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Hace muchos años, habiendo escuchado la historia de cómo Jesús llamó a sus discípulos a vender sus posesiones y seguirlo a él, Antonio Abad decidió vivir una vida ascética y alejarse de la sociedad. Conocido como uno de los primeros monjes ermitaños del tercer siglo, Antonio consideró que la mejor manera de vivir su vida sería lejos del mundo, refugiado en el desierto, y solitario por decisión propia. Dedicó su vida a la oración y a escribir sobre la vida de los santos. Incluso logró ganar seguidores de su estilo de vida; no hace falta decir que vivían relativamente cerca pero no tenían una relación real con él.

Confieso que algunas veces me gustaría hacer lo mismo. No porque quiera embarcarme en una travesía para encontrar a Dios y volverme súper santo, sino porque seguir a Cristo en un mundo caído con personas pecaminosas es agotador. Cada día leemos titulares que muestran cómo el mundo parece estar empeorando y pelear la buena batalla de la fe parece volverse más difícil con el tiempo. ¿No sería más fácil mudarme al desierto, dedicarme a una vida de oración, y no tener que lidiar con el mundo?

Una relación disfuncional

Lamentablemente, algunos cristianos ceden a este pensamiento tentador a la hora de responder o interactuar con la cultura general. En lugar de estar presentes en el mundo para apuntar a Dios con nuestras palabras y obras, preferimos retirarnos a una burbuja cristiana. Culturalmente hablando, esto se ve cuando solo leemos libros escritos por cristianos, solo contratamos a personas cristianas para trabajar en nuestras empresas, solo consumimos medios visuales (cine, arte, música, etc.) con mensajes cristianos, y no nos asociamos, relacionamos, ni tenemos amistades con personas no cristianas.

En lugar de estar presentes en el mundo para apuntar a Dios con nuestras palabras y obras, preferimos retirarnos a una burbuja cristiana.

Muchos cristianos han luchado con cómo interactuar con la cultura. En las palabras de Andy Crouch, por mucho tiempo los cristianos han tenido una “relación disfuncional” con ella:

“Las relaciones disfuncionales ocurren cuando cada parte solo ve lo peor en el otro. Cuando los cristianos hablan de la cultura, a menudo hablan de las peores cosas al respecto. Cuando la cultura representa a los cristianos, representan sus peores cualidades (juzgones, defensivos, etc.). La relación está bloqueada a punto donde no hay posibilidad de una conexión fructífera”.

Por lo tanto, muchos cristianos sienten que el mayor peligro en este mundo es cultural, y prefieren vivir fuera de él.

Un llamado a cultivar

Pero Cristo nos ha llamado a algo mayor. Cristo no nos ha llamado a vivir fuera del mundo, sino en él (Juan 17:14-19). Él no nos quiere sacar, Él quiere protegernos para que reflejemos Su luz a un mundo oscurecido por el pecado (Juan 17:15). Entonces, ¿cómo hacemos esto al considerar la relación entre el cristiano y la cultura? ¿Cómo podemos entrar al mundo con un sistema inmune saludable para protegernos de sus toxinas?

Primero, debemos entender cuál es el mandato cultural del cristiano. Todo cristiano ha sido llamado a amar a Dios y amar a su prójimo: este es el Gran Mandamiento (Mateo 22:37-39). Todo cristiano ha sido llamado a hacer discípulos: esta es la Gran Comisión (Mateo 28:18-20). Y todo cristiano ha sido llamado a cultivar el jardín que Dios ha creado a través de su vocación, trabajando con excelencia para Su gloria: este es el mandato cultural (Génesis 1:28, 2:15).

El mandato cultural es cultivar cultura (valga la redundancia). Es tomar el material hecho por nuestro Creador y hacer nuevas cosas con él. Este llamado creativo no es meramente artístico, sino que se expresa en cada esfera vocacional. Cultivamos la cultura cuando encontramos curas a enfermedades, hacemos leyes para proteger los indefensos, edificamos torres, y hasta cuando nos inventamos chistes. Cada persona aporta algo a la cultura a su alrededor, ya sea médico o comediante o cualquier cosa en el medio.

