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Desde pequeño desarrollé un amor por las historias épicas de guerras, conquistas, espadas, escudos, corceles y flechas. Esas historias fascinantes donde los guerreros muestran su valía en el campo de batalla, que con el correr de los años se vuelven leyendas a contar de generación en generación.

Una estrategia bélica que me asombró siempre fue la del asedio. Esta estrategia consiste en un bloqueo prolongado sobre una fortaleza (una ciudad amurallada o un castillo), con el objetivo final de asaltar la fortaleza cuando esta se debilite, ya sea por el bloqueo de abastecimiento alimenticio, que podía llevar a la ciudad a la hambruna y la rendición, o mediante la fuerza, derribando la muralla con maquinarías de asedio, cavando túneles, o logrando infiltrar infantería dentro de la fortaleza para abrir las puertas desde adentro (algo así como el caballo de Troya).

Pensar en esta táctica me sirve de ilustración a la manera en que actúa el pecado en la vida del creyente. El pecado que mora en nosotros aún (Romanos 7) está en constante batalla contra el Espíritu que también mora en nosotros desde el nuevo nacimiento. Así nos dice Pablo:

“Digo, pues: Andad por el Espíritu, y no cumpliréis el deseo de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne, pues éstos se oponen el uno al otro, de manera que no podéis hacer lo que deseáis. Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley”, Gálatas 5:16-18.

Constantemente somos tentados por ese pecado que aún mora en nosotros. Cientos de ataques diarios son los que cada creyente tiene que resistir (si es que los resiste). Es una oposición constante y activa. Cuando el Espíritu nos dice que guardemos nuestros ojos de ver lo malo, la carne nos anima a satisfacer el deseo de pecado. Cuando el Espíritu nos llama a amar a nuestros cónyuges, el pecado nos llama a tratarlos con aspereza y violencia. Es una batalla que no cesará mientras vivamos, y si no estamos involucrados activamente en ella, estamos a la merced de nuestro enemigo.

La Biblia misma nos muestra el pecado en una posición ofensiva de un asedio constante, esperando derrotarnos violentamente por la fuerza, o por el desgaste. El pecado puede atacarte fuertemente con una gran tentación, o puede desgastarte con cientos de tentaciones pequeñas cada día. Si tu cedes a una, luego cedes a otra, y ya en la tercera no te es tan gravoso, y así sucesivamente el pecado va debilitando tu fortaleza espiritual para conducirte a la derrota y asaltarte sin misericordia.

¿Tentado? ¡No cedas!

El escritor de Hebreos exhorta a creyentes que estaban siendo tentados a ceder en la batalla (Hebreos 12:1-2): 

“Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios”.

¿Cuál es tu postura ante el pecado? ¿Estás luchando activa y ofensivamente contra él? ¿O estás cediendo terreno? No tenemos ningún pasaje en la Biblia que nos permita bajar la guardia ante el pecado; que nos diga: “descansa, ya eres salvo y no debes preocuparte por ello”. ¡No! La Biblia nos llama vez tras vez a perseguir la santidad y a hacer morir el pecado. Nos llama a poner en asedio al pecado y hacerlo morir de hambre. ¿No es una táctica ofensiva lo que nos plantea Dios en Su Palabra?

Fuerzas prestadas

¡Presta atención! Tengo que decirte algo sumamente importante: no tienes poder en absoluto para ganar esta batalla. No es que tenga nada personal contra ti. Yo tampoco tengo las fuerzas necesarias. Así nos dice el Apóstol Pablo:

“Porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis”, Romanos 8:13.

¿Por medio de quién podemos hacer morir las obras de la carne? Por medio del Espíritu de Dios que mora en nosotros. Dios no nos ha dejado sin herramientas ante el asedio del pecado: nos ha dado su Espíritu Santo para que podamos prevalecer y tener victoria en la batalla diaria que tenemos por delante hasta nuestro último día de vida.

El evangelio no solo anuncia que Dios  nos liberta de la pena del pecado, al justificarnos gratuitamente por su Sangre. Por medio de andar en el Espíritu, siendo guiados por Él, viviendo en obediencia a la Palabra de Dios, orando por fortaleza contra el pecado, Dios nos va librando del poder del pecado en nosotros al santificarnos. Y en esta lucha Dios nos ha permitido también participar.

Que el Señor que nos llamó a la santidad nos fortalezca en nuestra batalla diaria contra el pecado, para caminar día a día en gozo, paz, y vida abundante. Tomemos la ofensiva y armemos nosotros un asedio contra el pecado. Que esta reflexión te aliente a luchar en Él, hasta que Cristo vuelva.

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