1 Samuel 27 – 31 y 2 Timoteo 3 – 4
Cuando David y sus hombres llegaron a la ciudad, vieron que había sido quemada; y que sus mujeres, sus hijos y sus hijas habían sido llevados cautivos. Entonces David y la gente que estaba con él alzaron su voz y lloraron, hasta que no les quedaron fuerzas para llorar.
(1 Samuel 30:3-4)
¿Alguna vez has llorado hasta que ya no has tenido fuerza para seguir haciéndolo? ¿Qué nos puede estimular un llanto desgarrador? Quizás, la pérdida de un ser querido, una mala noticia, el desengaño amoroso, el conocimiento de una enfermedad, y tantas otras cosas punzantes que pueden provocar un dolor agonizante en el alma que desemboca en el llanto desolador que no acepta consuelo.
Siempre la manifestación del dolor, nacido de una situación lamentable e intensa, genera un profundo respeto. Justamente, hace muchos años atrás unos arqueólogos ingleses que se encontraban cavando en las arenas de Egipto, hallaron una tumba que había estado sellada durante cuatro mil años. La abrieron, y dentro de una cubierta exterior hallaron un pequeño ataúd de piedra cincelado con una gran delicadeza; sobre la tapa había escrito el nombre de una niña enterrada en él. Hacía muchos siglos dos padres desolados habían depositado allí a su única hija. Los arqueólogos iban a abrir el sarcófago, cuando descubrieron otra inscripción que decía: “¡Vida mía, amor mío, hijita mía, ojalá Dios hubiera hecho que yo muriera en tu lugar!” Los dos arqueólogos guardaron un respetuoso silencio, intercambiaron una breve mirada y sellaron la tumba otra vez. Estaban tan conmovidos por el dolor del mensaje encontrado que no pudieron entrometerse en la intimidad de aquellos padres apenados que dejaron su amor y tristeza en esa pequeña tumba milenaria.
David se encontraba ante una situación desesperada. Él había estado huyendo de Saúl durante muchos años; siempre perseguido, siempre en peligro, pero ahora quería dejar de luchar, había tomado una decisión que le parecía que le produciría la paz tan ansiada: “Entonces David se dijo: Ahora bien, voy a perecer algún día por la mano de Saúl. Lo mejor para mí es huir a la tierra de los Filisteos. Saúl se cansará, y no me buscará más en todo el territorio de Israel, y escaparé de su mano.” (1 Sam. 27:1). La vida se le había vuelto tan dura en su propia tierra que decidió que era mejor vivir bajo el alero de los filisteos, sus más enconados enemigos. El rey filisteo de Gat, Aquis, le dio Siclag como lugar de morada a él, su familia y las familias de sus seiscientos hombres. En el exilio David esperaba fructificar y olvidarse de la triste e injusta persecución a la que fue sometido por el rey Saúl. Pero el dolor también estaba esperándolo en su nueva casa.
Cuando él había salido con su ejército para luchar en una de las tantas batallas en las que se enfrentaba, “…los Amalecitas habían hecho una incursión en el Neguev (región del sur) y contra Siclag, y habían asolado a Siclag y la habían incendiado, y se habían llevado cautivas a las mujeres y a todos los que estaban en ella, grandes y pequeños, sin dar muerte a nadie. Se los llevaron y siguieron su camino” (1 Sam. 30:1b-2).
El dolor está tan diversificado. Tiene tantas formas de manifestación y tantas aristas, y a David le tocó el dolor de la injusticia. David, el gran guerrero, se vio completamente vulnerable. Toda la seguridad y la paz que tanto le había costado alcanzar se esfumaron en un segundo. Su familia había desaparecido (hasta ese momento no sabía si estaban con vida) y todos sus bienes no eran más que escombros y cenizas. Para colmo de males, sus soldados, llenos de dolor, lo culparon por la desgracia: “Y David estaba muy angustiado porque la gente hablaba de apedrearlo, pues todo el pueblo estaba amargado, cada uno a causa de sus hijos y de sus hijas…” (1 Sam. 30:6a).
¿Cómo reaccionamos nosotros ante los grandes dolores que nos ha tocado enfrentar? ¿Temblamos, lloramos, alzamos nuestros puños al cielo, gritamos con dolor por lo injusto de la vida? David estaba realmente angustiado, lo cual es lógico y muy humano, porque añadía a su propio dolor el grave cargo que pesaba en su contra.
