Crecí en una iglesia evangélica rural y recuerdo haber oído a menudo Isaías 64:6: «Todas nuestras justicias [son] como trapo de inmundicia» (RV60). Me alegro de haberlo hecho. Es bueno que te enseñen que no te salvas por las obras (Ef 2:8; Tit 3:7). Es vital recordar que «los que están en la carne no pueden agradar a Dios» (Ro 8:8).
Pero ¿y si no estás en la carne? ¿Y si estás en Cristo por el Espíritu (v. 9)? ¿Y si Dios es ahora tu Padre adoptivo? ¿Cómo ve entonces tus «obras justas»? ¿Siguen siendo trapos de inmundicia? ¿Sigues pensando que eres incapaz de complacerlo?
Me temo que, como cristianos, a veces subestimamos el cambio de estatus que se produjo cuando nos unimos a Cristo y fuimos adoptados en la familia de Dios. Hablamos de nosotros mismos como si nada hubiera cambiado en nuestra relación, y como si Dios siguiera considerando ofensivos nuestros esfuerzos por complacerlo. Pero esto es falso, como veremos en las Escrituras.
Mi argumento es el siguiente: si eres hijo de Dios en Cristo, entonces Dios no considera tus esfuerzos por complacerlo como trapos de inmundicia. Siempre que esas obras broten del amor a Dios y al prójimo y estén guiadas por la Palabra de Dios, la Biblia tiene una visión mucho más positiva de ellas.
Ofrendas agradables a Dios
Las descripciones más vívidas se encuentran en Filipenses 4:18 y Hebreos 13:16. En Filipenses 4, Pablo habla de cómo los filipenses le habían enviado generosamente «dádivas más de una vez para [sus] necesidades» (v. 16). Es la forma en que Pablo describe esos dones lo que resulta tan llamativo: «fragante aroma, sacrificio aceptable, agradable a Dios» (v. 18).
La Biblia es muy clara en cuanto a que los cristianos pueden hacer obras que agradan al Padre
Asimílalo por un momento. No son un trapo de inmundicia, sino un sacrificio fragante. No son un hedor repugnante, sino un aroma agradable. Un lenguaje similar aparece en Hebreos 13:16, donde una vez más se describe el generoso compartir financiero: «Y no se olviden ustedes de hacer el bien y de la ayuda mutua, porque de tales sacrificios se agrada Dios».
En ambos pasajes, el autor se refiere a las obras realizadas por los cristianos. Estos pasajes no hablan de las obras caritativas realizadas por los fariseos u otros no creyentes. Pero tampoco se refieren a las obras justas de Cristo que se nos imputan. Se refieren a lo que Apocalipsis 19:8 llama «las acciones justas de los santos».
Cuando el amo de la parábola dice: «Bien, siervo bueno y fiel», es porque el siervo realmente ha sido fiel (Mt 25:23). Cuando el Rey Jesús invita a las ovejas a heredar el reino, inmediatamente dice: «Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber», y así sucesivamente (v. 35). Hebreos 6:10 incluso hace la asombrosa afirmación de que «Dios no es injusto como para olvidarse de la obra de ustedes y del amor que han mostrado hacia Su nombre, habiendo servido, y sirviendo aún, a los santos». La Biblia es muy clara en cuanto a que los cristianos pueden hacer obras que agradan al Padre.
Aceptos en el Amado
Para algunos, esto puede parecer demasiado bueno para ser verdad; tal vez incluso imposible. Sin duda, incluso nuestras mejores obras siguen estando manchadas de imperfecciones, así que, ¿cómo puede Dios estar complacido con eso? Está claro que lo está (según los pasajes que acabamos de citar), pero ¿cómo?
Cuando nos unimos a Jesús, Su Padre se convierte en nuestro Padre, y la actitud del Padre hacia Él se convierte en Su actitud hacia nosotros
La respuesta se encuentra en nuestra unión con Cristo. Cuando somos unidos a Jesús, no solo Su justicia inunda nuestra cuenta, sino que, además, Su Padre se convierte en nuestro Padre, y la actitud del Padre hacia Él se convierte en Su actitud hacia nosotros. Esto es lo que significa Efesios 1:6 cuando habla de que somos «aceptos en el Amado» (RV60). Si estás «en el Amado», el Padre puede mirarte y decir: «Tú eres mi hijo/hija amado/a; en ti tengo complacencia». En resumen, Dios acepta tus buenas obras porque ya te ha aceptado a ti.
