Hacía frío en el auditorio. Se me puso la piel de gallina en los brazos desnudos, y extendí la mano para tomar las de las mujeres que estaban frente a mí. Eran mayores que yo, con los rostros bronceados y arrugados, amables y desconocidos. Nos habían emparejado con extrañas para orar unas por otras. Me pidieron que compartiera mis peticiones primero.
—Bueno —comencé—. Mi esposo y yo hemos pasado por muchas pruebas en el último año o dos. Estamos adaptándonos a nuestro primer año de matrimonio y recuperándonos de algunas heridas del pasado.
Mis palabras fueron recibidas con una mirada de desconcierto, así que hice una pausa y esperé. Una de las señoras arqueó una ceja.
—Pero eres demasiado joven para saber lo que es el sufrimiento.
Su amiga sonrió.
—Sí… prepárate para lo que viene.
La oscuridad de la sala envolvió mis lágrimas repentinas. Tragué con dificultad y las animé a que siguieran compartiendo mientras las palabras resonaban en mi cabeza, flotando sobre las ondas sonoras de los acordes del teclado, atrapadas en la luz parpadeante de las pantallas gigantes.
Pero eres demasiado joven para saber lo que es el sufrimiento. Prepárate para lo que viene.
La generación Z sí conoce el sufrimiento
No tenían mala intención. Hay una pizca de verdad en sus palabras. Sin embargo, no conocían mi historia.
No sabían que mi esposo y yo pasamos nuestro compromiso en habitaciones de hospital por todo el país, esperando con rostros tensos y pálidos noticias de otro médico más. No conocían los detalles de la enfermedad crónica y potencialmente mortal que requirió una cirugía de emergencia para salvarme la vida dos meses antes de la fecha original de nuestra boda. No sabían de los abortos espontáneos. No sabían del bullying, las relaciones rotas, las muertes en la familia.
Ser jóvenes no nos excluye del sufrimiento. La generación Z tiene la edad suficiente para experimentar no solo los males de internet, sino también el sufrimiento de la vida real, algo común en la experiencia humana. Tenemos la edad suficiente para enfrentar luchas matrimoniales. Tenemos la edad suficiente para perder hijos. Tenemos la edad suficiente para ser despedidos o tener dificultades para encontrar trabajo. Tenemos la edad suficiente para que nuestros familiares mueran de vejez.
Sufrimos como todos los demás. Pero tal vez lo que es diferente para la generación Z es nuestra respuesta por defecto. Los malos hábitos formados durante lo que el sociólogo Jonathan Haidt llamaría «el gran reajuste de la infancia» pueden afectar la forma en que procesamos y sanamos.
Sufrimos como todos los demás. Pero tal vez lo que es diferente para la generación Z es nuestra respuesta por defecto
Esto fue cierto para mí. En lugar de buscar el apoyo de la comunidad, me aislé. En lugar de leer la Palabra, me desplazaba por Instagram para distraerme. En lugar de orar, consultaba Google durante horas, buscando respuestas a preguntas que iban mucho más allá de su capacidad para explicarlas: ¿Por qué la enfermedad? ¿Por qué el aborto espontáneo? ¿Por qué nosotros? ¿Por qué ahora? ¿Por qué, Dios?
Al haber crecido en un mundo donde la información está tan cerca como un desplazamiento y un toque del pulgar, el silencio era ensordecedor, el dolor sofocante y la espera insoportable. Pero finalmente encontré esperanza en Jesús, el Salvador sufriente. Él es la respuesta a las preguntas que atormentan a la generación Z que sufre.
El Varón de dolores
Mientras mi esposo y yo enfrentábamos el sufrimiento en múltiples frentes, nuestros amigos y familiares oraban por nosotros, y lentamente, muy lentamente, empecé a abrir la Palabra. Una amiga me sugirió que estudiara el libro de Job. Pero al leer la historia, Dios me pareció cruel. Volví a cerrar la Palabra de un golpe… y luego me arrepentí. Así comenzó un ciclo que se repitió durante más tiempo del que me gustaría admitir. Pero meses después, por fin algo hizo clic.
Dios no es cruel.
Al principio no lo vi en la historia de Job. Lo vi escondido en una profecía, densa, llena de estrellas y riqueza. Isaías le está hablando al pueblo afligido de Dios acerca de un Mesías que vendría, cuando pregunta:
¿Quién ha creído a nuestro mensaje?
¿A quién se ha revelado el brazo del Señor?
Creció delante de Él como renuevo tierno,
Como raíz de tierra seca.
No tiene aspecto hermoso ni majestad
Para que lo miremos,
Ni apariencia para que lo deseemos.
Fue despreciado y desechado de los hombres,
Varón de dolores y experimentado en aflicción;
Y como uno de quien los hombres esconden el rostro,
Fue despreciado, y no lo estimamos.
