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Nota del editor: 

Este es un fragmento adaptado del libro Hermenéutica bíblica: Consejos prácticos para comprender la Biblia sin morir en el intento (B&H Español, 2025), por Pepe Mendoza.

Voy a diferenciar muy brevemente la exégesis evangélica de la exégesis católica porque es sumamente importante establecer la diferencia en cómo estos dos grupos se acercan al texto bíblico.

La posición evangélica desde los reformadores hasta hoy se caracteriza por esta frase de Lutero: Sacra Scriptura Sui Ipsius Interpres («la Escritura Sagrada es intérprete de sí misma»). Dicho de otra manera, la Palabra interpreta a la Palabra. El intérprete no intenta encontrar un significado fuera de ella, sino que tiene que descubrir el significado de la Palabra usando la misma Palabra.

El académico Walter Kaiser Jr. dice que para Lutero la interpretación bíblica demanda buscar el significado único del texto sin dejarse llevar por alegorías o especulaciones, reconociendo que el Espíritu Santo ha dejado su testimonio con absoluta claridad en las Escrituras. El intérprete último es el Espíritu Santo que la inspiró, que vive en nosotros y la ilumina para nuestro entendimiento (2 P 1:19-21).

Por otro lado, la posición católica se estableció con la afirmación del Concilio de Trento (1545), que dice que nadie puede aceptar o interpretar la Biblia a menos que esté de acuerdo con el concepto unánime de los Padres de la Iglesia.

El Concilio Vaticano I (1869) ratifica esa posición y declara la infalibilidad papal como dogma de la Iglesia católica. En contraste con estas posiciones que postulan una interpretación vertical, donde solo las autoridades eclesiásticas tienen la autoridad única para ofrecer la interpretación correcta.

Martín Lutero, por ejemplo, insistía en una posición horizontal en la que todos los cristianos pueden ser capaces de interpretar la Palabra de manera personal bajo la guía del Espíritu Santo y la colaboración mutua entre los miembros de la iglesia.

Todos los cristianos pueden ser capaces de interpretar la Palabra de manera personal bajo la guía del Espíritu Santo y la colaboración mutua entre los miembros de la iglesia

Esto no significa que podamos interpretar la Biblia como nos venga en gana. Es cierto que esta libertad ha sido convertida en libertinaje por muchos cristianos desde los tiempos de la Reforma hasta nuestros días. Pero eso no implica que debamos aceptar como válido el requerimiento católico que afirma que los cristianos particulares necesitan de autoridades religiosas como sacerdotes o el papa para decirles si lo que están entendiendo del texto es correcto.

Lo que aprendemos en la Biblia es que la lectura, la interpretación y la aplicación de las Escrituras son una experiencia personal, pero también grupal. Podemos observar a David diciendo: «¡Cuánto amo tu ley! Todo el día es ella mi meditación» (Sal 119:97; énfasis añadido) y también ver cómo Priscila y Aquila «llevaron [a Apolos] aparte y le explicaron con mayor exactitud el camino de Dios» (Hch 18:26; énfasis añadido).

En ambos casos, el Espíritu Santo está obrando tanto individual como corporativamente para que «conozcamos lo que Dios nos ha dado gratuitamente» (1 Co 2:12). Lutero fue acusado precisamente por denunciar una serie de prácticas que consideraba opuestas a su interpretación de la Palabra de Dios.

Estas iban desde la venta de las indulgencias hasta el derecho de estudiar la Biblia por uno mismo. El papa León X excomulgó y condenó como hereje a Lutero por estas y otras afirmaciones, pero el emperador Carlos V se negó a cumplir con la ejecución porque temía enemistarse con las autoridades alemanas. Para saldar el asunto, Lutero fue invitado a presentarse en Worms y aceptar el supuesto error en que había caído. Él contestó, luego de que se le conminó a retractarse:

Su majestad imperial y sus excelencias exigen una simple respuesta. Aquí está, llana y sin barniz: a menos que yo sea convencido de error por el testimonio de la Escritura (siendo que yo no pongo mi confianza en la no avalada autoridad de papas o concilios, siendo que ellos a menudo han errado y se han contradicho) o por la razón evidente, yo estoy de pie convicto por las Escrituras a las que yo he apelado, y mi conciencia es tomada cautiva por la Palabra de Dios, y no puedo y no podré retractarme de nada, porque actuar contra nuestra conciencia ni es seguro ni es posible para nosotros. Esta es mi posición y no puedo tener otra. Dios me ayude.

Sería bueno preguntarnos en este momento si es que sentimos que nuestra conciencia está tan fuertemente atada a la Palabra de Dios como la sentían Lutero y el resto de los reformadores. Él llegó a poner en peligro su propia vida antes que renunciar a lo que creía que era una correcta interpretación de las Escrituras.

Lo que aprendemos en la Biblia es que la lectura, la interpretación y la aplicación de las Escrituras son una experiencia personal, pero también grupal

No debemos olvidar que Lutero no quería romper con la iglesia, sino hacerle ver lo que consideraba un error y devolver la fidelidad eclesiástica a las Escrituras. En los mismos términos podríamos preguntarnos: cuando estoy frente a una decisión, ¿considero la Palabra primero para saber qué decisión tomar? Y, cuando la decisión es contraria, ¿rehúso actuar en contra de la Palabra de Dios porque mi conciencia está atada a la Palabra de Dios?