Cada persona aporta algo a la cultura a su alrededor, ya sea médico o comediante o cualquier cosa en el medio.

Segundo, debemos entender qué es cultura. Muchos hablan de la cultura sin jamás definir el término. Algunos la definirían como las tradiciones, costumbres, y valores de un grupo étnico. Otros tal vez como sus expresiones humanas en las ciencias, artes, y humanidades. Ciertamente la cultura abarca estas cosas, pero creo que necesitamos una definición más robusta para entenderla. En una plática sobre su libro Culture Making, Andy Crouch define cultura de la siguiente manera:

“La cultura es lo que los seres humanos hacen del mundo. En ambos sentidos. La cultura es las cosas que hacemos. Dios da un mundo lleno de fibras y hacemos ropa. Dios nos da un mundo lleno de madera y hacemos instrumentos. Dios nos habla y nosotros hacemos idiomas. La cultura es el significado que hacemos. Este mundo no viene con una explicación, sin embargo, todos sentimos que debe significar algo. Hacemos sentido del mundo haciendo cosas en el mundo”.

La cultura es tanto las cosas que hacemos en este mundo como el significado que le encontramos a este mundo. En otras palabras, el instrumento del guitarrista es tanto un artefacto cultural como las palabras emotivas expresadas en su canción. Tanto los sistemas gubernamentales como las ideologías que los respaldan son expresiones culturales. La cultura son las cosas y el significado que hacemos en este mundo.

¿Cómo participar en la cultura?

Al entender que hemos sido llamados a cultivar este mundo, y que la cultura son las cosas y el significado que hacemos, entendemos que el mundo no es algo de lo que debemos huir. Al contrario, es algo que debemos cultivar. Este es el llamado de Génesis 1 y 2. Y sin lugar a dudas, esto se volvió más difícil después de Génesis 3. Cuando el pecado entró al mundo, todo fue afectado: hasta cómo trabajamos en nuestra vocación.

En lugar de trabajar para cultivar el jardín, trabajamos para alimentar nuestra gula y codicia. Queremos ser ricos, poderosos, y famosos. Y por el otro lado, algunos ni quieren trabajar. Su pereza les convence que el trabajo es una maldición, no una avenida para bendecir a otros.

Y por un tercer lado, en la iglesia vemos otra expresión seriamente equivocada de la vocación: trabajar para aislarse del resto del mundo. Como los monjes eremíticos, algunos cristianos prefieren no participar en el mundo y crear una nueva cultura, separada del mundo, donde pueden disfrutar sus propios medios de entretenimiento, expresar sus ideas políticas, y vivir en comodidad sin el estorbo del mundo. Muchas veces esto se lleva a cabo en nombre de la santidad, como si las tentaciones del corazón desaparecieran al alejarnos de los no cristianos.

Sin embargo, en esta vida, el pecado nunca está más lejos que un pensamiento. Nuestro corazón pecaminoso va con nosotros a donde sea que vayamos. No podemos escapar de él cambiando nuestras circunstancias en este mundo. Una cultura cristianizada no nos puede salvar.

Solo Cristo salva.

…el pecado nunca está más lejos que un pensamiento. Nuestro corazón pecaminoso va con nosotros a donde sea que vayamos.

El cristiano que participa activamente en la cultura a su alrededor, cultivando el jardín mientras mantiene su santidad, lo hace confiando plenamente en la gracia de Dios para su salvación. No trabaja para su bien solamente, sino para hacer florecer la sociedad a su alrededor. No trabaja para satisfacer sus deseos egoístas, sino que lo hace como para el Señor, trayendo gloria a su Creador y Salvador. El cristiano que cultiva sabe que su impacto será mayor por lo que contribuye al mundo, no por cómo se esconde de él.

Debemos ser cristianos que aman, hacen discípulos, y trabajan para la gloria de Dios.

Por lo tanto, procuremos amar como el Gran Mandamiento nos manda a amar, hacer discípulos como la Gran Comisión nos envía a discipular, y cultivar este maravilloso jardín en el que vivimos como el Mandato Cultural nos urge a cultivar.

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