A pesar de la importancia del rol de enseñanza en la Escritura (Pr 22:6; Mt 28:19-20; 2 Ti 2:2; Col 3:16; 2 Ti 3:16-17; Tit 2:7-8), me parece que esta tarea no ha recibido la atención suficiente en nuestras iglesias, como la ha tenido, por ejemplo, la predicación.
El problema no se limita a una falta de atención, sino también a un enfoque equivocado: el culto a la personalidad de la cultura actual pone demasiado énfasis en el maestro en lugar de centrarse en el contenido y los métodos de enseñanza apropiados.
En este sentido, para ser fieles al llamado que el Señor nos ha encomendado, debemos ajustar nuestra forma de enseñar a la manera en que las personas adquieren un aprendizaje significativo.
Me refiero a que debemos ser intencionales en ser didácticos en la enseñanza que brindamos en distintos entornos de la vida de la iglesia local, tales como escuelas dominicales, talleres, estudios bíblicos, clases doctrinales o para nuevos creyentes, etc.
La educación en la iglesia
De manera general, la educación en la iglesia es la comunicación efectiva de las verdades reveladas en la Escritura, con el propósito de ser completos en Cristo (Col 2:10). La educación en sí se centra menos en el contenido de lo que se enseña —que es el dominio de la teología— y más en cómo enseñarlo.
El culto a la personalidad de la cultura actual pone demasiado énfasis en el maestro en lugar de centrarse en el contenido y los métodos de enseñanza
En otras palabras, la educación es un medio por el cual los santos profundizan en el conocimiento de Dios —revelado en la Escritura— con el propósito de ser conformados a la imagen de Cristo y expandir Su reino en la tierra. En este escenario, el maestro de iglesia actúa como el guía que ayuda a los estudiantes a transitar por ese camino.1
Pensando en este tema desde una perspectiva pedagógica, podemos decir que la educación eficaz posee dos elementos centrales: (1) la planificación estratégica del aprendizaje y (2) la presentación o interacción del contenido con los estudiantes.2 A la luz de esas dos categorías me gustaría compartir contigo cuatro maneras en que podemos ser maestros de iglesia pedagógicamente más efectivos en los entornos de enseñanza diferentes a la predicación dominical.
1. No prepares una predicación
Si me preguntaran cuál es el mayor error que comete un maestro de iglesia desde una perspectiva educativa, sin duda respondería que preparar una predicación o exposición temática en lugar de una clase. De hecho, puede ser muy contraproducente para el aprendizaje de la iglesia tener a la gente en silencio durante una hora (¡a veces más!) en un espacio que está diseñado para que aprendan de una manera diferente a la predicación dominical.3
Planificar una lección de escuela dominical, taller de tema práctico, estudio bíblico y más, significa pensar en categorías diferentes a la predicación. Significa que tenemos que considerar objetivos de aprendizaje, actividades, retroalimentación y contenidos de forma particular. Con esto en mente, exploremos en el siguiente punto algunos aspectos que debemos tener en cuenta al planificar una lección.
2. Planifica tu lección
El proceso de aprendizaje puede ser descrito como un viaje donde el maestro—como un guía— ayuda a los estudiantes a descubrir por ellos mismos las verdades reveladas en las Escrituras. Como en cualquier viaje, la planificación es algo esencial. En este sentido, deberíamos considerar los siguientes elementos como parte de nuestra planificación:
Define objetivos claros y realistas: antes de enseñar una clase, lo primero que tenemos que definir es qué esperamos que las personas aprendan. Si no tenemos claro nuestro objetivo, la clase no estará organizada de forma clara y coherente hacia lo más importante. Sin embargo, no basta únicamente con definir nuestros objetivos, estos también deben ser realistas. Un principio general es que, en términos educativos, menos siempre es más. En otras palabras, debemos establecer objetivos claros y alcanzables para una lección que cuenta con un tiempo limitado.
Si queremos que nuestros hermanos atesoren lo que han aprendido de la Palabra de Dios, tenemos que ser sabios en cómo organizar nuestra lección
Estructura tu lección: el factor de la organización o estructura de una lección no puede ser minimizado en términos pedagógicos. El renombrado profesor de Harvard, Jerome S. Bruner, afirma que únicamente los elementos que son presentados con un patrón estructurado pueden ser retenidos en la mente.4 Esto significa que, si queremos que nuestros hermanos recuerden y atesoren lo que han aprendido de la Palabra de Dios (Sal 119:11), tenemos que ser sabios en cómo organizar nuestra lección.
