Si te pidiera que nombraras la enseñanza cristiana más controvertida hoy en día, ¿qué dirías? Algunos podrían decir que los problemas LGBT+, otros la divinidad de Jesús, otros la doctrina del castigo eterno. Mi respuesta podría ser inesperada: la necesidad de la iglesia.
A lo largo de mis años como pastor de estudiantes universitarios, he recibido más respuestas confusas, rechazo y desdén en lo que respecta a la necesidad de la iglesia que en cualquier otro aspecto de la teología. Muchos estudiantes cristianos reconocen la necesidad de las amistades cristianas o de algún tipo de comunidad cristiana, pero en lo que respecta a la plenitud de la iglesia —la iglesia reunida y dispersa, como organismo y como organización— a menudo hay ambivalencia. No niegan la necesidad de la comunidad, pero son escépticos sobre que la iglesia sea necesaria para suplir esa necesidad.
Este es el caso de una amplia diversidad de personas en el espectro espiritual, desde los nuevos cristianos hasta aquellos que han proclamado apasionadamente su lealtad a Jesús durante toda su vida.
No creo que esta ambivalencia normalmente tenga en sus raíces un cambio dramático en las creencias o compromisos religiosos. Cuando tengo el honor de escuchar las historias de los estudiantes durante una comida o un café, a menudo oigo: «Fuimos a la iglesia durante un tiempo cuando era pequeño, pero después de ______ dejamos de ir. Sin embargo, seguimos creyendo en Jesús».
El acontecimiento que rellena el espacio en blanco puede ser algo tan traumático como la muerte de un miembro prominente de la familia, como la abuela. O puede ser algo tan sutil como una apretada agenda deportiva que, con el tiempo, erosionó el hábito de asistir a la iglesia. Como resultado de estos eventos, muchas veces escucho: «En realidad, no crecí en la iglesia, pero crecí en un hogar cristiano, si eso tiene sentido». ¿Hay algún hilo conductor común en estas historias?
Una travesía espiritual auténtica
Es imposible reducir las historias de tantas personas diferentes a una causa común, pero sospecho que lo que con frecuencia se esconde detrás de estas historias es una creencia que hemos absorbido inconscientemente de nuestra cultura: cuanto más individual, introspectiva y desconectada de las instituciones sea una travesía espiritual, más pura será y más cerca estará esa persona de Dios. Se siente menos espiritual y auténtico salir al exterior para ser moldeado por una comunidad estructurada y tener tu fe atada a la iglesia. La iglesia puede ser agradable, pero no es esencial para un caminar cristiano próspero.
De hecho, la iglesia puede considerarse peligrosa en este marco, una pendiente resbaladiza que lleva a tener «religión pero no relación». Dadas estas creencias, cuando involucrarse en la iglesia se vuelve inconveniente o demasiado incómodo, se deja de lado.
En relación con esto, a menudo hemos creído que una decisión interna por sí sola convierte a alguien en cristiano, mientras ignoramos el papel clave de la iglesia. En este marco, el bautismo y la membresía de la iglesia pierden su papel crucial en el proceso de conversión. Pero, como leemos en la Biblia, los cristianos como individuos independientes no se declaran definitivamente cristianos. Jesús ha dado esa responsabilidad a la iglesia (Mt 18:15-20; 1 Co 5:1-6:8).
A menudo hemos creído que una decisión interna por sí sola convierte a alguien en cristiano, ignorando el papel clave de la iglesia
Al considerar la postura de la siguiente generación hacia la iglesia, debemos preguntarnos seriamente: «¿Qué lugar ocupa la iglesia en una sociedad cada vez más poscristiana?». Una fe cristiana que se ha enganchado a la iglesia está condenada al fracaso, al parecer.
Nos encontramos en una era en la que la gente está abandonando la iglesia como nunca antes. Como Jim Davis y Michael Graham han señalado en su libro The Great Dechurching [El gran abandono de la iglesia]: «Actualmente estamos viviendo el cambio religioso más grande y rápido en la historia de nuestro país. […] Más gente ha abandonado la iglesia en los últimos veinticinco años que todos los nuevos cristianos que se convirtieron a partir del Primer Gran Despertar, el Segundo Gran Despertar y las cruzadas de Billy Graham juntas».
A pesar de nuestras tendencias culturales, para que la fe cristiana tenga una influencia significativa a largo plazo en las vidas de la próxima generación, no solo debemos abrazar la iglesia, sino también trabajar para fortalecerla y convertirla en una parte esencial de nuestros métodos evangelísticos. Como lo ha hecho nuestro Señor, debemos amar a la iglesia y poner nuestra confianza en su futuro. Para que podamos ayudar a la próxima generación a ver la belleza de Cristo y Su iglesia, deben darse tres matrimonios.
1. La Iglesia y la presencia encarnada
Debemos casar nuestra antropología teológica con una rica eclesiología. La gente a menudo no lo sabe, pero necesita la iglesia. Todos nosotros tenemos un problema profundo y duradero: anhelamos una comunidad enriquecedora. Sin embargo, el aire cultural que respiramos nos enseña a desconfiar de la respuesta de Dios a nuestro anhelo.
