Los líderes son maestros

Nota del editor: 

Este es un fragmento adaptado de Un líder de convicciones: 25 principios para un liderazgo relevante (B&H Español, 2017), de Albert Mohler.

Una de las preguntas más importantes que podemos hacerle a una persona es: “¿Quién ha influenciado más en tu vida?”. Muchos de nosotros señalaremos rápidamente a los padres y luego a un maestro. Si miras prácticamente todas las listas de personas influyentes que se mencionan en este contexto, los maestros van a la cabeza. ¿Por qué? La razón es simple. Los maestros cambian nuestra manera de ver el mundo y suelen cambiar la comprensión que tenemos de nosotros mismos.

Puedo pensar, en este mismo momento, en varios maestros que cambiaron mi vida. Algunos me entusiasmaron con nuevos temas de aprendizaje; otros me alentaron a expandir mis ambiciones. Unos pocos vieron en mí lo que ni yo veía en mí mismo. Los más influyentes cambiaron mi manera de comprender el mundo. Esos maestros me dieron herramientas de aprendizaje que alteraron la trayectoria de mi vida. Aún siguen enseñándome, años después de haber estado en sus clases.

Todo gran líder es un gran maestro, y los más grandes aprovechan cada oportunidad para enseñar bien. Por cierto, las ideas conducen el mundo y las creencias determinan las acciones. El líder que desea producir un cambio a largo plazo, duradero y determinante en una organización, tiene que ser un maestro que lidere y que cambie las mentes para transformar la organización.

El énfasis en el líder como maestro puede ser una novedad en las escuelas de negocios, pero debería ser una acción instintiva en los líderes cristianos. Después de todo, la Biblia eleva la enseñanza como la primera marca de la Iglesia y la ubica como una responsabilidad primaria. La Gran Comisión es un mandamiento a ir y hacer discípulos a todas las naciones, “… enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado” (Mt. 28:20).

Los líderes más eficaces son maestros imparables. Enseñan mediante la palabra, el ejemplo, y por la pura fuerza de la pasión.

Sin embargo, el Nuevo Testamento también contiene una advertencia sobre la mayordomía de la enseñanza y un vigorizante recordatorio de por qué el líder tiene una responsabilidad mayor. Santiago escribió: “Hermanos míos, que no se hagan maestros muchos de ustedes, sabiendo que recibiremos un juicio más severo” (Stg. 3:1). Esta es una declaración importante. Cuando asumimos la responsabilidad del liderazgo, nos exponemos a un estándar superior en el juicio de Dios.

Los mejores maestros contagian su entusiasmo y amor por lo que tratan de enseñar. No debería sorprendernos que, así como su entusiasmo por lo que enseñan es contagioso, también lo sea su llamado a enseñar. La mayoría de los que lideramos y enseñamos lo hacemos porque nuestras propias vidas fueron impactadas por aquellos que nos guiaron y nos enseñaron.

Agustín afirmó que el maestro debe apuntar a movilizar a sus estudiantes, así como el líder debe movilizar a sus seguidores a la acción. Su principal preocupación era lo que significaba movilizar a los seguidores en términos de emoción e interés, pero se preocupaba aún más por que llevaran vidas fieles. Hasta que la convicción no se transforma en acción, no produce ningún cambio en el mundo.

Los líderes más eficaces son maestros imparables. Enseñan mediante la palabra, el ejemplo, y por la pura fuerza de la pasión. Transforman sus corporaciones, instituciones, y congregaciones en organizaciones de aprendizaje. Además, aquellos a quienes lideran son aprendices activos que añaden valor y pasión al trabajo.

Cuando el líder es más eficaz, enseñar y liderar se convierten en una fuerza de energía. Cuando esto sucede, no puedes esperar otra cosa que no sea la transformación.


Imagen: Lightstock.
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