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Siempre me he preguntado qué significa morir dignamente. Ante los intensos debates para regular la eutanasia en Colombia, esta expresión ha sido el enfoque de discusión. También hay otros conceptos que inquietan, como “homicidio por piedad” o “intensos sufrimientos”.

De forma precisa, la Corte Constitucional de Colombia recientemente concibió la eutanasia más allá de una enfermedad terminal: “en el marco del respeto por la dignidad humana, no puede obligarse a una persona a seguir viviendo, cuando padece una enfermedad grave e incurable que le produce intensos sufrimientos, y ha adoptado la decisión autónoma de terminar su existencia ante condiciones que considera incompatibles con su concepción de una vida digna”.

Este argumento suena altruista y comprensivo. Para muchos, incluyendo la decisión de la corte, esta ley es lo mejor. Hay quienes van más allá al decir que “el hecho de impedir que ciertas personas puedan acceder al derecho fundamental, a la muerte digna, dado que viven en circunstancias extremas, sin posibilidades reales de alivio… podría catalogarse como un trato cruel, inhumano y/o degradante por parte del Estado Colombiano”.

Más interesante se vuelve la sentencia de la corte cuando añade: “el derecho a la vida no puede reducirse a la mera subsistencia biológica, sino que implica la posibilidad de vivir adecuadamente en condiciones de dignidad; y que el Estado no cumpliría con su obligación de proteger el derecho a la vida, cuando desconoce la autonomía, la dignidad de las personas y la facultad del individuo de controlar su propia vida”.

Es decir, se debe crear de alguna forma un marco jurídico para que las acciones libres de las personas, como el derecho a morir en condiciones de “intenso sufrimiento”, estén dadas. Al parecer, hay un gran esfuerzo para que haya más libertades en torno a la decisión de cómo y cuándo morir.

El problema en el argumento

Dentro del argumento de la Corte se precisa que “el derecho a morir dignamente no es unidimensional, ni se circunscribe exclusivamente a servicios concretos para la muerte digna o eutanásicos. Abarca el acceso a cuidados paliativos, la adecuación o suspensión del esfuerzo terapéutico o el ejercicio de la voluntad para la terminación de la vida, con ayuda del personal médico, respecto de lesiones corporales o enfermedades graves e incurables, que le producen intensos sufrimientos”.

En otras palabras, “corresponde al paciente elegir la alternativa que mayor bienestar le produce, en el marco de su situación médica, con la orientación adecuada por parte de los profesionales de la medicina, y, en cualquier caso, en ejercicio de su autonomía”.

El problema con este argumento es que despliega un escenario de decisiones subjetivas más allá de la medicina. La asesoría médica guía este tipo de procedimientos, pero al final la decisión la toma el paciente. Ante la limitación de la medicina en el tratamiento de muchas enfermedades, sin más esperanzas, el dictamen médico tiene un efecto persuasivo para que el paciente decida terminar con su vida. Además, con el visto bueno para la eutanasia, se da más vía a las decisiones libres de las personas, las cuales, ante nuestra naturaleza pecaminosa, son egoístas y relativas: ¿Cómo medir el sufrimiento para determinar que es “intenso”? ¿Tiene la medicina la capacidad de proponer el estándar de sufrimiento? El dolor físico es real, muchos lo han experimentado; yo mismo lo he experimentado. Pero ¿qué tan objetivos somos a la hora de asumirlo? Y pensando en la muerte, ¿cuál es el límite?

En cuanto a la dignidad, el problema se intensifica, ya que decisiones como las de la corte son un precedente para que la sociedad determine lo que es la calidad de vida y su propósito. La propuesta es que, ante el sufrimiento, lo mejor es la muerte; este es el mensaje para una humanidad que en todo tiempo sufre. Todo esto está enmarcado en un problema superior: el ser humano procura determinar sobre la vida, como si tuviera la potestad de darla y de quitarla, pretendiendo desplazar al Creador de Su lugar.

