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El nuevo nacimiento: una transformación del alma, no una mejora moral.

Un acercamiento a la regeneración con ayuda de John Owen y Francis Turretin

El nuevo nacimiento nunca ha sido una doctrina fácil de digerir. Cuando Jesús la enseñó a Nicodemo, fue recibida con desconcierto: «¿Cómo puede un hombre nacer siendo ya viejo?» (Jn 3:4). Jesús en ningún momento quiso suavizar Su enseñanza para no ofender a este maestro de Israel y miembro del Sanedrín, sino que fue directo al corazón del asunto: «El que no nace de nuevo, no puede ver el reino de Dios» (v. 3).

El nuevo nacimiento, tal como Jesús lo enseñó, no es simplemente un cambio de conducta o una mejora moral, sino una transformación radical operada por el Espíritu de Dios en lo más profundo del alma (v. 8).

Pero ¿qué es exactamente este nuevo nacimiento? ¿Cómo ocurre o qué cambia dentro nuestro?

Para responder estas preguntas, quiero invitarte a explorar el testimonio de la Escritura con la ayuda de la teología de Francis Turretin y John Owen, dos voces del pensamiento reformado que han sido de ayuda para mí. Ellos buscaron entender con fidelidad bíblica cómo Dios transforma radicalmente a los pecadores por medio del Espíritu Santo.

Nuestra naturaleza no puede alcanzar a Dios

El punto de partida para comprender la doctrina del nuevo nacimiento es reconocer la condición caída del ser humano. Desde la caída, cada persona nace con una disposición natural hacia el pecado desde el primer instante de su existencia (Sal 51:5; Ro 5:12, 19).

El pecado está tan profundamente arraigado a la naturaleza humana que es descrito como «muerte espiritual» (cp. Ef 2:1). Esto significa que, por naturaleza, el ser humano es absolutamente incapaz de producir vida espiritual o buscar genuinamente a Dios por sus propios medios (Ro 3:9-18; 1 Co 2:14).

El nuevo nacimiento no es solo un cambio de conducta o una mejora moral, sino una transformación operada por el Espíritu en lo más profundo del alma

En este punto, la teología de Francis Turretin puede ser útil para comprender el estado de la naturaleza humana. Turretin utiliza la categoría de «hábito» para describir la condición del ser humano antes y luego de la caída. Hoy, cuando pensamos en un hábito, solemos pensar en algo que hacemos repetidamente o casi de modo automático, como cepillarnos los dientes antes de dormir. Sin embargo, en la teología de la época de Turretin tenía un sentido diferente.

Un hábito se entendía como una disposición interior o estable en el alma. Algo que se encontraba arraigado en la naturaleza humana (mente y voluntad) o, por decirlo en palabras más simples, como una capacidad innata que originalmente había sido puesta por Dios en el corazón y la mente, que le permitía actuar en conformidad a Su voluntad.

Turretin utiliza este concepto para afirmar que el ser humano en la caída, aunque retuvo sus facultades racionales, perdió «el hábito moral por el cual podía juzgar y desear rectamente» (Institución de la teología eléntica, 2.15.4; énfasis añadido). En otras palabras, la humanidad perdió esa disposición del alma que lo habilitaba para desear y decidir en conformidad con la voluntad de Dios. Por tanto, por naturaleza, todos sus deseos y voluntad estaban torcidos por el efecto del pecado.

¿Por qué entender esto es tan relevante para el tema de la regeneración? Porque nuestros deseos y nuestra voluntad están tan manchados por los efectos del pecado que en nosotros no hay nada que pueda verdaderamente buscar ni agradar a Dios (Ro 8:7-8). En consecuencia, todo ser humano, antes de poder acercarse y buscar a Dios genuinamente, necesita una transformación interior que solo el Espíritu puede producir.