La única otra vez que Pablo habla de una «ofrenda y sacrificio fragante» es en referencia al sacrificio de Cristo (Ef 5:2). Hay una relación genética entre el acto de amor abnegado de Cristo y nuestros actos de amor abnegado. Nuestros actos fluyen del Suyo. Pero también hay un parecido familiar. Como somos hijos en Cristo, Su fragancia se nos impregna y cubre todos los defectos e imperfecciones que quedan en nuestras buenas obras. Cuando Dios huele las obras sacrificiales de Sus hijos, le huelen a Jesús.
El Padre que se deleita en nosotros
La famosa máxima de Tim Keller se aplica aquí: somos más imperfectos y pecadores de lo que jamás nos atrevimos a pensar, pero somos más amados y apreciados de lo que jamás nos atrevimos a esperar. Así como nos cuesta comprender cuán ofensivos somos para Él fuera de Cristo, también nos cuesta comprender cuánto se deleita Dios en nosotros como Padre.
Dios no se ofende por nuestros sinceros esfuerzos por complacerlo. ¿Qué padre se ofendería? Imagina si mis hijos decidieran honrarme en mi cumpleaños trayéndome el desayuno a la cama y mi respuesta fuera: «Chicos, ustedes ya son mis hijos, no tienen que sobornarme con regalos para que los quiera. ¡Llévense esta comida y dejen de tratar de ganarse mi amor con su legalismo! Si tuviera hambre, no se los diría, ¡porque toda la comida de esta casa es mía!». Claro. ¿Puedes pensar en algo así? Yo tampoco puedo imaginarlo.
Lamentablemente, lo que puedo imaginar es que miro los esfuerzos infantiles de mis hijos y me concentro inmediatamente en los defectos. «Oh, eso está bien, pero… la estrella está torcida… aquí pintaste fuera de las líneas, ¿querías que quedara así?». Nos decimos a nosotros mismos que estamos tratando de ayudar, pero con demasiada frecuencia solo somos unos gruñones que no saben cómo elogiar. Afortunadamente, Dios no es así. Él es como yo en mi mejor momento multiplicado por infinito. Puede ser un Juez justo, pero no es un Padre quisquilloso.
Sí, Dios exige perfección. Pero esta exigencia ya ha sido cumplida por Jesús y, si estás en Cristo, ya la tienes en tu cuenta
Sí, Dios exige perfección. Pero esta exigencia ya ha sido cumplida por Jesús y, si estás en Cristo, ya la tienes en tu cuenta, así que consideremos que esa presión ha desaparecido. Cuando pecamos y le desagradamos, Él es fiel en disciplinarnos porque nos ama y quiere que compartamos Su santidad (He 12:10). Pero cuando mira nuestros esfuerzos por amar a los demás y complacerlo, no busca la perfección. Busca la sinceridad. Y mira con los ojos de un Padre amoroso.
Posdata: Enseñanza de las confesiones reformadas
He tratado de mostrar que esta noticia gozosa es bíblica. Pero, por si sirviera de algo (y creo que sí sirve), también se encuentra en las confesiones reformadas, como la Confesión de fe de Westminster, la Declaración de Saboya y la Segunda Confesión de fe bautista de Londres (2CBL, la confesión de mi propia iglesia).
El capítulo 16 de la 2CBL establece claramente que ni siquiera las mejores obras de un cristiano podrían merecer la vida eterna, ya que están «mezcladas con tanta debilidad e imperfección». Pero luego, el sexto párrafo hace esta advertencia:
Sin embargo, a pesar de que los creyentes son aceptados a través de Cristo, sus buenas obras también son aceptadas en Él; no como si fueran en esta vida totalmente intachables e irreprochables a los ojos de Dios, sino porque Él, al mirarlos en Su Hijo, se complace en aceptar y recompensar lo que es sincero, aunque vaya acompañado de muchas debilidades e imperfecciones (cp. WCF 16.6; Declaración de Saboya 16.6).
No me lo estoy inventando. Créeme, soy demasiado pesimista para inventarme algo tan alentador. No es imposible agradar a nuestro Padre celestial. No si eres Su hijo adoptivo en Cristo. Él se regocija al verte caminar en la fe y no dejará que ninguna buena obra quede sin recompensa (Ef 6:8). Así que, cuando pienses en tus esfuerzos por agradarle, no pienses en «trapos de inmundicia», sino en «ofrendas fragantes».