Al igual que un mesero que sirve a los comensales, el fiel evangelismo cristiano persuade a las personas a comer el mejor plato del menú, incluso uno que a primera vista pueda parecer poco apetecible. Nos hacemos amigos de los vecinos solitarios y los invitamos a la comunión de los santos. Aconsejamos a los nuevos adultos hambrientos de sabiduría y los conectamos con madres y padres en la fe. Abrazamos a los amigos que se sienten espiritualmente sucios y derramamos sobre ellos las aguas del bautismo. Caminamos con personas aisladas que buscan una fe encarnada y las llevamos a la mesa del Señor en el contexto de la iglesia local. Desafiamos a las almas sin anclaje que buscan un propósito y las integramos en la misión del pueblo de Dios.
De todas las opciones del menú, les apuntamos a la iglesia.
2. La iglesia y la misión
En una época de declive espiritual, debemos unir nuestra misiología con nuestra eclesiología. Creo que hay principios esenciales de la iglesia a los que los cristianos deben comprometerse para que el evangelio lleve a las personas a la fe. Estos principios se derivan del patrón bíblico y de la creencia confesional de que fuera de la iglesia «no hay posibilidad ordinaria de salvación» (Confesión de fe de Westminster, 25.2). El lugar principal donde Dios obra en el mundo es en y a través de Su iglesia, a través de la cual Cristo «anunció paz a ustedes que estaban lejos, y paz a los que estaban cerca» (Ef 2:17).
La profundidad espiritual se encuentra en las profundidades de la iglesia
En nuestro deseo de llegar a la próxima generación, los cristianos no debemos reinventar la iglesia ni sustituirla; debemos aferrarnos al modelo de iglesia que Dios nos ha dado en las Escrituras. Si somos honestos, a muchos de nosotros nos avergüenzan los fracasos de la iglesia. Sin embargo, cuando un cuchillo de cocina está desafilado, no abandonamos los cuchillos por completo. Lo afilamos.
Aunque la desconfianza hacia la autoridad y el poder está en su punto más alto, eduquemos, capacitemos rigurosamente y ordenemos solemnemente a nuestros ancianos y diáconos. Aunque muchos afirman que la verdad cambia con los tiempos, dediquémonos a las enseñanzas de los apóstoles como nuestro fundamento inamovible. En una época en la que los pastores famosos se han convertido ilegítimamente en cuasi obispos a través de la acumulación mundana de poder, sometámonos a las estructuras de rendición de cuentas y a los procesos de toma de decisiones de la iglesia. En una época en la que los influencers cristianos determinan la ortodoxia en los concilios de la «blogósfera», abracemos con compasión los credos y confesiones de la iglesia. La iglesia todavía puede, y debe, ser la iglesia.
Estamos comprometidos con la iglesia porque Dios ya se ha comprometido con ella
Los cristianos no deben ver a la iglesia como algo tangencial al crecimiento espiritual de la próxima generación, sino como algo central para ella. Esto es cierto no solo desde el punto de vista bíblico, sino también empírico. Según un informe de Barna sobre la generación Z, un profundo involucramiento en la iglesia es un ingrediente esencial en la vida de los discípulos resilientes de la generación Z. Si bien los datos de Barna mostraron que no había una diferencia drástica entre un cristiano que asiste habitualmente a la iglesia y un discípulo resiliente en cuanto a su «comprensión cognitiva de la fe cristiana», la diferencia más significativa entre esos dos grupos era una conexión profunda y personal con sus comunidades eclesiásticas. La profundidad espiritual se encuentra en las profundidades de la iglesia.
3. La iglesia y Cristo
Lo más importante es que debemos contemplar el matrimonio de Jesús con la iglesia. Jesús ama a la iglesia y se deleita en usarla. El plan de centrar la iglesia en el futuro de la fe cristiana podría parecer absurdo, pero planeamos apuntar a la próxima generación hacia la iglesia porque este es el plan de Jesús.
En una cultura que ve a la iglesia como un bastión de hipocresía, 1 Timoteo nos dice que es «columna y sostén de la verdad» (1 Ti 3:15). Aunque parezca que la iglesia se está desmoronando, Jesús dice: «Edificaré Mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella» (Mt 16:18). Aunque muchos no ven futuro para la iglesia, Efesios nos dice que el plan de Dios para la iglesia es eterno (Ef 3:10-11). Cuando el mundo dice amar a Jesús pero odia a la iglesia, Dios nos dice: «Cristo amó a la iglesia y se dio Él mismo por ella» (5:25). Aunque la iglesia necesita una renovación, Jesús «[se presentará] a Sí mismo, una iglesia en toda su gloria, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que [sea] santa e inmaculada» (v. 27).
En estos tiempos, estamos comprometidos con la iglesia porque Dios ya se ha comprometido con ella, «no […] con cosas perecederas como oro o plata, sino con sangre preciosa, […] la sangre de Cristo» (1 P 1:18-19). Dios ha hecho de la iglesia Su hogar (Ef 2:22) y está obrando en todo para su beneficio (1:22). La iglesia es una parte central del plan futuro de Dios, por lo que debe ser parte del nuestro, sin importar cuán poscristiana se vuelva nuestra cultura.


