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Nota del editor: 

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La congregación se acercó para recibir el pan y el vino, pero yo me quedé en mi asiento. Mientras los demás miembros de la iglesia recibían los elementos, me sentía paralizado, reviviendo mis pecados de la semana anterior.

Unos momentos antes, el pastor había dicho a la congregación que, si teníamos algún pecado sin resolver, debíamos abstenernos de participar en la Cena del Señor. Me tomé en serio la advertencia de mi pastor, me quedé sentado y examiné mi corazón, tratando de decidir si debía tomar y comer, o si era tan indigno que hacerlo traería el juicio de Dios (1 Co 11:29). En ese momento, la mesa no me pareció un banquete de gracia, sino más bien un examen que no estaba seguro de poder aprobar.

En las iglesias reformadas, limitar el acceso a la mesa es una práctica común. La Cena del Señor es para los creyentes, por lo que advertimos con razón a quienes no han confesado la fe que no tomen el pan y la copa. En algunas iglesias, esta restricción va más allá, y la mesa se convierte en un lugar de introspección angustiosa para los creyentes. Cuando se anuncia la Cena del Señor, las cabezas se inclinan con solemnidad y comienza un silencioso interrogatorio interno: «¿He pecado de alguna manera esta semana? ¿Soy digno de la mesa? ¿Debería participar?». Muchos cristianos se examinan a sí mismos de esta manera porque así se lo han enseñado pastores bienintencionados que se preocupan sinceramente por que los creyentes no coman «de manera indigna» (v. 27).

Pero ¿llamar a los cristianos a una autoevaluación privada antes de la cena o animarlos a abstenerse si sus conciencias están inquietas es una aplicación válida de la enseñanza de Pablo en 1 Corintios 11:17-34? ¿Es este tipo de autoexamen lo que Pablo tenía en mente?

Pablo nos llama a la unidad de toda la iglesia

No lo es. Cuando Pablo reprendió a la iglesia por no «discernir el cuerpo» (v. 29), no estaba pidiendo un inventario solitario de los pecados personales, sino que la iglesia de Corinto como un todo examinara su vida en común.

Los versículos anteriores lo dejan en claro. Al celebrar la cena, algunos creyentes comían en privado (v. 21), otros pasaban hambre (v. 21) y los ricos humillaban a los pobres (v. 22). La cena se había convertido en una muestra pública de una iglesia dividida que debilitaba la unidad que se suponía debía proclamar.

En 1 Corintios 10:16-17, Pablo escribe que, «puesto que el pan es uno, nosotros, que somos muchos, somos un cuerpo». La comunión proclama que, a través del cuerpo quebrantado y la sangre derramada de Cristo, Dios ha unido a un pueblo diverso en una única comunidad redimida. Cuando la iglesia se acerca a la mesa, no solo recordamos a Cristo individualmente; participamos juntos en una identidad compartida como Su cuerpo reconciliado. El acto en sí mismo da testimonio de que el evangelio crea una familia, no una colección de consumidores espirituales aislados.

Lo ideal es que los hijos de Dios se examinen a sí mismos y mediten en la cruz a lo largo de la semana, en los días previos a la mesa, no solo minutos antes

Así que cuando Pablo dice: «examínese cada uno a sí mismo» (11:28), el examen que tiene en mente no es, como observa Mark Taylor, «una mera introspección, como a menudo se entiende este versículo». Taylor continúa: «La perspectiva de Pablo es comunitaria. Examinarse a uno mismo es examinar las propias […] formas de relacionarse con los demás miembros de la comunidad».

Pablo dice a los corintios que examinen sus relaciones dentro del cuerpo. ¿Estás menospreciando a tu hermano? ¿Estás dividiendo lo que Cristo ha unido? ¿Estás celebrando la cena de tal manera que debilitas la comunión unificada que el Señor ha ganado?

«[Su] advertencia», escribe I. Howard Marshall, «no iba dirigida a aquellos que llevaban una vida indigna y anhelaban el perdón, sino a aquellos que, con su comportamiento durante la comida, se burlaban de lo que debería haber sido lo más sagrado y solemne». El problema en Corinto no eran los pecados privados no confesados, sino el comportamiento colectivo que contradecía el evangelio.

Evita la excomunión funcional

A muchos cristianos se les ha enseñado a mantenerse alejados de la mesa cuando luchan por vencer pecados como la lujuria, la codicia y los celos. Pero en el Nuevo Testamento, la abstinencia no es un acto de piedad personal, sino una consecuencia de una relación no restaurada o de una disciplina eclesiástica formal.

