pago inicial de la casa o recibimos la clase de membresía en la iglesia.

Aunque me gustaría poder decir que esos momentos de alivio luego de tomar una decisión permanecen firmes, a menudo son eclipsados por un enemigo: el miedo.

Las preguntas tipo «¿Qué tal si?» aparecen en nuestras mentes en los momentos más inoportunos. ¿Qué tal si elegí ser miembro de la iglesia equivocada? ¿Qué tal si me uní a la asociación equivocada o elegí la carrera equivocada? ¿Qué tal si me faltó un dato muy importante cuando tomé la decisión? ¿Qué tal si pensaba que estaba escuchando la guía del Señor, pero en realidad estaba buscando la aprobación de mis consejeros de confianza?

Estructuras de temor

El miedo roba el enfoque en la capacidad y la sabiduría de Dios, y erróneamente pone un enfoque miope en el yo. A través del miedo, el yo se eleva tanto que empezamos a creer que una decisión puede frustrar el plan de Dios. El miedo encoge a nuestro Dios infinito y agranda al yo de una manera que roba a Dios la gloria y a nosotros la paz. El miedo olvida que el mismo Dios que dio origen a las galaxias sostiene nuestras vidas. El miedo olvida que «Él es antes de todas las cosas, y en Él todas las cosas permanecen» (Col 1:17).

Afortunadamente, Dios conoce las estructuras de Su pueblo frágil y lleno de temor. No estamos solos en nuestras batallas contra el miedo, la duda y el remordimiento. A través de las Escrituras, Dios continuamente le recuerda a Su pueblo olvidadizo que no debe temer. Cuando Abram tomó la decisión de rechazar una recompensa terrenal, el Señor se le acercó en una visión, diciendo «No temas, Abram, Yo soy un escudo para ti; Tu recompensa será muy grande» (Gn 15:1).

Timoteo, hijo espiritual y discípulo del apóstol Pablo, tuvo momentos de temor y timidez. De la misma manera que Josué, quien fue el sucesor de Moisés, Timoteo sintió el peso del manto que se colocaba sobre sus hombros. Sin embargo, Pablo le recordó que Dios no le había dado un espíritu de temor, sino «de poder, de amor y de dominio propio» (2 Ti 1:7).

Corrie ten Boom sabía un par de cosas sobre el miedo y la preocupación, ya que vivió la ocupación nazi de Holanda y tomó decisiones difíciles para esconder a familias judías en su casa. Tenía amplias razones para preocuparse, pero aprendió, experiencia tras experiencia, que preocuparse por el futuro no lo cambiaba.

Más bien, aprendió de su fiel padre, Casper ten Boom, que Dios nos dará justo lo que necesitamos, justo cuando lo necesitamos. En su libro El refugio secreto, relata el aliento que le dio en un momento de preocupación: «Nuestro sabio Padre celestial sabe también cuándo vamos a necesitar cosas. No te adelantes a Él, Corrie». Nosotros, como Corrie, necesitamos que se nos recuerde con delicadeza que no debemos adelantarnos a nuestro Padre fiel.

Todo pensamiento cautivo

Pablo reconoció con sabiduría la correlación inversa entre el miedo y el dominio propio. Cuando permitimos que los miedos se desborden en nuestros corazones, mentes y vidas, nos roban la paz que Cristo compró para nosotros. Pablo instó a los creyentes en Colosas: «Que la paz de Cristo reine en sus corazones» (Col 3:15). La palabra griega brabeuó, traducida como «reinar», significa literalmente actuar como árbitro. Pablo tomó esta palabra de los juegos griegos con los que sus lectores estarían familiarizados. La imagen que se evoca es la de un árbitro que entra en el corazón humano para poner orden en el lugar donde los miedos y la verdad se disputan la primacía.

Cuando permitimos que los miedos se desborden en nuestros corazones, mentes y vidas, nos roban la paz que Cristo compró para nosotros

Cuando las dudas, los miedos y los remordimientos se agolpan en los espacios de nuestras almas, la Palabra de Dios y Su carácter tienen el propósito de actuar como árbitros, echando los miedos a un lado y preservando la paz que tenemos en Cristo. Al hablar a la iglesia de Corinto, Pablo utiliza otra poderosa imagen con respecto a los pensamientos y temores no deseados. Pablo escribe: «Destruyendo especulaciones y todo razonamiento altivo que se levanta contra el conocimiento de Dios, y poniendo todo pensamiento en cautiverio a la obediencia de Cristo» (2 Co 10:5).

Cuando empezamos a dudar de la bondad de Dios o de Su capacidad para dirigir providencialmente nuestras vidas, es útil considerar la naturaleza misma de nuestro Dios. Como Pablo razonó tan poderosamente con los romanos: «Si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros?» (Ro 8:31). Habiendo provisto a Su Hijo para nuestra mayor necesidad, ¿elegiremos dudar de Su capacidad de proveer para nosotros en las cosas más pequeñas (Rom. 8:32)? Si Dios puede sacar belleza de la cruz a través de la resurrección, ¿no podemos confiar en que haga el bien a través de nuestras decisiones pasadas?


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición.
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