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Recientemente una señora se me acercó un domingo en la iglesia y me dijo con simpatía: “Pienso que el sermón de la semana anterior estuvo muy bueno”. Ella estaba tratando de consolarme acerca de ese mensaje. Al parecer, alguien de mi equipo le había dicho lo infeliz que yo había estado con él, y por días ella había esperado para disipar mis dudas y consolar mi decepción. “Escuché que pensabas que habías estado horrible la semana anterior y yo quería que supieras que Dios realmente lo utilizó en mi vida. De hecho, he estado meditando en él y estudiando mis notas durante toda la semana. Verdaderamente fue significativo para mi vida espiritual. Era exactamente lo que necesitaba escuchar y aprender “.

‪Ciertamente ella había oído bien. Parte de la reunión del personal los lunes es la “postmortem homilética” en la cual mi equipo y yo hablamos de lo que salió bien y lo que salió mal en el sermón del día anterior. Que no quepa duda: soy mucho más crítico sobre lo que hago que nadie más, pero mis compañeros pastores también me ayudan a descubrir qué funcionó y qué no. El sermón al que esta querida señora hacia referencia en su amable esfuerzo de intentar consolar a su pastor fue, en mi opinión de experto, un fracaso, y yo había compartido eso con mi personal. Su consuelo silencioso y a medias no era convincente, y con una buena razón.

‪Todo predicador con al menos tres semanas de experiencia conoce ese sentimiento, como si nadara contra la corriente en un río de gelatina. El enorme abismo entre la intención y la ejecución amenaza con abrumar y tragarse toda la plataforma. ¿Cómo debe un predicador manejar el fracaso ocasional, incluso después de un amplio estudio y preparación espiritual?

‪En primer lugar, mira alrededor del evento de predicación. Otros factores totalmente fuera del control del predicador pueden tener un profundo impacto en la entrega del sermón. Una distracción sustancial e incesante en el templo, una selección anémica y débil de las canciones, o incluso algún otro componente del servicio que se atasque puede absorber la energía del servicio y preparar al predicador para el fracaso.

‪En segundo lugar, busca en el sermón. ¿Fue más el fracaso sobre el manejo del texto, la construcción del mensaje, o la entrega? En mi caso, yo rara vez pierdo la gran idea del texto. Incluso en los días malos, suelo explicar el sentido del pasaje tan bien que mi congregación entiende lo que el autor quiere decir. Mi lucha es por lo general con la organización o la entrega. A menudo no me gusta mi esquema. Cuando las cosas van mal tengo que preguntar si el sermón mismo era difícil de entender, o lo fue mi entrega, específicamente si la falta de pasión o energía debilitaron y socavaron lo que hubiera sido un buen sermón. ¿Fallé en ilustrar y explicar verdades complejas? ¿O pasé tanto tiempo en la ilustración que sirvió de distracción? Trato de ser honesto conmigo mismo, pero también le pregunto a otros que conocen bien mi predicación y cuyas opiniones confío de lo que piensan que fue el problema.

‪En tercer lugar, y quizás lo más importante, mira más allá del sermón. Muchas veces me deleita saber que el Espíritu Santo sigue utilizando malos sermones cuando están construidos sobre la verdad eterna de la Palabra de Dios. Quiero trabajar con diligencia para hacer todos los sermones que predico lo mejor posible en su contenido y entrega, pero hace mucho tiempo me di cuenta de que Dios, mientras sea honrado por eso y digno de mi mejor esfuerzo, no depende de mi habilidad. La preciada señora que me animó me recordaba eso. Fue un fracaso. Aún lo creo. Para ella, sin embargo, fue un fracaso que Dios usó para enseñarle y moldearle.

Y ya no puedo esperar para predicar otra vez la próxima semana.


Publicado originalmente en PastorWell. Traducido por Manuel García.
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