Una transformación operada por el Espíritu

Cuando la Biblia habla del nuevo nacimiento, recurre a diversas imágenes para ayudarnos a entenderlo, incluida la misma metáfora de «nacer de nuevo». Se la describe también como «nacer del Espíritu» (cp. Jn 3:5), «nacer de una simiente incorruptible» (cp. 1 P 1:23), «ser una nueva criatura» (cp. 2 Co 5:17) o «una nueva creación» (Gá 6:15). Otras veces se presenta como recibir «un corazón nuevo» (Ez 36:26-27) y «una mente renovada» (cp. Col 3:9-10).

Todas estas imágenes, aunque distintas, apuntan a la misma realidad: en el nuevo nacimiento, Dios produce un cambio profundo y radical en la naturaleza misma del ser humano. Pero ¿qué ocurre realmente en ese instante en que Dios nos da nueva vida?

Aquí también la teología de Turretin nos ofrece una ayuda valiosa. Él enseña que, en la regeneración, Dios infunde en el alma del pecador «nuevos hábitos santos» que restauran su capacidad para conocer, amar y obedecer a Dios (Institución, 2.15.4). Esta obra, subraya Turretin, es totalmente monergista: no es el resultado de un esfuerzo conjunto entre Dios y el ser humano, sino un acto soberano del Espíritu que devuelve la vida espiritual a lo que estaba muerto.

El puritano John Owen emplea un lenguaje similar al de Turretin. Siguiendo también la categoría teológica de «hábito», Owen afirma que la regeneración es una obra del Espíritu que «infunde un principio habitual de gracia en el alma» (Works, 3:386). Este principio es lo que capacita al creyente para amar y obedecer a Dios desde lo más profundo de su ser. Para Owen, el hábito sobrenatural perdido en la caída es restaurado en la regeneración, de modo que el creyente es verdaderamente renovado hacia la imagen del Hijo perfecto de Dios (cp. Ef 4:24; Col 3:10).

Esta obra es invisible, pero sus frutos son innegables

Aunque la regeneración es invisible a los ojos humanos, sus frutos son inconfundibles. El apóstol Juan nos ofrece señales concretas: el que ha nacido de Dios cree que Jesús es el Cristo (1 Jn 5:1), ama a sus hermanos (4:7), guarda los mandamientos (3:9) y vence al mundo (5:4). Estas evidencias no son perfectas ni constantes en el día a día del creyente, pero sí auténticas y en crecimiento.

Aunque el nuevo nacimiento no produce creyentes impecables, sí produce corazones renovados que buscan al Señor y aman Su Palabra

Si, como hemos visto, Dios ha obrado una transformación real en lo más profundo de nuestra alma, capacitándonos para buscarle y desearle, esa nueva naturaleza inevitablemente dará fruto: «Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos» (Mt 7:18). Por eso, aunque el nuevo nacimiento no produce creyentes impecables, sí produce corazones renovados que buscan al Señor, crecen en arrepentimiento y aman Su Palabra.

La pregunta más importante

Entender esto solo nos puede llevar a una pregunta: ¿Has nacido de nuevo? ¿Hay evidencias de que el Espíritu ha hecho este cambio en ti? ¿Deseas a Dios? ¿Deseas pasar tiempo en Su Palabra y te complaces en obedecerla? ¿Hay frutos que indican que hay nueva vida en ti?

Si la respuesta a estas preguntas es , entonces gózate y agradece a Dios porque esto no viene de ti, viene del poder de Dios a través de Su Espíritu. Sigue esforzándote más cada día para que, con la ayuda de la gracia de Dios, esos deseos que Dios ha puesto en ti en la regeneración sigan creciendo al buscar y depender del Señor.

Si aún no lo has hecho, escucha Su voz y cree en el Señor Jesús (Hch 16:31). Recuerda, el nuevo nacimiento no se puede producir por ti mismo. Es Dios, quien por Su gracia, concede este don y la fe en Cristo.

El nuevo nacimiento no se ve, pero lo transforma todo. Es la puerta de entrada a la vida eterna y la prueba de que Dios aún llama a los muertos a vivir.

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