En la práctica, esto implica dividir la clase en partes claras (inicio, desarrollo y cierre); mantener el enfoque en torno al objetivo propuesto; y planificar, al menos, una actividad durante la clase donde los estudiantes puedan ser activos en su propio proceso de aprendizaje.
Conoce bien el contenido de lo que vas a enseñar: la claridad en tu presentación y la simplicidad con la que comuniques las ideas dependen de qué tan bien domines el contenido. Comprender esto te ayudará a definir tus objetivos, determinar con sabiduría lo que es más importante que tus hermanos conozcan, acomodar la información más relevante al comienzo y diseñar actividades que se alineen con tus objetivos.
3. Fomenta un ambiente propicio para el diálogo y la participación
Habiendo planificado la lección, debemos tener algunas consideraciones en cuanto a la ejecución de la clase. Para esto, es útil considerar dos elementos más:
Primero, debemos fomentar la participación activa de los estudiantes. Recuerda que la escuela bíblica dominical, como otros contextos de enseñanza dentro de la iglesia, provee una oportunidad especial donde podemos escuchar a los miembros de la congregación —para entender mejor qué es lo que entienden y creen— y ayudarles a comprender mejor la Palabra de Dios. Por tanto, es crucial evitar que la lección se convierta en un monólogo. En cambio, debes buscar que tu clase tenga momentos en que sea lo más interactiva y abierta posible. Recuerda que «la tarea de enseñar es la tarea de estimular, guiar y dirigir la actividad del alumno».5 Por tanto, es vital que uses todo lo que ellos traen para aportar al proceso de aprendizaje.6
Antes de abrir tu boca para enseñar a otros, que tu corazón arda por el amor de Dios demostrado en la historia del evangelio
Segundo, crea un ambiente seguro para la participación y la expresión durante la lección. La investigación en el área de la educación ha demostrado que este es uno de los factores más relevantes a la hora del aprendizaje significativo.7 Nuestro objetivo es que nuestros hermanos puedan decir abierta y honestamente lo que creen —incluso si están equivocados en algunos puntos y deben ser corregidos bíblicamente con sabiduría y amor—, como un paso necesario para ser iluminados con la Palabra. Por tanto, crear un ambiente seguro para la expresión es crucial.
4. Sé intencional en tus habilidades de comunicación
Otro aspecto que debemos considerar respecto a la ejecución de la clase consiste en nuestras propias habilidades comunicativas. Es fundamental que podamos crecer en la consciencia de cómo nuestra capacidad de expresión puede impactar el mensaje que transmitimos.
Ten en cuenta los elementos paraverbales asociados a tu voz: el volumen, las pausas, la entonación y la velocidad. Es importante manejar estos aspectos para garantizar la claridad del mensaje y el énfasis apropiado. Considera también los elementos no verbales asociados al uso de tu cuerpo, como el contacto visual, el uso de las manos al comunicar, la postura y el movimiento. Ser consciente de estos elementos es clave, ya que nuestro cuerpo a menudo comunica tanto como nuestras palabras.
Todo el proceso de presentación de la enseñanza debe estar rodeado por un ambiente de entusiasmo y pasión. El entusiasmo es ese amor contagioso del maestro por su materia. Así, los maestros que «se preocupan profundamente por una materia no solo enseñan la materia con una pasión evidente, sino que también transmiten su amor por la materia a sus estudiantes».8
Que la Palabra arda dentro de tu corazón
Por supuesto, antes de enseñar, dedícate al estudio de la Palabra con devoción. Preséntate diariamente delante de Dios para que el bálsamo del evangelio santifique cada área de tu vida. Examina una y otra vez tu vida y deja que la Palabra de Dios hable a tu conciencia, mientras oras por tus alumnos y oyentes para que el Espíritu Santo obre en Sus vidas por medio de la Escritura.
El propósito es que, antes de abrir tu boca para enseñar a otros, tu corazón arda y esté inflamado por el amor de Dios demostrado en la historia del evangelio. Solo cuando eso haya ocurrido, nuestras palabras serán como un fuego que habla de la gracia de Jesucristo a otros (Jr 20:9).