¿Dónde encontró los recursos para salir adelante en una situación tan dolorosa? “…Pero David se fortaleció en el Señor su Dios” (1 Sam. 30:6b). No se fortaleció en la religión, ni en meros pensamientos positivos, sino en la persona de Dios. Solo el Señor tiene la fortaleza para sostenernos cuando nuestro ánimo desmaya, y puede guiarnos cuando nuestros ojos están enceguecidos por las lágrimas. Nadie más que Él, porque es el único que conoce a profundidad nuestro corazón herido para poder sanarlo y restaurar nuestras vidas. Fortalecido por el Señor mismo, David fue en búsqueda de los amalecitas y los venció, liberando a su familia y a todo su pueblo. Se sobrepuso al dolor y recomenzó con vigoroso esfuerzo lo que sus enemigos habían dejado en cenizas.
No hizo lo mismo Saúl. Estando en batalla contra los filisteos, sus enemigos “mataron a Jonatán, a Abinadab y a Malquisúa, hijos de Saúl” (1 Sam. 31:2b). El dolor del rey debió ser terrible. Sus hijos habían caído como valientes y aún él mismo empezó a sentir la presión del enemigo: “La batalla se intensificó contra Saúl, y los arqueros lo alcanzaron y fue gravemente herido por ellos” (1 Sam. 31:3). Es triste observar como Saúl no se fortaleció en Dios, lo cual hubiera cambiado toda la historia. Él dejó que la angustia y el dolor lo enloqueciera hasta el punto que llegó a decirle a su escudero: “…Saca tu espada y traspásame con ella, no sea que vengan estos incircuncisos y me traspasen y hagan burla de mí…” (1 Sam. 31:4a).
Saúl prefirió huir y dejar que el dolor se imponga, antes que volverse al Señor por ayuda y darle la cara al sufrimiento. Por supuesto que a él solo le hubiera sido imposible remontar la dificultad, pero el Señor nunca abandona al que desde la angustia le clama de corazón. Pero ya hemos visto que Saúl nunca puso al Señor como prioridad para solucionar los conflictos en su vida. Estaba llegando al final de una loca carrera de desatinos y obcecaciones, una vida sin frenos que estaba cosechando el dolor que él mismo durante años había sembrado. ¿Cómo puede terminar una historia de dolor un hombre sin Dios y sin esperanza? Su escudero no quiso acceder a su cobarde petición por lo que, ”…Saúl tomó su espada…” (1 Sam. 31:4b).
Solo el Señor Jesucristo puede concedernos la posibilidad de vivir más allá del dolor presente. Por más difícil que sea la situación, por más grande que sea la pérdida, por más que lloremos diariamente hasta que ya no tengamos fuerza para nada; con todo, desde el momento en que vamos en búsqueda de Dios, su consuelo y sus fuerzas, Él puede darnos la oportunidad de hacernos entender que por encima de las nubes negras y cargadas de lluvia, hay un sol resplandeciente que tarde o temprano nos iluminará. Si nos rendimos antes, nunca lo veremos, pero si esperamos y nos fortalecemos en Dios, podremos dar testimonio del Arco Iris.
El apóstol Pablo tampoco estuvo exento del dolor. Él sufrió grandes y terribles dolores, pero buscó la fortaleza en Dios y no se rindió. Con paz y con las lágrimas ya secas podía afirmar que estuvo en: “persecuciones, sufrimientos, como los que me acaecieron en Antioquía (fue expulsado con violencia de la ciudad), en Iconio (huyeron de la ciudad porque los estaban insultando y apedreando) y en Listra (lo apedrearon hasta dejarlo casi como muerto). ¡Qué persecuciones sufrí! Y de todas ellas me libró el Señor” (2 Tim. 3:11-12 – los paréntesis son explicativos no están en el texto).
¿En dónde radicaba la victoria del apóstol? No estaba en sus ritos, tampoco en su actitud positiva, ni en su condición física, ni en buen grupo de amigos, ni en fieles servidores que lo acompañaban para todos lados. Pablo, al igual que David, nos cuenta el secreto de su victoria contra el dolor:
“En mi primera defensa nadie estuvo a mi lado, sino que todos me abandonaron; que no se les tenga en cuenta. Pero el Señor estuvo conmigo y me fortaleció, a fin de que por mí se cumpliera cabalmente la proclamación del mensaje y que todos los Gentiles oyeran. Y fui librado de la boca del león. El Señor me librará de toda obra mala y me traerá a salvo a Su reino celestial. A El sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén”. (2 Tim. 4:16-18).
¡En Él está la clave! Si hoy estás sufriendo, pídele un abrazo, Él no te dejará solo, te lo puedo asegurar.




