Queridos hermanos,
Anoche me acosté pensando en unas palabras que Pablo escribió en su segunda carta a Timoteo. En mi devocional de hoy meditaba en ese pasaje y, mientras oraba, mis labios recitaban estos versos como una confesión al Señor. Fue como presentar a Dios un canto de gratitud y alabanza:
Él nos ha salvado y nos ha llamado con un llamamiento santo, no según nuestras obras, sino según Su propósito y según la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús desde la eternidad, y que ahora ha sido manifestada por la aparición de nuestro Salvador Cristo Jesús, quien puso fin a la muerte y sacó a la luz la vida y la inmortalidad por medio del evangelio. Para este evangelio yo fui constituido predicador, apóstol y maestro (2 Ti 1:9-11).
La Palabra tocó mi alma de manera especial. Cristo, afirma el apóstol, «puso fin a la muerte y sacó a la luz la vida y la inmortalidad por medio del evangelio» (v. 10).
El año pasado, cuando fui con mi esposa a nuestro retiro de diez días en Gatlinburg, Tennessee, este mismo pasaje estuvo en mi mente; lo medité y escribí mucho sobre ello. Pero esta vez, el Señor usó esta misma verdad para guiarme en una nueva dirección. Estas mismas palabras brotaron ante mí con frescura y fuerza renovada, y quise compartirlas con ustedes.
Lo que Cristo ha hecho por medio de Su obra nos da garantías para que vivamos asumiendo «riesgos» sin temor. Busquemos asumir el riesgo de abrir nuestras casas y nuestras vidas, de escuchar críticas sin enojarnos, de no buscar el aplauso, de amar, servir, extender la mano y desprendernos. Tomemos el riesgo de humillarnos y honrar a otros, incluso a expensas de nosotros. Corramos el riesgo al rechazar la seducción del pecado.
El evangelio nos libera para tomar riesgos contra el reino de las tinieblas y entregar nuestra vida, tiempo, talentos, recursos y energías al servicio de nuestro Salvador. Somos libres para abrazar los sufrimientos, las injusticias y las adversidades.
Pablo afirma que Cristo «puso fin a la muerte». Analicemos esto por un momento.
El Señor abolió aquello que más tememos y que intentamos evitar a toda costa. Esa amenaza que los humanos temen ha sido vencida por Cristo. Los creyentes tenemos un fundamento sólido para ser tenaces; podemos enfrentar cualquier cosa, porque es infinitamente inferior a lo que ya no sufriremos: la muerte.
Podemos elegir una vida entregada a la causa del evangelio, dispuesta a servir sacrificialmente por el bienestar de otros y que no teme humillarse para pedir perdón y perdonar. Una vida consagrada a la santidad, al servicio de nuestra familia, iglesia, comunidad y el mundo. Podemos ser «atrevidos», en el sentido más legítimo de la palabra.
A veces somos muy egoístas, viviendo centrados y ocupados en nosotros mismos, y nos cuesta asumir esta clase de riesgos. Preferimos la seguridad, la comodidad y lo familiar. Pero esa vida no corresponde con lo que hemos recibido ni tampoco está en armonía con el Salvador que dio Su tiempo, energías, amor, cuerpo, alma, Su vida entera por nosotros.
A veces pecamos de una «prudencia exagerada». Calculamos demasiado las cosas y queremos minimizar el costo. Como dicen en el mundo corporativo: «administramos los riesgos». Creo que detrás de esa aparente prudencia se esconde algo de egoísmo, temor e inseguridad. A veces esa mezquindad e instinto de autopreservación viene maquillado de moderación y cautela.
Pero aquí tenemos el mayor y más real de todos los peligros, es decir, la muerte; la cual fue removida y eliminada por la muerte y resurrección de Alguien mayor. El peligro de peligros ha perdido su poder y autoridad. El evangelio de Cristo nos hace libres para amar sin temor a riesgos, porque en el análisis final, el riesgo mayor dejó de ser una amenaza.
La vida cristiana ofrece todas las garantías para ser vivida con tenacidad y valentía para la gloria de Dios y el bien de las personas. ¡Ánimo!
Nota del editor: Esta es una carta escrita hace un tiempo por el pastor Gerson Morey a la iglesia Día de Adoración, en la ciudad de Davie, al sur de Florida. La hemos compartido ahora en su blog, con su permiso, esperando que pueda ser de edificación y aliento para más lectores.