La solución del evangelio

No hay duda de que Dios es el primero y el último en decidir sobre la vida (Dt 32:39). Él tiene plena autoridad sobre todo lo existente; todo lo creado es de Él, por Él y para Él (Ro 11:36). El poder sobre la vida está en Sus manos, dándole inicio y fin a cada ser humano (Hch 17:24-26). Las personas fueron creadas para Su gloria, mostrando Su imagen (Gn. 1:26); el Dueño sobre la humanidad es Aquel que la creó para Su propósito. Por lo tanto, la autoridad para decidir sobre la vida, quién vive y quién muere, cuándo vive y cuándo muere, cómo vive y cómo muere, es del Señor de la vida.

La esperanza para acabar con el ‘intenso sufrimiento’ no es la muerte; la esperanza es que el sufrimiento no tenga más lugar en la vida futura, algo que Jesús prometió

Pero ¿dónde queda el sufrimiento? Nuestra actitud de desprecio y rebeldía hacia Dios ha hecho que la vida lleve sufrimiento en sí. La búsqueda de independencia de Dios hace que hagamos con la vida lo que nos plazca, aun decidir cuándo y cómo morir para evitar el sufrimiento. ¿Es la muerte la solución? ¿Es la verdadera salida ante el “intenso sufrimiento”?

He aprendido por la Palabra de Dios que el hombre no ha sido diseñado para morir. Asumimos que la muerte es algo natural en la existencia humana porque todos morimos al final; pero la muerte es antinatural ante el propósito para el cual Dios nos creó: Él quiere que vivamos; otra cosa es que la muerte nos es inevitable por razón de nuestro pecado.

Siendo la muerte nuestra realidad, ¿tenemos el derecho de asumir que la muerte es la puerta de salida al sufrimiento? ¿No hay algo mejor? Mientras alguien sufre intensamente en su cuerpo, ¿no hay algo mucho mejor por ofrecer? La ley divina sí lo hace. Cuánto anhelo que alguien experimente este consuelo, que yo también he disfrutado como creyente en medio del dolor físico, al escuchar: “Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse”. ¿Por qué? “Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora; y no solo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo” (Ro 8:18, 22-23).

El evangelio es la mejor oferta para la dignidad humana, puesto que el ser humano ha sido creado por Dios para vivir y no para morir.

Jesucristo se hizo hombre y vino a morir para que nuestra relación con Dios fuera restaurada, perdonando todos nuestros pecados. Pero Él también fue levantado de entre los muertos para mostrar que la dignidad está en la vida y no en la muerte; que los seres humanos traemos gloria a Dios en vida.

El evangelio es la mejor oferta para la dignidad humana, puesto que el ser humano ha sido creado por Dios para vivir y no para morir

Jesucristo es el redentor para que esta vida continúe a una mejor, natural, sin pecado, sin dolor, sin muerte, tal como el Creador siempre lo quiso. La esperanza para acabar con el “intenso sufrimiento” no es la muerte; la esperanza es que el sufrimiento no tenga más lugar en la vida futura, algo que Jesús prometió: “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron” (Ap 21:4).

¿Qué hacer entonces mientras alguien padece intensos dolores y padecimientos en su cuerpo? ¿Mientras sufre fuertemente? Consolarlo profundamente con la vida después de esta vida. Debemos estar presentes con el que está en medio de sufrimiento y enfermedades incurables, para darle esperanza en Cristo y también para brindarle todo lo humanamente posible para aliviar su dolor y acompañarle en medio de ese trance tan difícil. Al mismo tiempo, hay que advertir celosamente sobre lo que implica la eutanasia y cuáles son sus consecuencias.

La carta magna de mi país afirma que “el derecho a la vida es inviolable. No habrá pena de muerte”. ¿Cuándo se trastornó este derecho para que ahora la muerte sea un sinónimo de dignidad? Es claro que la constitución de Colombia prioriza la vida, pero a como dé lugar se quieren forzar las cosas para dar lugar a la muerte. Que Dios tenga piedad de mi nación para que su gente vea la esperanza en la vida y no en la muerte.

Nota del editor: 

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