En 1 Corintios 5:11-13, Pablo le dice a la iglesia que no coma con alguien que lleva el nombre de hermano, pero se niega a arrepentirse. Comer aquí incluye, naturalmente, la Cena. De manera similar, Jesús enseña que los impenitentes deben ser tratados como extraños por la iglesia, y ya no ser acogidos como miembros de buena reputación (Mt 18:17).

Luego, en 2 Tesalonicenses 3:14-15, Pablo vuelve a exhortar a la iglesia a privar de la comunión a quienes persisten en la desobediencia. Como la propia palabra «excomulgar» implica, cuando una iglesia reconoce formalmente que una persona está actuando en contra de su profesión de fe, debe ser excluida de la comunión.

Pero ¿qué pasa si un cristiano reconoce que está participando en el tipo de pecados colectivos que Pablo condena en Corinto, como mostrar parcialidad, albergar desprecio hacia un hermano o una hermana, o contribuir a la división en el cuerpo? En ese caso, el texto exige un arrepentimiento que restaure la comunión.

Los pastores deberían llamar a los miembros a examinar sus relaciones con los demás en el cuerpo y, hasta donde dependa de ellos, a buscar la paz con sus hermanos (Ro 12:18). Pero cuando lo hayan hecho, deberíamos llamarlos a venir a la mesa.

Un cristiano que tenga una relación rota con un hermano o una hermana puede abstenerse voluntariamente de la comunión hasta que haya tenido la oportunidad de buscar la reconciliación (cp. Mt 5:23-24). Pero esta abstención no debe prolongarse. Lo ideal es que los hijos de Dios se examinen a sí mismos y mediten en la cruz a lo largo de la semana, en los días previos a la mesa, no solo minutos antes. Por la gracia de Dios, esto le da al cristiano tiempo para buscar la reconciliación y ofrecer perdón antes de que comience el culto dominical.

Nuestra gente necesita saber que Jesús recibe a los débiles en Su mesa. No es para los incrédulos, pero para aquellos que luchan contra el pecado

Por estas razones, solo los no creyentes y aquellos que se encuentran bajo disciplina eclesiástica formal deberían ser excluidos de la mesa. La abstención voluntaria debido a una ruptura relacional debería ser algo excepcional. La abstención motivada por una autoevaluación negativa de la propia piedad debería evitarse por completo. Esa sería una autoexcomunión funcional, y no es lo que Pablo recomienda. Él no les dice a los corintios que se mantengan alejados de la cena hasta que se sientan limpios. Les dice que dejen de despreciarse unos a otros y luego que coman juntos de una manera que proclame el evangelio con veracidad (1 Co 11:33).

Acércate a la mesa de la gracia

El objetivo de Pablo en 1 Corintios 11 nunca fue crear una sala llena de personas ensimismadas que practican la introspección aislada. Al contrario, la mesa es precisamente donde los creyentes deben acudir cuando luchan contra el pecado personal.

Debemos decir a nuestra gente que, si están agobiados por deseos pecaminosos, deben venir con hambre para deleitarse en Cristo y recordar Su tierna misericordia. Si se sienten indignos, deben venir recordando que nadie es digno de tener comunión con Dios, salvo por la obra de Cristo en la cruz.

La Cena del Señor es un regalo de Cristo para los pecadores que necesitan la gracia, no un castigo doloroso para quienes no han tenido una semana perfecta. El requisito principal para sentarse a la mesa es la unión con Cristo y la voluntad de caminar en unidad con Su pueblo.

Pastores, cuando enmarcamos la Cena del Señor principalmente como un momento para el examen de conciencia privado, estamos enseñando sin querer a los miembros del rebaño a descalificarse a sí mismos de uno de los principales medios de gracia de Dios. Pero nuestra gente necesita saber que Jesús recibe a los débiles en Su mesa. No es para los incrédulos, pero para aquellos que luchan contra el pecado. En la mesa, Cristo fortalece a los cansados mediante el recuerdo de Su sangre derramada para el perdón de los pecados (Mt 26:28). Él restaura a los que luchan mientras se deleitan con el pan de Su cuerpo.

Así que dejemos de decirles a los creyentes que se abstengan de la Cena y, en vez de eso, demostremos que el camino del arrepentimiento consiste en apartarse de la desunión y participar de la Cena del Señor. Pastor, deja que la mesa sea lo que las Escrituras dicen que es: gracia para los pecadores necesitados.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por María del Carmen Atiaga.
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