Podríamos pensar que esta radicalidad podría considerarse solo para momentos decisivos y únicos como los que vivió Lutero en Worms. Sin embargo, todos los cristianos cada día se ven expuestos a este tipo de decisiones en que se ven obligados a usar con «precisión la Palabra de verdad».

Por eso necesitamos recordar y valorar lo que hicieron nuestros antepasados. A nosotros nos toca ser responsables frente a nuestra interpretación de las Escrituras ante nuestra generación; nuestra propia vida depende de ello.

Como dije anteriormente, el Concilio de Trento reaccionó ante el protestantismo condenando todas sus afirmaciones y restringiendo la interpretación de las Escrituras, que solo podría ser efectuada y autorizada por el clero. El Concilio de Trento marcó la diferencia de acercamiento a la Biblia entre la Iglesia católica y la reformada para la posteridad:

Para frenar a los espíritus petulantes, el concilio decreta, que nadie, confiando en su propia habilidad, podrá, en asuntos de fe, y moral relativos a la edificación de la doctrina cristiana, trastornando las Sagradas Escrituras de acuerdo con sus propios sentidos, presumiendo de interpretarlos contrariamente al sentido que la santa madre iglesia, a quien pertenece el derecho de juzgar el sentido e interpretación verdaderos de las Sagradas Escrituras, ha mantenido o mantiene; o incluso en contra del pleno consentimiento de los Padres; a pesar de que tales interpretaciones no fueron hechas con la intención de ser publicadas. Los que contravengan deberán ser conocidos por las autoridades, y castigados con las penas establecidas por ley.

De manera simple, lo que se está proponiendo es que las autoridades eclesiásticas no publicarán las interpretaciones de otros que no sean ellos, y tampoco los católicos podrán diferir en sus interpretaciones de la interpretación oficial de la iglesia. No habrá posibilidad de comparaciones ni de poder estudiar a los que difieren del discurso oficial.

Sin embargo, en el ambiente más horizontal de la iglesia reformada y evangélica, se continuará reforzando y enfatizando la necesidad de hacer hermenéutica con cuidado y responsabilidad.

Tantos aparentes problemas de interpretación podrían hacer que algunos renuncien a la tarea de estudiar la Biblia para evitarse complicaciones. Sin embargo, los cristianos debemos persistir en una tarea que ha ocupado al pueblo de Dios de todos los tiempos. Por ejemplo, en el Antiguo Testamento, después del tiempo del destierro y cuando los judíos habían vuelto a Jerusalén, «el sacerdote Esdras trajo la ley delante de la asamblea de hombres y mujeres y de todos los que podían entender lo que oían» (Neh 8:2; énfasis añadido).

Esta lectura fue «desde el amanecer hasta el mediodía […] y los oídos de todo el pueblo estaban atentos al libro de la ley» (Neh 8:3). No obstante, la tarea no fue solo de lectura, porque el texto continúa y dice que hubo levitas y otros que «leyeron en el libro de la ley de Dios, interpretándolo y dándole el sentido para que entendieran la lectura» (Neh 8:8; énfasis añadido).

Esdras estaba haciendo exégesis cuando estaba leyendo el libro de la ley, lo estaba interpretando y le estaba dando el sentido para que el pueblo pudiera entender con precisión las Escrituras.

Debemos esforzarnos por adquirir las habilidades, el conocimiento y las destrezas fundamentales para evitar quitarle su sentido original (adulterar) a la Palabra de verdad

En el Nuevo Testamento, Pablo les dice a sus discípulos de Corinto: «Pues no somos como muchos, que comercian con la palabra de Dios, sino que con sinceridad, como de parte de Dios y delante de Dios hablamos en Cristo» (2 Co 2:17).

El término que se usa aquí para «comerciar» viene de la raíz kapeleuo, que primariamente significa «vendedor al detalle». El término indirectamente alude a una oferta engañosa que intenta adulterar lo ofrecido. Así, este comercio de la Palabra de Dios está relacionado con una desnaturalización de la Palabra para fines indignos o simplemente para obtener un beneficio deshonesto ajeno a la intención original del mensaje de Dios.

Cuando esos falsos maestros engañan a sus seguidores, la razón por la que tantos son engañados es porque no saben cómo corroborar en la Biblia misma si lo que ellos están diciendo es cierto y, por lo tanto, quedan fácilmente atrapados por su falta de entendimiento. De allí que sea tan importante seguir el ejemplo de Pablo cuando dice:

Por tanto, puesto que tenemos este ministerio, según hemos recibido misericordia, no desfallecemos. Más bien hemos renunciado a lo oculto y vergonzoso, no andando con astucia, ni adulterando la palabra de Dios, sino que, mediante la manifestación de la verdad, nos recomendamos a la conciencia de todo hombre en la presencia de Dios (2 Co 4:1, 2).

No podemos desfallecer en nuestro compromiso de fidelidad para con las Escrituras. Para eso debemos esforzarnos por adquirir las habilidades, el conocimiento y las destrezas fundamentales para evitar quitarle su sentido original (adulterar) a la Palabra de verdad y para hacer que ella se manifieste en nuestras vidas y ministerios en toda su plenitud, poder, verdad y luz.


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