Ciertamente Él llevó nuestras enfermedades,
Y cargó con nuestros dolores (Is 53:1-4).
Este Varón de dolores, familiarizado con el sufrimiento, no era un simple hombre. No, Él era Aquel a quien Adán, Job, Abraham, Moisés, David e Isaías apuntaban: el Salvador del mundo. El Salvador que lleva nuestras aflicciones y carga con nuestros dolores, sin importar nuestra edad.
Jesús demuestra el amor de Dios por nosotros, que cuando yo aún era una pecadora, que aún luchaba, dudaba y me hacía preguntas, Él murió por mí. Jesús soportó el dolor y el sufrimiento más intenso posible por mí, por nosotros. Algo hizo clic en mí. Debido a Jesús, pude saber que Dios no es cruel.
Así que volví a Job. Al final de su cuestionamiento, a Job se le concede una audiencia con Dios. Dios no explica el dolor de Job ni descorre el velo del cielo para relatar la conversación en la sala del trono con Satanás. En cambio, le da a Job una visión más amplia de Su propio poder, autoridad y perfección. Como resultado, Job se arrepiente en polvo y cenizas, tras haber pronunciado cosas «demasiado maravillosas» que él no podía comprender (42:3). Job no necesitaba la respuesta a su «¿Por qué, Dios?». Necesitaba saber más acerca de quién es Dios.
Lo mismo aplica para nosotros, la generación Z. No necesitamos que Dios responda a todos nuestros ansiosos «por qué» y «qué pasaría si». Necesitamos verlo más claramente tal como Él es.
Jesús es la respuesta
Gracias a Cristo —Emmanuel, Dios con nosotros—, los cristianos de hoy tenemos algo que Job no tenía: la seguridad de que Dios está presente. Sabemos que seguimos a un Señor que es el mismo ayer, hoy y por los siglos. Sabemos que Él nos promete que algún día enjugará toda lágrima de nuestros ojos, y que ya no habrá más dolor ni muerte. También sabemos que, a pesar de los malos hábitos de la generación Z que aún amenazan con arrastrarnos, tenemos algo más grande: un Salvador que sufrió, también para los jóvenes que sufren.
Finalmente encontré esperanza en Jesús, el Salvador sufriente. Él es la respuesta a las preguntas que atormentan a la generación Z que sufre
Jesús es la respuesta a la ansiedad. Él llama a todos los que están cansados y agobiados a que vengan y encuentren descanso en él (Mt 11:28). Nos llama a echar toda nuestra ansiedad sobre él, porque él cuida de nosotros (1 P 5:7). Nos dice que no nos preocupemos por qué comeremos, qué vestiremos o qué haremos; nuestro Padre que está en los cielos sabe que necesitamos todo esto y más (Mt 6:31-32).
Jesús es la respuesta al aislamiento. El Señor nos invita a estar en comunión con Él. El velo se rasgó con la muerte de Jesús en la cruz. Ahora los cristianos tenemos pleno acceso al trono de la gracia, al que podemos acercarnos con confianza en momentos de necesidad (He 4:16). Gracias a Jesús, podemos entrar como hijos e hijas adoptivos y formar parte de la familia que Él nos deja en la tierra: Su cuerpo y Su novia, la iglesia.
Jesús es la respuesta a la distracción. Él nos llama a fijar nuestra mente en Él (He 12:2), a orar sin cesar (1 Ts 5:17), a dar a conocer nuestras peticiones a Dios (Fil 4:6), no a Google, ni a Reddit, ni a X, ni a Instagram.
Jesús es la respuesta a las falsas esperanzas. Él nos dice que es el camino, la verdad y la vida: nada más puede satisfacer lo que buscamos tan desesperadamente (Jn 14:6).
Jesús es la Roca de la eternidad. Pienso en el antiguo himno «Roca de la eternidad, fuiste abierta Tú por mí». Este himno implora la seguridad que todos anhelamos cuando nos asalta la tristeza: «Sé mi escondedero fiel». Debido a quién es Jesús y a lo que ha hecho, podemos correr y refugiarnos en Él. Podemos descansar en la bondad del Padre, encarnada en la vida y la muerte de Su Hijo. Podemos aferrarnos a la Roca de la eternidad, sabiendo que, aunque nuestro agarre flaquee, Su diestra nos sostiene para siempre (Sal 63:8).
Generación Z, prestemos atención a las palabras de Pablo en 1 Timoteo 4:12: «No permitas que nadie menosprecie tu juventud, sino sé ejemplo de los creyentes» —incluso en tu forma de sufrir— «en palabra, conducta, amor, fe y pureza». Que busquemos en Cristo, nuestro Salvador que sufrió, las respuestas que anhelamos. Él comprende nuestro dolor, nuestra ansiedad y nuestro lamento.




